jueves 17 de abril de 2008
Excelente discurso de José Bono
Pablo Sebastián
Solemne inauguración de la novena legislatura con especial llamamiento del Rey Juan Carlos I a la “obligada” unidad de los demócratas frente al terrorismo, al consenso en la política exterior y a la solidaridad entre los españoles en tiempos de crisis económica. Conciliadoras palabras del Rey ante un tiempo difícil como el que se aproxima, que fueron precedidas por un brillante discurso político del presidente del Congreso de los Diputados, José Bono, en el que recordó al monarca y al Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón, que en esa Cámara y con esta Constitución se produjo “la feliz coincidencia entre la democracia y la monarquía”.
Lo que, sin duda, es un hecho notable e histórico frente al absolutismo de los Reyes de España y su convivencia con los dictadores —como Franco y Primo de Rivera—, a los que Bono aludió al pasar sobre el aniversario de la Constitución de Cádiz, y al citar el treinta aniversario de nuestra vigente Carta Magna, que puso fin al régimen de la anterior dictadura militar. Una Constitución que, como dijo el presidente del Congreso, con muy calculada precisión, fue “firmada” por el Rey, y “jurada” por el Príncipe, dos matices y una diferencia sin duda notables.
Habló Bono, también, de la palabra, del debate, de la libertad, de igualdad de derechos entre españoles y del valor democrático de los discrepantes en la búsqueda de la verdad, así como del disenso y del consenso. Con aviso a los predicadores de la utopía y a los predicadores del dogma, y tras citar el necesario prestigio de la política y la soberanía del pueblo, tuvo a bien, y es hora que alguien lo hiciera, subrayar la dignidad de ex presidente Adolfo Suárez y del general Gutiérrez Mellado en día del golpe de Estado de 23-F, en alusión a su gallarda actitud frente a los golpistas de Tejero mientras, otros como Alfonso Guerra, ayer presente en la Cámara, o Felipe González —Carrillo, al menos se sentó— se tiraron inmediatamente al suelo, presos del pánico provocado por los golpistas.
Puede que no fuera el momento ni la ocasión de ir más allá en este discurso, pero hay varias cuestiones que el político de La Mancha sabe que están por desarrollar. En primer lugar, el reconocimiento del fin del actual régimen de la Transición y la necesidad de un avance, treinta años después, hacia la democracia, moderna y representativa, con la separación de los poderes del Estado —y no sólo de sus funciones—, con un sistema de elección directa del presidente del Gobierno —una monarquía presidencialista de la que en 1974 habló Maurice Duverger, como solución para España y entronque la democracia con la Historia y la tradición—, una nueva ley electoral sin las listas cerradas, control parlamentario de la “calidad” de gobernantes y altos cargos, garantías para la prensa independiente, etcétera. Algo que debería haber planteado Zapatero en su primer mandato, que malbarató abriendo el portón de los sustos de la España confederal y que luego tuvo que cerrar de mala manera, lo que produjo una reacción defensiva a favor de dejar las cosas como están, en vez de avanzar.
Como sabe el presidente del Congreso que una de las tareas pendientes en la mejora de la vida democrática, aunque parezca menor frente a los retos que están por llegar, radica en la necesaria reforma de las reglas del juego parlamentario o del reglamento del Congreso. Entre otras cosas para que, de una vez por todas, se acabe la obscena exhibición del uso del mandato imperativo sobre los diputados, que ejercen, con gran descaro, los jefes de los partidos incumpliendo el texto expreso y el espíritu de la Constitución.
Vamos a ver si bajo la presidencia de Bono la política con mayúsculas se instala en el hemiciclo del Congreso, donde ya se anuncian debates de alto voltaje, para empezar, sobre las mentiras y el trasvase del Ebro. A simple vista, no se ven en los escaños, ni tampoco en el banco azul, tribunos de con la capacidad de debatir sin leer y de abordar los grandes problemas de la nación. Pero si el Parlamento abre y consiente el debate, tanto bilateral como multilateral —¿por qué, por ejemplo, los partidos de la oposición no pueden debatir entre ellos?— la buena política aparecerá. El aniversario de los treinta años de la Constitución debería ser el motivo y la oportunidad para abrir el debate de la reforma democrática y esta vez —no como entonces, por motivos justificados del final de la dictadura— con un claro y decidido proceso constituyente que, tarde o temprano, tendrá que llegar. El elogio que el presidente Bono ha hecho de “la palabra”, como vehículo para el debate y la libertad, debe llevarnos hacia la reforma pendiente ahora que ya somos mayores de edad y vivimos en tiempos de paz y prosperidad.
http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=17/04/2008&name=manantial
jueves, abril 17, 2008
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