Al borde del precipicio
Jueves, 09-10-08
AYER se vivió una jornada para la historia en los mercados financieros. Los inversores parecían abocados al precipicio en medio de una desconfianza generalizada que obligó a una intervención concertada de todos los bancos centrales del mundo -incluido, por primera vez, el de China- para bajar los tipos de interés. Pero la acción oficial ha servido para poco, apenas para reducir las pérdidas, salvo en el mercado americano, donde se empieza a ver la luz al final de túnel. Lo de menos es ya que el mundo esté condenado a una recesión -casualmente, el FMI hizo públicas ayer sus previsiones de otoño-, sino que estamos jugando con el abismo. Los mercados financieros han emitido sentencia y desconfían de todos los planes de rescate bancario que no impliquen pérdidas cuantiosas para las entidades y una profunda restructuración del mapa financiero internacional, como si hubieran descubierto de golpe que hemos vivido una insostenible orgía del crédito que exige ahora sacrificios rituales con los que reparar el equilibrio entre ahorro e inversión. Y para acabar de complicar las cosas, el liderazgo político es inexistente: el presidente de Estados Unidos es un cadáver político, el sueño europeo naufraga ante los miopes intereses nacionales y, en España, el presidente del Gobierno carece de toda credibilidad en asuntos económicos.
El día abrió con la noticia de que en Japón -un depósito de ahorro mundial- la Bolsa había perdido el 9,6 por ciento. A renglón seguido, el Gobierno británico destina 50.000 millones de libras a comprar acciones de los ocho principales bancos del país tras la debacle del día anterior y en lo que constituye una acción de nacionalización parcial y temporal sin precedentes en el mundo desarrollado. La Reserva Federal americana, intranquila con la marcha del «plan Paulson», compra deuda no garantizada de las empresas para asegurarles su acceso al crédito y evitar así la parálisis del sector real de la economía. Y, finalmente, Trichet, amparado en una acción internacional, da su brazo a torcer y baja medio punto el tipo de intervención hasta el 3,75 por ciento. Y, aún así, los mercados europeos cayeron en torno al 6 por ciento, pues no se acaban de creer que lo peor ha pasado.
Lo menos que se puede decir de las autoridades económicas y monetarias es que se han equivocado gravemente en anticiparse al sentimiento de los inversores y que han fallado de raíz en utilizar la política monetaria y financiera con carácter preventivo. La incapacidad del BCE para entender la naturaleza de la situación ha sido paradigmática, sólo equiparable a la de algunos gestores de bancos privados que seguían endeudándose después de haber estallado la burbuja financiera. En su momento habrá que pedir responsabilidades también a los bancos centrales y a las instituciones supervisoras y, sobre todo, sacar las conclusiones oportunas sobre los mecanismos de decisión y órganos de gobierno del BCE y sobre las limitaciones institucionales de la Unión Monetaria. No sólo la estructura de incentivos con la que ha venido funcionando el sistema financiero privado era inadecuada, al primar el corto plazo, provocando comportamientos insostenibles e irresponsables; también han fallado, estrepitosamente, las autoridades en anticipar la situación y evitar que estallara una burbuja que nunca debieron consentir.
Con la incertidumbre propia de la situación, la recuperación de una cierta normalidad está exigiendo medidas drásticas, heterodoxas, de cirugía bancaria, que constituyen siempre la última ratio de un banco central, medidas como la inyección de dinero público a cambio de participaciones accionariales, pues no se ve interés en el capital privado por recapitalizar los bancos, y la extensión de posibles garantías públicas a la deuda subordinada; la disolución ordenada de aquellos bancos que han cometido errores fatales protegiendo los intereses de sus clientes; la compra de activos dudosos para suministrar financiación a largo plazo; la flexibilización de algunos principios contables recientemente introducidos, como la valoración a precio razonable, que ha demostrado su carácter procíclico alimentando las burbujas, y la extensión temporal de la garantía estatal de depósitos. Este es el catálogo de medidas propuestas por el FMI en su Informe de Estabilidad Financiera.
A la luz de ese catálogo habría que analizar el plan que presentó el presidente Zapatero. Si no se hubiera empeñado en negar la crisis y acusar a la oposición de antipatriótica -y si lo hubiera anunciado hace un año- podría haber funcionado. Ahora se antoja claramente insuficiente porque sigue instalado en un error de diagnóstico: que el sistema financiero español debe ser el único del mundo que sólo tiene problemas temporales de liquidez y no requiere de un ajuste drástico. Una vez más hay que recordarle al presidente y a las autoridades económicas que es mejor prevenir que curar, y curar que lamentar. Hay que recordarle eso y que una democracia consolidada exige más información y menos discrecionalidad. No puede ser que el plan se anuncie sin precisar los detalles, que no se discuta en el Congreso, ni que el Tesoro decida unilateralmente qué activos comprar, a quién y a qué precio. No se lo consintieron ni a Paulson y allí sí se había declarado la urgencia.
http://www.abc.es/20081009/opinion-confidencial/borde-precipicio-20081009.html
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