martes, octubre 07, 2008

Carlos Luis Rodriguez, Ausencias presentes

martes 7 de octubre de 2008
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo

Ausencias presentes

Hasta hace poco era una palabra tabú. Para gran parte del Bloque venía a ser el sinónimo de un nacionalismo degradado y sin huevos, un remedo del regionalismo folclórico, el sucedáneo al que recurrían algunos tibios, la máscara de históricos como Ramón Piñeiro, la coartada del Fraga a la bávara que se presenta sin avisar en la autonomía. Hablamos del galleguismo.

Del mismo galleguismo que estuvo presente en la Asamblea no asamblearia del BNG, por boca de un líder en loor de multitudes. Nadie se estremeció, nadie grito ¡herejía!, ni siquiera la faz de Paco Rodríguez dibujó una mueca de discrepancia cuando Anxo Quintana dio la bienvenida a uno de los conceptos más detestados por los clásicos de la organización.

Sale el independentismo por una puerta, y entra el galleguismo por la otra. Es lógico. Con la independencia están cuatro nostálgicos pacíficos y algún activista virulento con el que es mejor no tener siquiera lejanos parentescos ideológicos. En cambio el galleguismo es una mina sociológica, la misma de la que don Manuel sacó materiales para sus mayorías absolutas, la misma a la que acuden afanosos Touriño y Feijóo para completar su proyecto galaico.

Se citó a Kennedy en la Asamblea, pero se podría haber traído a colación a esa galleguidad histórica de Piñeiro y compañía que descubrió esa energía sin explotar en las entrañas del país. El nacionalismo de antes se resistía a aceptar ese sentimiento de amor a Galicia que comporta orgullo por lo propio, y no requiere estar haciendo un permanente vudú con todo lo español.

Más que un nacionalismo homeopático, el galleguismo es el pensamiento predominante en Galicia. Lo proclaman las encuestas y se palpa en la calle. Dejarlo al margen del New BNG hubiera sido un error mayúsculo de Quintana, y un regalo inexplicable a sus adversarios. De ahí que se le invite a entrar donde antes se rechazaba.

Esa apertura coincide significativamente con las ausencias y presencias ausentes. El beirismo no comparece porque ya tiene poco que decir en este nacionalismo. Su minoría es cuantitativa, pero también cualitativa porque no es capaz de formular un discurso, una teoría, una estrategia, algo que sea diferente a la línea de Quintana. Beiras pudo haber sido el protagonista de esta transición, el puente con el galleguismo, pero optó por otra cosa que recuerda a la peripecia de Tierno Galván en el socialismo, o la de Fraga en el franquismo tardío.

La ausencia presente de Paco Rodríguez es un ejemplo de dignidad. También él sabe que casi todas las fórmulas que le podrían dar a la UPG un papel en esta nueva partitura son poco factibles. Ni el de vieja guardia, ni el de superintendente, ni el de un sacerdocio que atesora los manuscritos fundacionales del nacionalismo, parecen empeños posibles en el tiempo que vivimos, y sin embargo allí estuvo el sempiterno luchador, viendo como Kennedy y el galleguismo entraban de la mano, en una Asamblea en la que nadie se acordó del pobre Lenin.

Es curioso que el BNG haya necesitado llegar al Gobierno para entender esto. Por lo general, el poder aísla a los partidos y los aleja de sus electores. Los nacionalistas se encuentran con la sociedad, cuando la gestión los obliga a tratar con ciudadanos de los que antes los separaba un muro de tópicos e incomprensiones. Caída esa frontera, empieza a producirse la ósmosis, y con ella entra esa idea que antes era anatema. Pasen, señores, pasen, le dice Quintana a los galleguistas. A ver si entran.

http://www.elcorreogallego.es/index.php?idMenu=13&idEdicion=1029&idNoticiaOpinion=350597

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