lunes 23 de julio de 2007
El ogro islamista
POR ALBERTO SOTILLO
Los islamistas turcos suscitan temores apocalípticos, despiertan ancestrales fantasmas, como si un nuevo Solimán pasado al fundamentalismo volviese a amenazar a Europa. Pero la paradójica realidad es que estos islamistas han formado el gobierno que más legislación europea ha adoptado en la historia de Turquía y que con mayor rigor ha seguido las ortodoxas recomendaciones económicas del FMI. Cuando contemplamos Turquía desde Europa, a menudo tendemos a confundir laicismo con democracia. Pero la realidad es que el padre de la patria y del laicismo turco, Kemal Ataturk, gobernó en régimen de partido único con mano dura, política económica dirigista y laicismo impuesto por el Ejército.
El régimen, después, evolucionó, pero a quienes de verdad benefició fue a una élite «occidentalizada» que seguía aprovechando las ventajas de una economía dirigida a la vez que, en las escuelas, adoctrinaba que cualquier exhibición religiosa era un primitivo atavismo propio de gente sin cultura ni educación. Detrás del actual enfrentamiento político emerge también la pugna entre la «aristocracia» del laicismo, que siempre ha dado por garantizado su poder, y una emergente clase media y media-baja asociada al islamismo.
Muchos de los actuales islamistas tienen un origen radical. El fundamentalismo tampoco ha desaparecido. Pero, ya que hablamos de paradojas, nos podemos encontrar con que, muy probablemente, un gobierno laico seguiría una política menos occidental que la de los islamistas. Sobre todo, si los primeros se alían con los nacionalistas, muy crecidos al socaire del desastre iraquí.
A menudo se dice que islam y democracia son realidades antitéticas. Pero no es el caso de Turquía. Aunque aún sea largo el camino a recorrer, los islamistas turcos han sido más formales con la democracia, más ortodoxos con la economía y más transigentes con las minorías que los laicos. A veces, europeístas; a veces, ligeramente ultramontanos.
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