jueves 7 de junio de 2007
Mentira retráctil
Por IGNACIO CAMACHO
SABIDO es que muchos políticos sienten gran desprecio intelectual por los ciudadanos que les pagan el sueldo y les legitiman el cargo, pero es convención general que conviene disimular ese desdén tan desapegado. A la gente no le suele gustar que la tomen por tonta, al menos de forma explícita y desaprensiva. El electorado, que tiende a ser indulgente por razones de bandería o sectarismo, se cabrea cuando le mienten sin disimulo, más por la falta de disimulo que por la mentira, que al fin y al cabo da por descontada tratándose de la política. Pero si nadie pone algo de empeño en endulzar el embuste, queda la sensación de que el embustero minusvalora la inteligencia de la parroquia o se ha vuelto perezoso en el arte de la hipocresía.
Esto es lo que le acaba de pasar al Gobierno cuando ha decidido devolver a Iñaki de Juana Chaos al trullo del que nunca lo debió sacar. Todo el mundo entiende el gesto y lo aplaude, bienvenido sea, pero permanece flotando en el ambiente la ausencia de un mínimo refinamiento en la mentira que sirvió para excarcelarlo. Mentira que nadie se había creído porque era francamente inverosímil, pero cuya torpe rudeza ha quedado demasiado de manifiesto ahora que toca envainársela para frenar la sangría de votos que se escapan por el sumidero de la debilidad gubernamental. Ni siquiera el pragmático Rubalcaba, cuyo cinismo sólo está a la altura de sus grandes cualidades actorales, se ha esforzado en exceso por disfrazar la tosquedad del contorsionismo, saltándose sin tapujos los remilgos legalistas con que hace apenas unas semanas trataba de enmascarar el chantaje. Ya no hay motivos humanitarios ni partes médicos que valgan; han echado a De Juana a los leones para tratar de recomponer la genuflexión con que se humillaron antes de que «cambiaran las circunstancias».
Y aunque en este caso sea verdad que, como sentenció Fraga, los socialistas sólo aciertan cuando rectifican, no basta con el desparpajo para comerse ciertos marrones sin atragantarse. Es menester una cierta voluntad de estilo, un poco de adorno para vestir el muñeco antes de sacarlo de paseo. Sobre todo cuando se trata del crédito de la Justicia, que el Gobierno ha convertido en un elástico retráctil como un chicle a costa de doblarle el espinazo al fiscal general. Conde Pumpido, que hoy tendrá que pedir prisión para Otegui después de haberle exonerado y casi pedido disculpas, debe de estar tomando nolotil para los dolores de espalda y un euforizante para reponer su chuleada autoestima, si es que aún la conserva. Pero la pobre Justicia se va a marear de tanto cambio de criterio; es ciega, pero no insensible al zarandeo.
Y la gente, o sea, el pueblo soberano, se queda con la sensación de que en algún momento le han querido tomar el pelo. Antes o ahora. O siempre. Mal asunto, porque una cosa es que los políticos no sean creíbles y otra que le pierdan el respeto a los destinatarios de sus mentiras sin tomarse la molestia de envolvérselas con un poco de cariño.
jueves, junio 07, 2007
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