martes 20 de febrero de 2007
Cuidadores
MARÍA MAIZKURRENA m/m.maizkurrena@diario-elcorreo.c
Hay infinidad de personas cuidando de otras personas en las casas, en esos mundos interiores donde se guarece la vida, donde se presenta la muerte como una visita esperada a la que hay que atender. La muerte no saluda. Tiene malos modales. Siempre, aún cuando se la espere, llega por sorpresa, sin avisar, con cierto susto. Pero es lo mismo, hay que atenderla, queramos o no. Dentro de las casas, en esos mundos interiores, se desarrollan, invisibles al exterior, los más vulgares y extraordinarios acontecimientos de la historia particular de las personas. Y lo particular, lo individual, curiosamente, es lo más universal. Nacer, morir, amar o desesperarse, la soledad y la vida en familia, la enfermedad o la alegría, son acontecimientos íntimos de esa historia individual que sigue patrones comunes. Luego están las personas que llevan a ciertos extremos algunos capítulos de su historia personal. Este fin de semana, un hombre llamado Gregorio, como Gregorio Samsa, el kafkiano protagonista de 'La metamorfosis', ha matado a su madre, enferma de Alzheimer, a su mujer, que estaba coja y no podía salir a comprar, a su hijo de 27 años, que había empezado a sufrir una depresión. La muerte, a veces, se pone frenética. No pudo matar a su hermana, una enferma crónica a la que había cuidado durante 30 años, porque ella, muy prudentemente, se había ido por su propia cuenta. Trató de matar a sus hijas, que vivían en Talavera de la Reina. Bien mirado, matar no es una actividad muy original, pero en fin, la mayoría de los seres humanos tenemos un seguro, como las armas, como los robots de Asimov, que llevamos siempre puesto y que nos lo impide. A Gregorio, que estaba deprimido y al que la vida fue destruyendo día a día, año tras año, se le saltó el seguro. A veces los depresivos deciden quitarse de en medio y, por compasión y sentido de la responsabilidad (o de la propiedad) se encargan primero de la familia. Algunos días antes, en A Coruña, un hombre de 75 años había matado a su esposa, enferma de Alzheimer, y luego trató de suicidarse. El Alzheimer es una enfermedad especialmente cruel y agotadora para los cuidadores. Lo terrible es que, a veces, no hay mecanismos para frenar la ruina de esas familias aplastadas por la enfermedad, y el cuidador va enfermando Cuando no pueden más, los hombres estallan; las mujeres, más discretas, simplemente se dejan aplastar. Me acuerdo de Idoia Díaz, una vitoriana que contaba su caso en este periódico hace ya cuatro meses: estaban a su cargo un hijo, una hermana que padecía las secuelas de un accidente y una madre menor de sesenta años con un Alzheimer precoz y galopante. No recibía ayudas de ningún tipo. Trabajaba en la hostelería. ¿Qué habrá sido de ella?
lunes, febrero 19, 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario