Contra la educación para la ciudadanía, derecho a la desobediencia
José Javier Esparza
El Gobierno quiere imponernos a todos una visión del mundo determinada. Lo que está en juego es nada menos que la libertad de conciencia. Reivindicamos el derecho a la desobediencia civil.
8 de diciembre de 2006. Cuando alguien se acerca a ti para liberarte, conviene poner pies en polvorosa. Los crímenes más masivos de la Historia, que son los cometidos desde la Revolución Francesa hasta acá, se han presentado siempre bajo el signo de la libertad –la libertad del pueblo, de una clase, de una raza o, incluso, "la libertad de los mares", y también la libertad del mercado. Las grandes construcciones ideológicas modernas adolecen de un defecto unánime: cuando pronuncian la palabra "libertad" no piensan en la libertad real y concreta de una persona singular o de una comunidad específica, sino que evocan una Libertad con mayúscula cuyo sujeto siempre es un Hombre igualmente con mayúscula. Y como tal Libertad y tal Hombre carecen de existencia real, sino que sólo existen en la mente del "libertador", el resultado inevitable es que la voluntad emancipadora nunca es otra cosa que una manifestación torticera de la más burda voluntad de poder. Al final siempre hay alguien que pretende liberarte por las buenas o por las malas, y nunca faltará quien intente encerrarte para asegurar tu "Libertad".Ahora estamos viviendo un nuevo episodio de esta libertad liberticida con toda esa cantinela acerca de la "educación para la ciudadanía", la "política de derechos" y el "manifiesto por la laicidad". Como si no hubiera pasado nada desde los tiempos de Madame Guillotina, los socialistas españoles andan empeñados en una ofensiva que denominan "laicista" y que consiste básicamente en dos cosas: a) Extirpar cualquier referencia religiosa del ámbito de la vida pública, y específicamente cualquier vestigio de inspiración católica; b) Vertebrar toda la cultura social a partir de una única visión de las cosas, de una ideología única con principios definidos verticalmente desde el poder (socialista). El instrumento privilegiado de esta Kulturkampf untada en ajo (y en logia) será la nueva asignatura obligatoria Educación para la Ciudadanía, que propone una lectura restrictiva de la ciudadanía en cuestión y una interpretación monolítica de valores comunes como la solidaridad, la libertad, etc. La puesta de largo de esta ofensiva cultural socialista fue la proclamación pública, esta semana, del Manifiesto por la laicidad. Casualidades de la vida: mañana, en París, el Gran Oriente de Francia, el sindicato neojacobino Force Ouvrière y la Asociación del Libre Pensamiento presentan un Libro Negro contra la financiación pública de cualesquiera instituciones religiosas. Conmueve hallar en estos tiempos tales ejemplos de fraternidad por encima de las fronteras.Paradójicamente –pero no, no es paradójico-, esta generosa donación de libertades que el Gobierno nos otorga consiste en negar nuestras libertades reales y, muy principalmente, la libertad de conciencia. Eso lo explicó muy bien Habermas. En un Estado laico, el poder es por definición neutral en materia de visiones del mundo; la laicidad del Estado –vale decir su aconfesionalidad- garantiza precisamente que cada cual pueda guardar la autonomía sobre su conciencia. Quien ha de ser laico es el Estado, no necesariamente la sociedad. Pero si el Estado hace de esa laicidad un proyecto ideológico de poder, si pretende imponer en toda la sociedad una visión del mundo laica –laicista-, entonces limitará las libertades éticas de los ciudadanos, porque les obligará a pensar de una determinada manera en materia de principios filosóficos y morales. Un Estado laico garantiza la libertad de conciencia, un Estado laicista la coarta. Es una lástima que los socialistas hayan dejado de leer a Habermas. Quizá nunca lo hicieron.El problema que hoy se nos plantea a nosotros, los réprobos, los que no comulgamos con el neojacobinismo zapateriano, es qué rayos hacemos con la asignatura de la "educación para la ciudadanía". ¿Tragamos o nos resistimos? Jünger cuenta una historia interesante que quizá sirva de orientación. Berlín, 1934. Un joven socialista ha sido acorralado en su domicilio por la policía de Hitler. Cerrada la huida, el joven defiende a tiros la inviolabilidad de su casa. La policía actuaba en nombre de un régimen que pretendía implantar un concepto germánico del derecho y las libertades. Sin embargo –precisa Jünger-, quien con los hechos estaba defendiendo un concepto germánico de las libertades era ese socialista, dispuesto a morir antes de que nadie –ni el Estado ni la ley- hollara su hogar sin su consentimiento, como los viejos germanos. Moraleja: una cosa es predicar derechos y otra, muy distinta, es dispensarlos. O más precisamente: hay un cierto tipo de libertades que no dispensa nadie, que residen dentro de uno, que siempre es preciso defender y, con frecuencia, hay que hacerlo contra los abanderados de la Libertad.Ha llegado el momento de poner en práctica el viejo derecho a la desobediencia. En eso consiste hoy, entre otras cosas, la libertad.
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