lunes 23 de julio de 2007
El último magnate... José Oneto
Un doloroso cáncer de médula ósea, complicado a última hora con una neumonía, ha terminado con la vida de quien ha sido, tras la temprana muerte de Antonio Asensio hace cinco años, el último magnate de la prensa en nuestro país después de la llegada de la democracia.
Jesús Polanco (Madrid, 1929), uno de los hombres más ricos de España y, sin duda, uno de los más poderosos por la influencia que tenía en el Partido Socialista —hasta el punto de que el partido en ocasiones fue uno de sus aliados—, en el Palacio de la Zarzuela, donde siempre tuvo un gran predicamento, y en la gran banca, representa la historia de una etapa importante de nuestro país por el periódico de referencia El País, por la cadena de radios (SER), por las numerosas editoriales de libros, especialmente de texto y de enseñanza, además de numerosos negocios en los que consiguió siempre prestigio, fortuna y poder, aunque él siempre negase ser un hombre poderoso. Pero lo era y lo sabía.
El Polanco que yo conocí y traté (aunque nunca coincidí profesionalmente con él) tiene poco que ver con ese Polanco que han presentado la derecha y su círculo mediático como conjunto de todas las maldades y autor de casi todas las maniobras políticas que se han desarrollado en los últimos años en nuestro país.
El Polanco que yo traté fue un hombre afectuoso, cercano, seguro de sí mismo, con el que mantuve algún que otro enfrentamiento por la posición de Antena 3 Televisión en las numerosas batallas por la guerra del fútbol, la TV de pago y durante la concesión de los canales privados de televisión (la célebre frase de que no había huevos para negarle a él el canal me la dijo a mí en un entreacto en la puerta del Teatro de la Zarzuela) y tiene poco que ver con ese Jesús del Gran Poder despótico y conspirador del que hablan algunos medios que ni siquiera han respetado las primeras horas de duelo, antes de su entierro en la Almudena de Madrid.
Fue un gran empresario que defendió la libertad de expresión de sus medios y la profesionalidad de sus proyectos, un defensor de la cultura en sus términos más amplios (aunque algunos de sus colaboradores estableciesen vetos incomprensibles) y un hombre que defendió la democracia y las libertades, especialmente cuando se vieron amenazadas un 23 de febrero de 1981 por un golpe de Estado.
Extendió su imperio por todo el mundo iberoamericano y convirtió la editorial Santillana, la editorial con la que empezó en la Puerta del Sol de Madrid, en la punta de lanza de un multimedia en el que hay periódicos, radios, televisiones, productoras, distribuidoras y empresas relacionadas con el mundo del entrenimiento.
Aznar intentó meterle en la cárcel (igual que lo intentó con Antonio Asensio, hasta que le obligó a vender Antena 3 Televisión a Juan Villalonga, presidente entonces de Telefónica) en la guerra mediática que estalló meses después de su llegada a la Moncloa por la televisión de pago y los derechos del fútbol y del que fui testigo privilegiado, y durante meses se vio asediado por jueces que le procesaron, que le quitaron el pasaporte e incluso le prohibieron la salida del territorio nacional.
Ganó la pelea política (que le dejó tremendas secuelas), pero no ha podido ganar esa otra guerra contra el cáncer que le obligó hace unos meses a un reparto de poder entre sus hijos y herederos que, sin duda, provocará en los próximos meses tensiones dentro del Grupo Prisa del que fue, junto con su socio, confidente y amigo Pancho González, el principal inspirador y líder.
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