lunes 14 de mayo de 2007
¡QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS VIEJOS!
Félix Arbolí
L A vejez, aparte de su aspecto un tanto triste y deprimente, tiene también su lado positivo y su cara alegre. El concepto peyorativo que tenemos de la palabra “viejo”, nos induce a creer que todo lo relacionado con ese término define a algo inservible, caduco, desfasado, anacrónico y carente del menor interés. Se utiliza como insulto “¡Es usted un viejo inútil!”. Como advertencia de que se es persona que no puede realizar una vida normal, “Ya eres viejo y no estás para esos trotes”. Como corte brusco y rotundo ante nuestras posibles protestas o reiteradas sugerencias, “¡Eres un viejo insoportable!”, etc. Todas son expresiones ofensivas. Incluso algunos tienen la fea costumbre de que al referirse a sus padres, les llamen “mis viejos”, aunque éstos apenas sobrepasen los cincuenta años. A mí, que tengo más motivos, me desagradaría enormemente y le llamaría enérgico la atención si alguno de mis tres hijos utilizara ese inadecuado adjetivo para hablarme y mencionarme. Existiendo las palabras padre y madre y sus similares papá y mamá, acentuadas en la última “a”, (y no esa horrible manía de decir “mama”, que da la sensación de que se está invitando a chupar de la teta), por qué usar “viejo” y “vieja”, para dirigirnos o señalar a nuestros mayores. Pero alternando con esta lista casi interminable de atropellos y humillaciones que hemos de soportar los que hemos excedido la barrera de los setenta, a la que nunca llegaremos a acostumbrarnos, existe otra relación de acepciones sobre esta palabra que resultan gratificantes al que las utiliza y mucho más aún al que las recibe. Y éstas, en su mayor parte, nada tienen que ver con los años de sus protagonistas, aunque si del tiempo que intentan reflejar y la intensidad que quieren demostrar. Es como cuando se habla de una “vieja amistad”, que nada tiene que ver con la edad, sino con la sinceridad, duración y lealtad de esa sólida relación. O cuando decimos es tan viejo como la noche y el día, para indicar que es algo bien sabido y extendido, muy difícil de contrarrestar. O la expresión “¡Qué viejo eres!” que dicho en plan admirativo intenta resaltar que se trata de persona, incluso de corta edad, que demuestra saber demasiado o es muy juicioso en sus consideraciones. Pero una cosa es la palabra “viejo” y otra muy distinta, aunque la una sea derivación de la otra, la de “vejez”. Si en la primera cabían diferentes acepciones y usos muy contradictorios, en la segunda, poca azúcar queda para endulzar el café. Cuando se habla de vejez, pocos recursos tenemos para poder adornar su aparente fealdad. La vejez, suena a decrépito, gastado, inútil, achacoso, inservible, molesto, de difícil convivencia y de amargada visión de un futuro que, aunque nos lo imaginemos negro y tardío, por lo insoportable que nos resulta el presente, está a la vuelta de la esquina y su tránsito es más veloz que la carrera del coyote de la Warner tras el avispado “correcaminos”. Un futuro que se convierte en presente sin apenas darnos cuenta. Presiento que habrá veces que deseen por ambas partes, anciano y familiares que lo cuidan y aguantan, que termine cuanto antes ese continuo ”ni vivo ni dejo vivir”, que sufren todos. Gracias a Dios, no lo digo por experiencia, ni espero llegar a esa aterradora realidad, cuando a lo peor las circunstancias o el azar me puedan convertir en el actor principal de ese drama. Siempre he pensado, con la frialdad que proporciona la ausencia del problema, que llegado ese caso, si por mala suerte o designio de Dios, me veo convertido en una angustiosa e insoportable carga para los que me quieren y rodean, que me caiga de lleno, certeramente, esa espada de Damocles que todos tenemos suspendida sobre nuestras cabezas y acabe mis días cuanto antes. Prefiero una muerte digna y llorada, con la plenitud de mis facultades mentales para prepararme a tan largo y desconocido viaje, que una vida apagándose lentamente convertido en remedo de vegetal, o sufriendo los horribles dolores de una larga enfermedad terminal que tenga martirizada a toda mi familia. Pienso, no obstante, que la vejez no la producen los años vividos, sino el estado de ánimo, cuando desaparecen las ansias de vivir, de crear, de producir, de ilusionarse por un proyecto o de disfrutar y apreciar los numerosos y pequeños detalles que conforman nuestra cotidianidad. Como si estuviéramos muertos en vida, al igual que los Zombis del cine y en las prácticas del “vudú”. Cerrar los ojos al mundo, ante la desgana de admirar sus muchas maravillas y extraordinarios alicientes. Taponar nuestros oídos a los consejos y advertencias de personas que nos quieren, a las críticas constructivas de amigos y también a sus lisonjas si son sinceras ya que estimulan nuestros impulsos. Y callar la boca ante lo bueno y lo malo, lo grande y lo pequeño, lo plausible y aborrecible, en un descarado afán de demostrar nuestra indiferencia al entorno y nuestro aburrimiento ante la vida. Esto sí que es la vejez y la peor enfermedad, el más pernicioso virus que puede acometernos, porque somos nosotros mismos quienes nos hemos empeñado en contraerla e inoculárnoslo. Y claro contra esta decisión asumida voluntariamente no hay medicina ni suero capaz de vencerla. Yo he vivido una cierta temporada, no puedo precisar si larga o corta, contaminado de ese mal. Fue a raíz de mi jubilación, cuando la sociedad me desechó por considerarme incapacitado para trabajar y ser útil a la comunidad. Fue un choque tremendo y toda mi vitalidad, mi buen carácter y hasta la fama que tenía entre los compañeros de animado y “lanzado”, desapareció de golpe, de un día a otro, por el simple cambio de la hoja del calendario. Se alteró drásticamente mi existencia, aunque me mirase al espejo y comprobara que era la misma persona que se reflejaba sonriente y animosa en los días anteriores. El abismo generacional que hasta entonces no había advertido entre compañeros y tertulianos más jóvenes, cuando nos reuníamos en el bar del ministerio en horas del desayuno o la comida, se abrió de golpe y me di cuenta de que yo ya no pertenecía a ese círculo con el que había estado alternando durante décadas. Formábamos parte de mundos muy diferentes, el de los útiles a la sociedad, capacitados para amar y con un futuro lleno de proyectos y esperanzas y el mío, donde se refugian los que han tirado la toalla en ese acabado combate por KO, en el ring de la vida, en la que no hay sitio para los débiles y reliquias del pasado. Cuando me vi en esta nueva situación y me tuve que retirar cabizbajo y desalentado, creía que solo me esperaba un presente sin futuro, sentir al amor como un pasaje ya superado de mi vida y aprovechar los días de sol para darme el paseo o comprar la prensa. Poca cosa más. No he vuelto por ese centro de trabajo, hoy Cuartel General de la Armada, donde pasé cuarenta años de vida laboral con grandes amigos y excelentes compañeros. Años apasionantes y llenos de inquietudes, con Jefes admirables y menos admirables, pero que puestos en una balanza se inclinaría hacia el lado favorable ostensiblemente. Hoy pienso en esa época y me parece pertenece a una reencarnación del pasado, algo fuera del tiempo, como si se tratara de ese sueño que no sabemos si ocurrió realmente o es producto de nuestra imaginación, pero que no desaparece jamás de nuestra memoria. Algo irreal, que solo me lo recuerda y confirma la placa de plata que me regalaron jefes y compañeros en la fiesta de mi despedida y los dos diplomas de otras tantas medallas al mérito naval con distintivo blanco que me concedieron. Un motivo de orgullo que muchas días contemplo en mis solitarios nocturnos del salón y me hacen sentir satisfecho y recordar con aprecio y agradecimiento a esa entidad, mi querida Marina Española a la que tantos años y en tantas jornadas le ofrecí mi entusiasmo, trabajo y esfuerzo. Porque si fue dura en muchas ocasiones esa etapa ministerial, que alternaba con el periodismo las tardes y parte de las noches, tuvo momentos, días, meses y años entrañables y satisfactorios en grado sumo. Sobre todo en mi época destinado en el Juzgado Central de Marina, donde descubrí un mundo que me era desconocido, a veces complicado pero sugerente, sorpresivo e interesante, incluso en mis visitas a las cárceles en unión del Juez militar, para realizar diligencias o tomas declaraciones a detenidos, varias de ellas a la de Alcalá, donde se hallaban internados algunos de los participantes en la intentona de febrero del 81 a los que llegué a conocer y tratar personalmente. Por cierto, con autorizaciones a mi entrada un tanto conflictivas, ya que al constar en el DNI de entonces la profesión y figurar en el mío la de “periodista”, tenía que esperar consultas y trámites para que el director del centro penitenciario la permitiera, después de garantizarle el Juez que mi presencia allí obedecía exclusivamente a funciones judiciales. Nunca me fui de la lengua y supe de muchos asuntos que me hubieran supuesto grandes exclusivas y destacados titulares. Entonces, no era el periodista el que intervenía, conocía y oía, sino el funcionario judicial. Y tenía que respetar y delimitar ambas funciones, aunque el instinto profesional me presionara en muchas ocasiones. Uno de los días en los que verdaderamente me di cuenta de ya era viejo y sentí una gran desolación, fue con motivo de una operación bancaria en la que me acompañaba mi hija. El director de la entidad que era un gran amigo y continúa siéndolo, aunque ya no tengamos relaciones bancarias debido a su traslado a otra sucursal, me había citado en su despacho. Nada más salir el que estaba con él, pasé con mi hija y realicé las gestiones oportunas. Al salir, tranquilo y satisfecho, acompañado del director que me despidió efusivamente, se me acercó un airado mozo, con novia adjunta, y sin darme tiempo a reflexionar o darme explicaciones, me espetó : “¡Es usted un caradura y no le parto la cara porque es ya viejo!. Eso le salva”. Ante nuestro asombro y solicitarle las causas de su enfado, ofensa y atisbo de amenaza física, nos aclaró rabioso, (no hay mejor manera para describir su estado), “yo estaba esperando ahí sentado y usted ha llegado y se ha colado”. Ni le vi, ni hizo mención de levantarse cuando salió el que ocupaba su turno en el despacho, ni me dijo nada cuando vio que me dirigía hacia tan solicitada puerta. Así se lo hizo ver mi hija, con una mala leche impresionante, que en eso es una auténtica leona, ya que yo me quedé tan cortado y tan hundido que no supe reaccionar. En cierto aspecto hasta hubiese preferido la posible agresión física, de la que al menos hubiese podido defenderme y quién sabe si ganar la partida, ya que a mis sesenta y siete años aún podía nadar y guardar la ropa. Miuras más grandes me ha tocado lidiar y en algunas hasta he cortado el rabo a mi enemigo y metérselo por donde amargan los pepinos. Hay muchas opiniones sobre esta etapa de nuestra vida. Las conocemos de todo tipo y color. Hay quien dice que envejecer es pasar de la pasión a la compasión. Y esta consideración se hace enormemente ofensiva porque nos da a entender que ya ni como hombres tenemos valor alguno. Hay muchas frases y dichos que se ocupan del problema de la vejez, existente desde que el hombre apareció sobre la tierra y el tiempo se ocupó de que envejeciera. Hay algunos, no obstante, que me han llamado la atención por la profundidad que encierran entre sus palabras. “Los viejos solemos aconsejar y nos gusta hacerlo, para consolarnos de no poder realizar esos malos ejemplos que criticamos y que en el fondo es lo que desearíamos realizar”. Puede que tenga razón, ya que pensando en el ayer, no me arrepiento de las locuras que pude cometer, sino de la pena que siento al no poder volver a cometerlas. Con Cicerón, sí estoy plenamente de acuerdo cuando afirma “Si quieres ser viejo mucho tiempo, hazte viejo muy temprano”. Sabia advertencia que yo procuro no olvidar para evitarlo. Oscar Wilde, decía a este respecto “No es que yo sea viejo, es que no soy joven”. Es mi máxima. Hay otras muchas, su relación se haría interminable. “Los jóvenes piensan que los viejos somos idiotas, los viejos sabemos que los jóvenes lo son”. Opino que ni lo uno ni lo otro, hay múltiples excepciones en ambos casos que no confirman esta regla. La vejez priva del placer, no porque uno pierda el apetito y el deseo, sino porque la naturaleza te hace ver que esa meta te ha sido vedada. Una amarga realidad que hemos de arrostrar en nuestra imparable cuesta abajo. No vale que intenten endulzar el pastel con la observación de que “en los ojos del joven arde la llama y en la del viejo la luz”. ¿De qué nos sirve la luz si todo lo que vemos está fuera de nuestro alcance y alejado de nuestras apetencias? Los jóvenes van en grupos, los adultos en parejas y los viejos, generalmente solos. Esta frase lo define con certera claridad. ¡Esta es la vejez!
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