domingo, febrero 18, 2007

Rajoy, entre la guera del PP de Irak y el balcon del vertigo genoves

Rajoy, entre la guerra del PP de Irak y el balcón del vértigo genovés
Antonio Martín Beaumont
Sí o sí. El líder del PP lo sabe. En 2008 encenderá su puro de punto final del lodo iraquí de Aznar o se asomará a Génova para ver el tiempo perdido.

19 de febrero de 2007. Las elecciones del año 2004 las perdió el PP por sus resultados en Andalucía y Cataluña. Así de directo. Así de sencillo. Por más que alguno –seguro- dirá que simplificar, más en estas cuestiones tan etéreas como son las cosas demoscópicas, es siempre arriesgado. Lo es, no lo dudo. Pero los datos son los datos. Mientras en esas dos comunidades los socialistas aventajaron a populares en 30 diputados (PSOE 59; PP 29), en el resto de España los de Rajoy mantuvieron el tipo y superaron a los de Zapatero en 14 diputados (PP 119; PSOE 105).Ésa es la escritura numérica a grandes trazos de la larga noche electoral de aquel 14 de marzo en la que los de Génova pasaron del panal de rica miel gubernamental a la fría celda de la oposición. Así se resumen aquellas horas amargas en las que, según cuenta Graciano Palomo en un libro de imprescindible lectura (De Aznar a Rajoy: La maldición de Casandra), Mariano Rajoy, hundido, espetó al todavía presidente de su partido, José María Aznar: "¡Éste es el resultado de la guerra, presidente!". En fin, de la guerra de Irak y de otras cuitas, supongo, que poco a poco llenaron el vaso de la paciencia de los españoles hasta que se desbordó. Recuérdese con todo que ya en las elecciones municipales de un año antes el PSOE ganó al PP por 123.416 votos, aunque los populares se aferrasen a la pírrica victoria de tener mayor número de concejales que sus rivales. Pues bien, Andalucía y Cataluña, Cataluña y Andalucía. Tanto montan. Por poner ojos: Javier Arenas y Josep Piqué. Dos ex ministros de Aznar, como el mismo Rajoy. Con esos ases se juega la partida el Partido Popular. Ésas son las piedras que permitirán al líder del PP edificar su edificio. O no. Por más que ahora se hable por el cuartel general pepero de la necesidad de cambios en el equipo cuando quedan cien días para las "primarias" -municipales y autonómicas- y un año, a lo sumo, para el cara a cara definitivo de Rajoy con Zapatero.Porque, por mucho que quiera decirse lo contrario (que se dice y se dirá), el contrato del gallego llega so-la-men-te hasta las elecciones de 2008. Y Mariano Rajoy, político cabal y honesto, lo tiene bien asumido. Tras aquellas urnas –que nadie lo dude- se decidirá si hay prolongación o, por el contrario, junto al entrenador, se rejuvenece una plantilla que por segunda vez habría demostrado estar gastada. No hay naves para el camino de vuelta para esta generación. Ése es, además, el gran pacto "secreto" de los "barones" con su "número uno".Tampoco tiene demasiada importancia a niveles internos el que en octubre un nuevo Congreso del PP sirva de trampolín al "equipo de Rajoy" de cara a las elecciones que vendrán. Al líder de un gran partido como el Partido Popular sólo lo refrendan las elecciones. Las urnas mandan. Siempre ha sido así. Al final, en los partidos, al menos en los que tienen aspiraciones, los dirigentes -que son los que bambolean la opinión de la masa de militantes- van detrás de quienes les garantizan victorias. Es su pan de cada día, no se olvide. Aquella carta de dimisión que Mariano Rajoy quiso entregar en el edificio de la gaviota azul de la calle Génova a José María Aznar, una vez recontados los efectos de la guerra de Irak entre los españoles, en esa aciaga noche del 14-M de hace ya casi tres años –majestuosa escena relatada por Palomo en su libro-, como digo, aquella carta de dimisión, el ahora jefe de la FAES deberá romperla en mil pedazos en 2008 o tramitarla con inmediato acuse de recibo. Las urnas de las próximas elecciones generales, sí o sí, permitirán a Mariano Rajoy encenderse un puro para brindar, esta vez, por haber conseguido poner punto final a "la guerra del PP" de Irak, o asomarse al balcón del vértigo genovés para lamentar el tiempo perdido.

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