domingo, diciembre 17, 2006

Manuel de Prada, Amazonas

lunes 18 de diciembre de 2006
Amazonas

En las películas de Tarzán protagonizadas por Johnny Weissmuller (y también en las novelas de Edgar Rice Burroughs que las inspiraban) había una ciudad perdida, arriscada como un zigurat y protegida por una muralla de espesa vegetación, que se llamaba Opar. En esta ciudad milenaria y secreta a la que sólo se podía acceder a través de las paredes de un angosto desfiladero, se cobijaban tesoros de antigüedad refulgente, toneladas de oro y pedrería que tenían el brillo fenicio de la avaricia. Las guardianas de la ciudad de Opar eran mujeres turgentes y aguerridas, ataviadas con una piel de leopardo que apenas les tapaba las turgencias; se llamaban a sí mismas amazonas y habían renunciado a la convivencia con el macho. Las amazonas caminaban con un contoneo propio de leonas en celo; iban armadas con un arco y un puñal a la cintura y cargaban con una aljaba que las abastecía de flechas cada vez que algún aventurero osaba invadir el territorio de Opar. Las amazonas tenían unos rasgos lúbricos y desdeñosos a partes iguales, un pelo fosco que borraba sus facciones en la pelea, unos labios de belicosa voluptuosidad y unos ojos que compendiaban todos los incendios del planeta. ¿Confesaré que las amazonas de las películas de Tarzán protagonizaron las más calenturientas y fervorosas fantasías eróticas de mi niñez tardía y mi adolescencia prematura? Quizá ya lo haya adivinado el lector. Lo que más me fascinaba (o espantaba) de aquella sociedad de mujeres herméticas era su desprecio olímpico del macho. Algunos años más tarde, leyendo a Pausanias, aprendí que las amazonas se abstenían de mantener tratos carnales con el hombre, salvo una vez por año y con el propósito exclusivo de procrear hijas que les permitieran perpetuar su estirpe. A los hijos varones los sacrificaban recién nacidos, o bien los castraban y les quebraban las articulaciones, para dedicarlos a las tareas domésticas. En mi imaginación morbosa, hubiese estado dispuesto a aceptar este destino misérrimo con tal de poder fisgonear la vida íntima de las amazonas. ¿Qué ceremonias sublimes acontecerían en los subterráneos de la ciudad de Opar, alumbrados por antorchas que serían a la vez pebeteros donde se quemaban el almizcle y el incienso? ¿Qué crueles sacrificios se oficiarían en sus altares, consagrados a divinidades antediluvianas y feroces? ¿Qué cánticos paganos y quizá obscenos bautizarían los labios de las amazonas cuando se entregaran al frenesí de la danza? Hubiera querido asistir a estos espectáculos prohibidos, agazapado detrás de una columna. En mi niñez tardía, o en mi adolescencia prematura, soñaba con enamorar a una amazona y con abrazarme a su corpachón de gacela o antílope. ¿Acaso Heracles y Aquiles no habían logrado rendir a las más fieras de aquellas mujeres? Al pérfido Heracles, el rey Euristeo le ordenó robar el ceñidor de Hipólita, reina de las amazonas; Heracles no se conformó con coronar su hazaña, sino que además asesinó alevosamente a Hipólita, después de enamorarla con embustes y tretas arteras. Aquiles, al menos, actuó en buena lid cuando ensartó con su lanza el pecho trémulo de Pentesilea, otra reina de las amazonas que había acudido en socorro de los troyanos cuando el cerco de los aqueos se hacía especialmente severo. Homero, en un pasaje conmovedor y tristísimo de La Iliada, nos cuenta que Pentesilea miró a su matador, el colérico Aquiles, con ojos embriagados de dulce amor, antes de sucumbir a la llamada del Hades. Quizá, después de todo, las amazonas no fueran tan fieras como las pintan. Sospecho que aquellas sociedades de mujeres agrestes que soñaron los antiguos eran sólo una prefiguración amable de nuestra sociedad actual de mujeres urbanas, laboriosas y desdeñosas del macho. Sospecho que, en comparación, las amazonas eran un hueso más blando de roer. ¿Alguien podría indicarme el camino que lleva a Opar?

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