lunes, mayo 14, 2007

Manuel de Prada, Signos

lunes 14 de mayo de 2007
Signos

A veces la vida nos depara perplejidades que no admiten una interpretación plenamente racional. Una mente descreída las atribuiría a la interferencia de un azar caprichoso; una mente propensa al pensamiento mágico tejería en torno a ellas un tupido entramado de supersticiones. Quienes profesamos una visión trascendente de la aventura humana confirmamos que Alguien vela por nosotros, que Alguien para quien somos incalculablemente valiosos nos mira con benevolencia. Hace un par de semanas inicié una gira de promoción de mi más reciente novela, El séptimo velo, por tierras hispanoamericanas: mi estado de ánimo no era el más propicio para abordar un periplo de estas características (noches en habitaciones de hotel en las que se agiganta la soledad, decenas de entrevistas en las que uno debe esforzarse por resultar brillante o simpático, a sabiendas de que tales alardes no harán sino agravar su carácter taciturno), pero hice de tripas corazón y me apresté a cumplir con las obligaciones adquiridas. Siempre he sido un tipo desastroso haciendo equipajes: no suelo dedicar a esta labor la atención que merece e, indefectiblemente, olvido incluir en la maleta algún adminículo o prenda personal (a veces incluso la documentación) que luego me obliga a reparar el despiste, propiciando situaciones rocambolescas. En esta ocasión olvidé meter en la maleta la poesía de Antonio Machado, sobre quien tenía que disertar a mi regreso a España; necesitaba refrescar algunos poemas, pero cuando lo recordé ya estaba sobrevolando el Atlántico. De inmediato me tranquilicé pensando que no sería demasiado arduo encontrar un volumen que recopilase la poesía del autor de Campos de Castilla en cualquier librería del Nuevo Mundo. No contaba con las circunstancias adversas que suelen entorpecer nuestros propósitos. En Buenos Aires, primera escala de mi viaje, disponía de un fin de semana enteramente libre que podría entretener husmeando en las librerías de la calle Corrientes, uno de mis pasatiempos predilectos. Pero aquel fin de semana no dejó de llover sobre Buenos Aires; era una lluvia tozuda que no concedió ni un solo instante de tregua al cielo pero que, sobre todo, me instiló una tristeza del tamaño del universo. El recuerdo de otras visitas felices a aquella misma ciudad cayó de repente sobre mí, como una conciencia de pérdida que arañaba mi sensibilidad hasta extremos de postración. Sólo abandoné el hotel para visitar a un amigo que vivía a muy pocas cuadras; y preferí consumir las horas en su compañía, en deleitosas pero muy melancólicas conversaciones, antes que aventurarme en busca de la poesía de Machado, que juzgaba fácil de encontrar en mis siguientes escalas. En Santiago, sin embargo, no tuve tiempo ni siquiera para abandonar el hotel: la estancia fue muy corta y abarrotada de entrevistas. Pensé que en Bogotá podría, por fin, subsanar el despiste; pero en Bogotá volví a tropezarme con la lluvia, esta vez incluso más torrencial, que agravó mi abatimiento, hasta empujarme a esos abismos donde se refugia mi mundo tenebroso, allá donde culebrean las serpientes de la angustia. Para entonces me había olvidado incluso de la poesía de Machado; sólo me apetecía meterme en la cama y dejar que las horas transcurrieran, lentísimas y acerbas. Cuando ya se consumía mi estancia en Bogotá, recibí una llamada telefónica. Era el doctor Enrique Rojas, también de gira por tierras americanas con su más reciente libro sobre la depresión, que encarecidamente les recomiendo. Rojas había sabido que compartíamos hotel y, muy cortésmente, me proponía que cenásemos juntos; acepté la invitación, espantando los demonios del ensimismamiento. Fue una noche memorable, en la que Rojas se mostró como un atleta de la amistad, sanando mis heridas y facilitando momentos de expansión que aliviaron mis congojas. Hacia el final de la velada me tendió un libro muy voluminoso; por la tarde había visitado varias librerías de viejo y había querido hacerme un regalo. Con incredulidad, con estremecida exultación, leí el título del volumen: Poesía completa; y el nombre del autor: Antonio Machado. No me atreví a confiarle a Enrique Rojas lo que aquel regalo significaba. Pero supe que había Alguien que velaba por mí, Alguien para quien yo era incalculablemente valioso, Alguien que había elegido a Rojas como mensajero. Y esa certeza exorcizó mi mundo tenebroso.

No hay comentarios:

Publicar un comentario