viernes 8 de diciembre de 2006
Un violador a la puerta del colegio
Detenido un joven de 31 años al que se le imputan 14 agresiones sexuales a menores de entre 6 y 12 años, a los que abordaba a la salida de la escuela ?
En 2000 fue arrestado tras intentar abusar de una niña en la casa de ésta y sólo fue acusado de allanamientoLuis Boullosa
Madrid- Su trabajo como repartidor le permitía cometer sus atrocidades en distintos puntos de Madrid, dificultando así la actuación de la Policía. A Raúl P. L., madrileño de 31 años de edad, se le imputan ocho violaciones consumadas y seis agresiones sexuales, además de varios allanamientos de morada y amenazas con arma blanca. Sus víctimas: niñas de entre seis y doce años. Según fuentes policiales, tras su detención ha confesado todos los actos que se le imputaban, aunque las investigaciones podrían sacar a la luz un número de delitos «mucho mayor». En todas sus fechorías, menos en una, se mostró extremadamente cuidadoso, eliminando su «rastro» de manera muy efectiva. Ni huellas, ni restos de ADN, nada. Una prueba de la premeditación de sus crímenes, su cálculo minucioso y su absoluta falta de consideración hacia sus víctimas. El método era seguir a las niñas cuando salían del colegio y abordarlas en los portales o ascensores de sus propias casas. Primero intentaba ganar su confianza con promesas de regalos. Si el consabido ritual del engaño fallaba, no tardaba en aparecer la cara más cruda del criminal, la amenaza pura y dura: «Lo haré por las buenas o por las malas», «quieta o te rajo». El perfil del monstruo La corta edad de las víctimas, como es lógico, facilitaba que el engaño funcionase y aseguraba que, en caso contrario, la posible defensa no fuera efectiva. Algunas veces, las niñas tuvieron más suerte y la llegada de vecinos o los gritos de auxilio disuadieron al hombre. El padre de una de las agredidas llegó a cruzarse con Raúl en el portal de su casa. Como sucede a menudo, al ponerle cara e identidad al violador, el ciudadano normal se sorprende de encontrarse con alguien no tan distinto a él mismo. Un ser perfectamente común y anodino. Raúl P. tiene 31 años, vive con sus padres en el centro de Madrid, tiene una pareja estable y un trabajo fijo. Sin embargo, aunque sea difícil de creer, cumple todas las pautas que los expertos dibujan el retrato robot de un potencial violador en serie de menores. A saber: personas que presentan una doble vida, con una fachada de absoluta normalidad familiar e incluso sentimental, varones de entre 30 y 45 años con nivel educativo medio. No deja de resultar espeluznante que el crimen más repulsivo elija habitar en cascarones tan poco llamativos. El de ese hombre delgado, de pelo corto, con una mancha debajo de un ojo -que podría ser de nacimiento-, con gafas de sol y vestido con mono azul de trabajo. Ése que describían las niñas brutalmente violadas. La investigación se inició en 2002. En aquel año, el Grupo III del SAM ya sabía de las actuaciones de Raúl y los agentes del Servicio de Atención a la Mujer establecieron dispositivos de control y vigilancia en zonas escolares y de recreo infantil. Así, fueron comprobando la diversidad de los lugares de actuación, la imposibilidad de acotar un territorio concreto. La falta de huellas, de restos fisiológicos. La nada. La labor dio sin embargo su fruto finalmente. Después de cuatro largos años de investigación continuada, los agentes centraron sus sospechas en Raúl. Lo localizaron por un caso de allanamiento de morada en el que se sospechaba que hubo un intento de violación, aunque nunca se pudo comprobar. En febrero de 2000, una niña de once años denunció que a la vuelta del colegio, un desconocido subió con ella en el ascensor. Él se bajó antes; pero, pocos instantes después de que ella hubiera entrado en su casa, llamaron a la puerta. La niña abrió sin mirar y el desconocido entró y trató de echar el cerrojo. Para evitar que los gritos de la pequeña alertaran a los vecinos, le tapó la boca y la llevó al dormitorio de los padres. La tumbó en la cama, mientras le exigía que se callara. En esos momentos, el padre de la víctima subía en el ascensor, oyó los gritos de su hija e, incluso antes de entrar, llamó a la Policía. El individuo fue detenido. Declaró que había entrado en la casa para llamar por teléfono a un amigo y la niña se había asustado.
viernes, diciembre 08, 2006
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