lunes, julio 23, 2007

Monica Fernandez Aceytuno, La posidonia

lunes 23 de julio de 2007
La posidonia

POR MÓNICA FERNÁNDEZ-ACEYTUNO
Quien haya pasado algún verano de su infancia en el Mediterráneo, recordará que los días en los que soplaba el levante, había un lugar de la playa en el que se acumulaban unas cintas que parecían serpentinas negras que llamábamos algas, y entre las que daba no sé qué meter los pies.
Se juntaban estas cintas oscuras en la orilla y, al secarse, saltaban entre ellas las pulgas marinas y, con el sol, como las sábanas puestas a clarear, se volvían blanquecinas y crujientes, por lo que se utilizaban para embalar en cajas de madera la loza y la cristalería y de ahí que, a estas hojas aplanadas, se las llamara «alga de vidrieros». Pero no son algas, sino plantas de origen terrestre que viven bajo el mar, y bajo el mar tienen raíces y dan flores claras y frutos como aceitunas, igual que si estuvieran bajo el más despejado de los cielos.
Se llama esta planta Posidonia oceánica y, al contrario de las algas, es una especie de crecimiento muy lento. Seguro que también recordamos de ella una suerte de cantos rodados de fibra parda llenos de agua y de arena, en ocasiones grandes como pelotas de tenis, que llegaban a la orilla y que son los nervios rotos, aovillados por las olas, de la Posidonia oceánica, la cual se mece con sus hojas largas bajo el agua formando praderas en las que se refugian como pájaros, las salpas y otros peces.
Me pregunto si el «Don Pedro» las está aplastando. Si su contaminación las mata, porque la Posidonia es tan sensible que ya casi sólo vive en las playas de la memoria de nuestra infancia.
Lo que se puede llevar el «Don Pedro», sin moverse del fondo, es un tesoro.

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