lunes 19 de febrero de 2007
El negocio de los derechos
POR EDURNE URIARTE
Hecha la ley, hecha la trampa. Y hecho el derecho, hecho el abuso. O el negocio, que es de lo que se trata casi siempre. Como el caso de la miss metida a revolucionaria de cutre concursos que se ha propuesto demandar a los organizadores de Miss Cantabria. La han echado por ser madre. Y ella cree que este certamen de la prehistoria debe adaptarse a las reglas del siglo XXI. El esperpento está servido. Un concurso de la pre-era de la igualdad es demandado por discriminar a las mujeres. Algo así como el director de una película de cine porno demandado por el actor que se ha sentido retratado como un hombre objeto. Si el desatino prospera, y cualquier cosa es posible, imagino a nuestra heroína animando a seguir su ejemplo al 99 por cien de españolas discriminadas por gordas, por viejas o por feas.
Un abogado estadounidense llamado Philip K. Howard escribió un fascinante libro dedicado precisamente a este problema, el abuso de los derechos (The Lost Art of Drawing the Line). En esto, como en todo, los americanos han sido pioneros y nos han ofrecido algunos de los más asombrosos ejemplos de la jeta infinita aplicada a la reclamación de derechos. El caso más fascinante del libro es del ladrón de un banco que demandó a la cajera a la que había atracado a punta de pistola por difamación. Ella testificó que le había amenazado con disparar, y no era cierto, pues sólo pretendía llevarse el dinero.
Los españoles también nos hemos modernizado y estamos en disposición de ofrecer ejemplos dignos de figurar en la siguiente edición ampliada de Howard. Por ejemplo, el de la joven vasca que demandó al Departamento de Educación porque en el modelo A (en español) en el que ella había realizado los estudios secundarios no logró un buen nivel de euskera. La juez desestimó la demanda, supongo que ante la imposibilidad de hacer justicia de verdad condenando a la demandante a permanecer un año arrodillada ante la pared con orejas de burro.
Hay un evidente trasfondo político en este último caso. En los demás, como en el de miss Cantabria, publicidad, negocio, y, sobre todo, descarado maltrato de los derechos.
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