martes 24 de julio de 2007
LUIS POUSA
CELTAS SIN FILTRO
Más que una asignatura
En este mes, que ya empieza a languidecer, el mal tiempo ha sido el acontecimiento más comentado en la calle. Pocos, de los ya entrados en años, recuerdan un julio tan lluvioso y frío, y la gente lo lamenta, sobre todo por los turistas de playa y mar. Algunos de los que por primera vez han elegido Galicia para pasar sus vacaciones habrán reparado en que los intentos de los promotores inmobiliarios por establecer publicitariamente una relación de semejanza entre el Noroeste y el Levante peninsular se dan de bruces con la realidad. Habrán reparado también en que éste es un territorio de microclimas, de manera que puede ocurrir el caso de que a diez kilómetros de donde diluvia luzca un sol espléndido y acariciador.
A falta de sol y calor, Galicia luce estos días verde y fronda. Está hermosa, pese a las borrascas. Y no hay incendios forestales, o si alguno hay no se dan las condiciones para que se propague por el bosque. Alguna compensación teníamos que tener, comenta el vendedor de cupones de la ONCE, muy enfadado con las nubes y el viento porque, según él, le espantan la clientela. Por lo que él dice, parece que el buen tiempo anima a la gente a comprar el cupón, si bien matiza que, cuando hace mucho calor, la gente huye de la ciudad y el papel no sale de la solapa.
Pese a los contratiempos descritos, la conclusión del ciego, probablemente compartida por la mayoría de los gallegos, es que por estos pagos no estamos acostumbrados a las altas temperaturas y soportamos peor que mejor el sol que achicharra.
Ourense es la ciudad gallega en la que más sube el termómetro en verano, con temperaturas que oscilan entre los 30 y los 40 grados. Tiene más de clima continental que de variante atlántica: es un sur (este) distinto al otro sur (oeste), el de Pontevedra, Vigo y Baiona, de rasgos mediterráneos. Y ambos sures son a su vez diferentes del norte cantábrico de Viveiro y Foz, y del norte (oeste) atlántico de A Coruña y Ferrol.
Esas diferencias, esos matices, conforman Galicia y le dan identidad climática. Luego está el paisaje, la orografía... En fin, para qué seguir, se empieza por el clima y tirando de aquí y allá se termina reparando en las variaciones dialectales que tiene por zonas el idioma gallego, los dejes y esas cosas de las que entienden los lingüistas. No hay "corazón" más suave y deslizante que el "coraçón" en los labios de los de Carnota y, sobre todo, de los de O Pindo, sentenció Pondal.
Galicia es la que es. Y malamente se puede percibir desde clichés uniformadores que dejan fuera la enjundia polícroma de lo distinto y diferente. La variedad no es un problema; sólo es un problema para quienes lo convierten en un problema. Y, metidos en harina, nada más absurdo que convertir el idioma gallego, que hablan la mayoría de los gallegos, en un problema educativo.
¿Qué complejos mecanismos psicológicos actúan en ciertas personas para que rechacen el gallego como idioma suyo, en el que se reconozcan y se sientan a gusto, y, peor todavía, castiguen a sus hijos convirtiéndoles en un drama el aprendizaje de una lengua que es, además, parte integrante del campo lingüístico lusófono, con 250 millones de hablantes? ¿Qué entienden por armonía lingüística quienes se pronuncian en contra de tal guisa? El gallego, mucho más que una asignatura, es una lengua universal.
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