sabado 17 de febrero de 2007
XAVIER NAVAZA
corresponsal en galicia
El triángulo de las Bermudas del PP
Andalucía fue, hace veinticinco años, el prólogo del estrepitoso derrumbe de la Unión de Centro Democrático (UCD). Se celebraba el referendo del Estatuto de Autonomía y el partido en el poder ofreció a todos -la entrada era libre y gratuita- el penoso espectáculo de sus ministros luchando a la contra en el Sur, combatiendo contra el autogobierno de los andaluces y pidiendo, casi a voz en grito, el no o la abstención en una consulta popular que ellos mismos, como representantes del Gobierno central, habían convocado.
Meses después se celebraron las elecciones autonómicas de Galicia, las primeras de nuestra historia, y entonces la ciudadanía del finisterre de la Unión anticipó la liquidación de aquel conglomerado de partidos que había liderado la transición de España hacia la democracia y luego no supo atenerse a la realidad.
Pues bien, hoy Andalucía celebra su jornada de reflexión, horas antes de someter al veredicto de la gente la reforma autonómica consensuada en Sevilla. Pero esta vez el Partido Popular, sucesor histórico de aquella UCD que era capaz de aupar y de engullir a sus líderes al mismo tiempo, ha sabido capear el temporal. Y lejos de alzar sus voces más críticas contra la nueva Carta autonómica de nuestros vecinos del Sur, la defiende a capa y espada con un sentido de la responsabilidad que muchos echaron de menos tanto en la ciudad condal -cuando allí se produjo el endiablado debate de la modificación estatutaria- como en Compostela, cuando aquí socialistas, nacionalistas y populares tampoco supieron o no quisieron dialogar de verdad.
Javier Arenas, Josep Piqué y Alberto Núñez Feijóo son los nombres de los tres dirigentes que habitan en los tres vértices de esa especie de triángulo de las Bermudas que hoy delimita las fronteras interiores del Partido Popular. En su comportamiento político se podría sintetizar el brumoso caos ideológico que los panzers de Génova, 13, sede central de la derecha en nuestro país, han logrado instalar en el Estado de las Autonomías. De Arenas ya sabemos que fue el más valiente, rompiendo la disciplina de voto y sumándose a la reforma cuando en Madrid le aconsejaban que se autoexiliase en su propio país. De Núñez Feijóo, hoy es el día en que seguimos sabiendo mucho menos: es la enigmática posición de ambigüedad que las malas lenguas siempre le atribuyeron al carácter difuso y evasivo del falso prototipo galaico. En cuanto a Piqué, ayer estaba cambiado. A media tarde, el ex ministro catalán estaba con un pie en Barcelona y otro en Sevilla, y era capaz de admitir cosas impensables hace pocos meses: "Si al final se busca el consenso, hay cosas que -aunque no te gusten- las tienes que admitir, porque no se puede conseguir nunca el cien por cien de los objetivos". Hablaba de Sevilla, pero se refería al caso catalán: "Si en Barcelona se hubiese mostrado una verdadera voluntad de consenso, probablemente hubiésemos asumido muchas cosas". Hace unos meses, con ese mismo espíritu, Piqué se habría ahorrado el humillante papel que el Partido Popular representó en Catalunya.
EL EDILATO
Son malos tiempos para la lírica
Lejos, aquellos días, en que había una lírica de la vida política municipal: el contacto directo con los ciudadanos y la presencia en la calle, a pecho descubierto, cuando el ejercicio de la democracia de base no sólo era un mal negocio, sino a menudo una actividad ruinosa para la inmensa mayoría de quienes habían optado por una vía vocacional. El caso Gondomar indica que los agentes del Grupo de Delitos Urbanísticos, bajo la batuta de Joan Mesquida, han comenzado a actuar en Galicia y en su lenguaje no existe la poesía .
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