sabado 16 de diciembre de 2006
El loro, la lechuza y los observatorios
Miguel Ángel Loma
C UENTAN de un tipo, bastante caradura, que antes de realizar un viaje por tierras tropicales, recibió el encargo de un amigo para que le trajese un loro. Pero el tipo sólo se acordó del encargo momentos antes de su vuelta, al pasar junto a una tienda de animales. Como en la tienda no había loros, compró el ave más exótica que encontró: una lechuza de vistoso plumaje y grandes ojos, pero con nula capacidad parlante. A su regreso, sin cortarse un pelo, le entregó la lechuza a su inocentón amigo diciéndole que era un loro sumamente especial, pero que debido al estrés del vuelo, al cambio de hábitat, etc., etc., tardaría en emitir sus primeras palabras. Cuando al cabo del tiempo los amigos volvieron a encontrarse, el tipo de la cara de cemento preguntó al otro si ya hablaba el loro, y el ingenuo le contestó: «¡Hombre, hablar, hablar..., no habla; pero se va fijando, y pone muchísima atención!». Si ayer la moda era constituir Plataformas, lo que hoy se lleva son los Observatorios. Cuando cualquier Administración, con responsabilidades de gobierno, se enfrenta a un problema que no sabe cómo atajar, crea un Observatorio. Los hay contra esto, contra lo otro, y contra lo de más allá. Prácticamente no hay tema que no disponga ya de su respectivo Observatorio. Hombre, solucionar, solucionar..., no es que solucionen gran cosa; pero engordan el bolsillo de unos pocos que observan los problemas con muchísima atención.
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