viernes, diciembre 08, 2006

Villacañas, Cuarta conversacion en torno al Rey

viernes 8 de diciembre de 2006
Cuarta conversación en torno al Rey
Antonio Castro Villacañas
E N la última semana, mi tertulia de cada mediodía se ha enriquecido con la incorporación a ella de un marino de guerra que une a su peculiar sabiduría un estimable conocimiento de nuestra literatura y nuestra historia, amén de grandes dosis de simpatía y saber estar, y un coronel de ingenieros de armamento, no tan experto en cultura general como su compañero en el servicio de las armas pero muy por encima de él en cuanto se refiere a temas gastronómicos, turísticos y aquellos otros que enriquecen el patrimonio espiritual del "bon vivant". Los dos militares están desde hace años en situación de retiro; no ocultan su condición, pero sólo la muestran cuando lo creen conveniente o necesario. - Si el Rey lo hubiese querido -nos ilustró el nauta cuando, una vez más, surgió entre nosotros el tema de "la transición"-, en aquellos momentos toda la cúpula militar hubiera formado una piña a su alrededor, dispuesta a seguirle donde y para lo que él quisiera. - Toda, no -le corrigió el artillero-, porque el hecho de legalizar ciertos partidos, abrir de par las puertas de las cárceles, y permitir la entrada, salida y permanencia en España de políticos entonces tenidos por extremadamente peligrosos al ser nada monárquicos y sí autores o impulsores de muchas matanzas, le hizo perder el fervor, la comprensión y hasta la lealtad de un cierto número de militares y civiles. Te recuerdo la dimisión del entonces Ministro de Marina, Pita da Veiga creo que se llamaba. - Eso es verdad, pero el Rey, que no tiene un pelo de tonto aunque le escaseen los que adornan su cabeza, se apostó el trono a que podrían más la lealtad, el fervor y la comprensión de la mayor parte de cuantos significaban algo en el plano político y de los que tenían poderes decisorios en los estamentos altamente influyentes en el plano nacional... -advirtió nuestro marino. - Sí, señor -intervino el albéitar-. El rey se jugó en aquel momento su supervivencia política, y hasta es posible que su propia supervivencia humana. - Lo malo es -dijo el profe- que, según parece vistas las cosas como se ven hoy, no han sabido ni querido tener en cuenta esa apuesta ni los que se beneficiaron de esas medidas y gracias a ellas pudieron entonces y pueden ahora cacarear con entera libertad, y hasta gobernarnos con plenos derechos que atribuyen a sus exclusivos méritos, ni los que las criticaron por parecerles innecesarias o peligrosas. - ¿Peligrosas para él? -interrogué yo. - ¡Peligrosas para España! -me contestó el médico. - Lo cierto es -nos recordó el cartero- que sin el Rey, sin su decisión política, los izquierdistas y los rojos no habrían disfrutado ni alcanzado en paz los derechos y las libertades que ellos no supieron con un par de pelotas defender o imponer en su momento. - Eso no se lo han perdonado al Rey algunos amigos suyos -apuntó el notario-, y muchos considerados como notables monárquicos, porque unos y otros esperaban un reinado cortesano, en el que se tuviera muy en cuenta el color de la sangre. - Nunca llueve a gusto de todos, dice un refrán –nos advirtió el coronel. - También hay otro que enseña -replicó el médico –que si crías cuervos acabarán sacándote los ojos. Callamos mientras el camarero, que es ecuatoriano y no escucha lo que decimos, aunque quizás de algo se entere merced a la mala costumbre española de hablar fuerte y alto, servía otra ronda previa retirada de los restos de la anterior. - Los dos refranes anteriores, tanto el del coronel como el del médico -introduje yo-, no sé si podemos aplicarlos a lo que estamos discutiendo. - ¿Cómo que no? -se indignó el boticario-. Unos alaban y exaltan las virtudes y los méritos políticos del Rey y otros siempre andan dispuestos a enumerar una larga serie de errores y faltas graves cometidas por él... - Eso no es cierto -replicó el marino. - Sí, según el criterio de quienes lo critican. - ¿Pero hay algo que pueda reprochársele? - Aquí -de nuevo intervine yo- tienen su sitio los refranes del médico y del coronel. El de éste, porque unos le censuran, por ejemplo, que mata osos y realiza safaris, mientras otros le acusan de no cumplir los juramentos hechos en las Cortes el día que aceptó ser sucesor de Franco a título de rey cuando Franco muriese, y el día en que, ya muerto Franco, aceptó que las Cortes le proclamaran Rey de España para continuar y perfeccionar el régimen franquista. Y el del médico, porque son bastantes los que piensan, vistas como van las cosas, que cuanto desde entonces han hecho el rey y sus colaboradores para congraciarse con la izquierda sólo ha servido para fortalecer a los cuervos de ayer y para que estos hayan criado y engordado a numerosos descendientes, todos ellos dedicados ahora, tanto los antiguos como los modernos, a fortalecer y ejercitar sus picos para cuando llegue la hora en que les venga bien utilizarlos... La tertulia no siguió por estos derroteros, a causa de que media docena de mozalbetes -chicos y chicas- se introdujeron en ella para sablear a sus abuelos con el pretexto de que debían comprar motivos navideños a fin de que el Colegio Público que les acoge cada jornada lectiva tuviera antes de las vacaciones una adecuada decoración pascual. A la colecta contribuimos de buen grado los que no teníamos más vínculos con los peticionarios que los derivados del afecto y amistad con sus yayos. Todo ello fue suficiente, sin embargo, para que nos diera la hora de volver a casa. Lo siento por mis lectores, pero tendrán que esperar otra semana si quieren enterarse de lo que sobre el tema debatido en la interrumpida tertulia se dijo en la siguiente. Yo creo que merece la pena, pero ellos son los que en definitiva dictan sentencia.

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