domingo, febrero 18, 2007

Imanol Villa, Hijos de la ilusion

lunes 19 de febrero de 2007
Hijos de la ilusión
IMANOL VILLA

Entre tanto despropósito aún hay cosas que complacen. Pequeños detalles que hacen que uno se sienta bien. Y es que no ha sido para menos mi satisfacción al enterarme del anteproyecto de Ley sobre Adopción y, a la vez, al confirmarse de manera oficial que España es ya el primer país del mundo en tasa de adopciones internacionales. Lo sospechaba, pero hacía falta que las estadísticas hablasen para certificar que ya vivimos en un país que ha trascendido la maternidad y la paternidad de una forma revolucionaria. Debemos, por ello, estar contentos. Si hasta ahora muchas adopciones -sobre todo las evidentes- hacían exclamar a la gran masa inundada en la convencionalidad que todo eso era un fenómeno de moda -comentario capcioso donde los haya-, se supone llegado el momento en el que el hecho en sí de la adopción pase ya a ocupar un estadio de normalidad y a transformarse así en el producto de una opción consciente, voluntaria e irrefutable. Aunque entiendo que todavía haya quien vea detrás de un hijo o hija adoptiva más cosas que las que se supone existen tras la descendencia biológica. Preocupa, y no sé por qué, su origen verdadero, sus padres biológicos -esto se debe al peso de la sangre que otorga la costumbre, restos de atavismo milenario-, su experiencia de abandono En fin, un montón de dudas y apreciaciones que muy poco importan a los implicados y, curiosamente, son motivo de conversación en mucha gente ajena. ¿Por qué se meterán los demás en eso?, me pregunto. Junto a todo ello se encuentra la preocupación presupuestaria que, por cierto, siempre se cita y sobre todo en prensa. ¿Tanto importa, a excepción de a quienes están metidos en ella, el coste económico de una adopción? Da la sensación de que preocupa mucho. Y eso que a mí jamás se me ocurriría preguntar cuánto cuesta tener un hijo biológico. En fin, acabar con pensamientos ancestrales y mercantilistas es cuestión de tiempo. De momento estamos en el buen camino.Obviamente, no hay que negar que la adopción, aun siendo ya una opción considerable, es y será por siempre minoritaria. Al mismo tiempo, la comprensión del acto voluntario de adoptar tan sólo será entendido por aquéllos que den el paso y, del mismo modo que muchas madres adoptivas jamás conocerán el desgarrado dolor amoroso del parto, no es menos cierto que la gran mayoría no entenderá jamás lo que se siente en el minuto exacto en el que una criatura indefensa se hace hija o hijo en los brazos de unos padres. Porque lo que en ese momento se produce va más allá de un hecho formal. Es un parto consciente y mágico en el que confluyen ansias de amor desconocidas y deseosas de unirse para siempre en una aventura apasionante.Queda pues camino por andar. A la normalidad institucional ha de acompañar un proceso por el cual, en el imaginario social, la adopción deje de ser una alternativa a no sé qué incapacidad e, incluso, un acto de compasión. Porque no hay pena, no hay altruismo, no existe sustitución. Es una opción resumida en las ganas de ser padres y de hacer familia con un ser que los necesita. No hay ni debe haber más explicación. La adopción es también maternidad en estado puro. Doy fe de ello.

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