sabado 16 de diciembre de 2006
LUIS POUSA
CELTAS SIN FILTRO
Un viejo lobo de mar
Viéronle ellos a lo lejos, antes de que se acercase, y trataron de matarlo; y decíanse unos a otros:
- Aquí viene el soñador; ea, pues, matémosle y echémoslo en un pozo abandonado, y digamos que lo devoró una alimaña. Se verá entonces de qué le sirvieron sus sueños.
La cita corresponde al Génesis (37, XVIII-XX), pero en este caso no está tomada directamente del primer libro de la Biblia y del Pentateuco, donde se narra la creación del mundo y del hombre y los orígenes de los patriarcas del pueblo de Israel hasta la muerte de José. Proviene de El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes de Álvaro Cunqueiro. El cual, según tuvo a bien contarnos el autor, dio comienzo un día de agosto, a las tres de la tarde: empezó a llover, "y las gotas de agua, no bien llegaban al suelo, rebotaban como pelotas y volvían al aire, a la altura de los tejados, donde formaban transparentes nubes carmesíes. Los cónsules llamaron a los astrólogos. Comenzaba, verdaderamente, el año del cometa".
Dicen los científicos, singularmente los astrónomos y los astrofísicos, que el ser humano se siente fuertemente atraído por el universo, con el que parece sentir una relación especial, y por los objetos que lo pueblan: galaxias, estrellas, cometas, planetas, satélites y todo cuanto por el espacio se mueva. Lo que late en el fondo de esa atracción humana es el origen de la vida; la creencia, escribió el físico estadounidense S. Weinberg (Los tres primeros minutos del universo, 1977), de que de algún modo ya formábamos parte del universo desde el comienzo.
El problema del origen de la vida no es exclusivamente biológico, y quienes pretenden aproximarse a él saben la importancia que tiene todo cuanto se conozca de la formación de las galaxias, los planetas y los cometas. Ese argumento sirve para la Tierra, e investigar a partir de ahí en qué momento surge la vida en ella y comienza a multiplicarse.
Pero yo no pretendía escribir hoy sobre estas cuestiones ni citar a escritores y científicos de reconocido prestigio.
Este comentario está provocado por antiguas imágenes, evocadoras de los tiempos del Jarelo. Un viejo lobo de mar ceense que, cuando no salía a faenar, pasaba una parte importante de su tiempo en el pequeño muelle de pescadores, escrutando el horizonte, y sólo rompía el silencio, con el que observaba la última línea visible del océano, para anunciar alguna novedad o soltar alguna reflexión breve acerca de a lo que le daba muchas vueltas en su cabeza.
Merced a la observación, el Jarelo percibía detalles en el agua y en el cielo que escapaban a los demás; dominaba el significado de los vientos con la maestría de un discípulo de Eolo; y tenía muy en cuenta los colores y los olores. A falta de un centro meteorológico zonal con sus consabidos profesionales, él hacía las veces de ambos, y opinaba lo que podía venir. Nunca daba sentencias, aunque cuando intuía que el mar iba a ponerse furioso, advertía a los suyos y a los amigos de los peligros que entrañaba salir. Los que en tales circunstancias hicieron caso omiso de los peligros que él presentía, nunca jamás regresaron por ellos mismos.
Una vez, un veraneante le preguntó por qué se pasaba tanto tiempo allí, en el muelle, contemplativo. El Jarelo le respondió: "Eu, sen a miña paisaxe, non podo vivir".
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