lunes 19 de febrero de 2007
Se llama ridículo
IGNACIO CAMACHO
EL álgebra estatutario depara ecuaciones inversas: a mayor autonomía, menor respaldo. El estatuto que nos convierte a los andaluces en una nacioncita de pitiminí, un miniestado de la señorita Pepis, ha suscitado un entusiasmo perfectamente descriptible entre el pueblo en cuyo nombre se ha redactado. Tan descriptible como escaso. Exiguo, sucinto, corto, rácano. Casi ridículo. Más cercano al desplante que a la simple indiferencia. No era «muy nuestro», sino muy suyo. De ellos. De los de siempre. De los que llevan 25 años subidos en el mismo coche oficial, con las ventanillas oscuras para no ver la calle.
En el 81, cuando el autogobierno era un sueño compartido y nadie quería quedarse atrás en la nueva España que nacía al compás del anhelo democrático, el estatuto de Carmona convocó al 53 por ciento de los andaluces. Un año y medio antes, con la sociedad dividida por el incomprensible frenazo que la derecha intentó darle a la autonomía andaluza para instalarla en los furgones traseros del Estado, el pueblo saltó a piola el listón del 50 por cien ...¡de síes en cada provincia!, pese a que el partido en el Gobierno promovía la abstención. Un cuarto de siglo después, el acuerdo del 90 por ciento de la clase dirigente apenas ha logrado convocar a más de un tercio de los ciudadanos en el refrendo a un texto que se proclamaba fundamental para el futuro colectivo. Ahí hay un mensaje, y no parece demasiado difícil de entender. Se llama fracaso.
En democracia, un proyecto fracasa cuando no logra interesar al pueblo. Cuando éste se desentiende de las propuestas de sus dirigentes. Cuando la política se convierte en alquimia ideológica lejana al pálpito de la calle. Cuando los representantes públicos se muestran incapaces de hacerse entender por los ciudadanos. Cuando confunden sus intereses de casta con los de una sociedad preocupada por otras motivaciones. Cuando elaboran programas artificiales divorciados de la prioridad de la gente.
Pero claro, entender esto, asumirlo, implica rectificar, cambiar la agenda, aceptar la autocrítica, admitir que se gobierna al margen de la opinión pública. Así que es mejor buscar excusas. Que el adversario ha quitado el hombro, que la gente vive muy bien y está muy tranquila, que el electorado sólo se motiva en la confrontación o, todo lo más, que ha habido algún error en la comunicación del mensaje.
No pasa nada, pues. Que no vaya a dimitir nadie, por favor. Lo que ha ocurrido en realidad es que esta excelsa clase política, esta dirigencia iluminada que vela por nuestro futuro con celo clarividente, va tan por delante y alcanza tan lejos que su designio privilegiado escapa al entendimiento de las gentes comunes. Chaves puede seguir instalado en su cómodo virreinato, cesáreo, pastueño, inmóvil. Trámite cumplido. ¿Fracaso? Será de otros; el sí ha logrado su objetivo. Ya tiene mucho más poder del que necesita.
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