viernes, febrero 16, 2007

Eduardo San Martin, Déjá vu

sabado 17 de febrero de 20007
Déjà vu

EDUARDO SAN MARTÍN -Empecé a amar el arte cuando supe que su importe en A podía pagarlo en B.
Por Eduardo San Martín
DESDE el jueves, veintinueve reos se sientan frente a sus jueces. Al fin. Un tortuoso camino, plagado de socavones y barrido por el fuego graneado de los francotiradores de siempre, concluye finalmente donde deben acabar barbaridades como la matanza de los trenes de marzo, con los presuntos responsables sentados en el banquillo. El Estado de Derecho toma aliento y respira hondo. Con la sentencia, las víctimas habrán obtenido una reparación, simbólica pero imprescindible, y nosotros, los demás ciudadanos de buena pasta, habremos afianzado nuestra fe en las instituciones, ésa que les ha sido negada durante todo este tiempo por quienes no albergan otras preocupaciones que la bolsa propia y las vidas ajenas.
No todo habrá terminado, sin embargo. Se cierra una página, pero quedan muchas más por delante. Para unos pocos, porque la sentencia no clausurará ninguna sospecha previa, ningún relato fantástico edificado sobre los deseos y el resentimiento, y no sobre los hechos. Buscarán en los pliegues del fallo judicial recovecos en los que sustentar sus esperpentos. De hecho, ya han preparado el terreno con fuego preventivo a fin de deslegitimar la sentencia futura si ésta no se ajustara a sus designios. Para los demás, porque este juicio, por desgracia, no es el epílogo de una amenaza, sino, muy probablemente, el preámbulo de horrores venideros. Sobre todo si seguimos discutiendo sobre el sexo de vete tú a saber qué explosivos y no ponemos inmediatamente manos a la obra para conjurar el desafío de un yihadismo terrorista que incuba sus serpientes en nuestros barrios y ciudades y que acecha, desde el exterior, a escasos kilómetros de nuestras fronteras.
Noticias alarmantes ocupan un espacio raquítico (nostra culpa) en los periódicos nacionales, volcados con frecuencia en mil peripecias circulares menos amenazantes. Al Qaida ya tiene franquicia en el norte de África: son los antiguos salafistas argelinos, que han extendido sus redes por toda la región. Sólo en los últimos días, ha habido combates en Túnez, detenciones en Marruecos de células prontas para atentar. En Argelia, un múltiple atentado contra comisarías de Policía disparaba las alarmas. Parecía como si una página del presente argelino se hubiera plegado hacia atrás para encontrar en el pasado una situación simétrica, formando de esa manera un bucle turbador. Un déjà vu inquietante.
Cuenta el periodista francés Yves Courri_re en su monumental «La Guerre d´Algerie», que devoré en mis años de formación gracias de la generosidad del colega Enrique Vázquez, cómo se inició en 1954 la aventura de unos jóvenes nacionalistas, veteranos de la guerra de Indochina en las filas francesas, a quienes la figura emergente de Nasser había devuelto el orgullo de ser árabes. Fue un día de Todos los Santos. Y, ¿saben cómo? Con la colocación de bombas en comisarías de Policía de la Kabilia bereber. Exactamente como el martes pasado. Esta vez habrán sido otros jóvenes, no menos temerarios que los de hace medio siglo, captados para el yihadismo por veteranos de otra guerra, la de Afganistán, que han encontrado en la figura de Bin Laden el símbolo de un nuevo orgullo musulmán en guerra total contra el imperio de mal y sus cómplices. La guerra de Argelia concluyó ocho años más tarde con la independencia del país, a pesar de que las guerrillas del FNL habían sido derrotadas militarmente muy pronto. Pudo más el terror, hostigamientos de desgaste en las fronteras y la derrota psicológica del bando francés.
Recemos para que los paralelismos acaben en los sucesos de esta semana. Pero la desesperante desidia con la que las sociedades europeas se enfrentan a una amenaza permanente (en el Reino Unido se han producido al menos otros dos intentos de matanzas múltiples después de los atentados de Londres de julio de 2005) recuerda algo a la serena placidez con la que los colonos franceses de varias generaciones afrontaban el futuro en un país que consideraban suyo. Déjà vu.

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