viernes 8 de diciembre de 2006
El Valencia devora a Quique
Javier del Valle
A veces pienso que entrenar al Valencia es más difícil que entrenar al Real Madrid o el Barcelona. Se trata un club que está en segundo plano a nivel nacional, quizá porque le falta afición fuera de la Comunidad Valenciana, pero que genera una expectación desmesurada dentro de la capital del Turia y se ve inmerso en un clima muy tenso por las exigencias de una hinchada que se ha acostumbrado a ganar títulos de Liga en la etapa de Rafael Benítez. A esto hay que añadir las constantes luchas de poder y disensiones en su Consejo de Administración (el paso de club social a sociedad anónima no ha eliminado las luchas de poder en las entidades futbolísticas). Es un club que ha devorado a entrenadores de gran prestigio: Luis Aragonés, Jorge Valdano o a un triunfador como Rafa Benítez, que en su mayor momento de gloria tuvo que exiliarse a tierras inglesas. Quique Sánchez Flores se encuentra en un pulso constante entre su ambición y el ambiente de crispación continuo, incluso en los mejores momentos deportivos del club del murciélago. Del comentarista afable capaz de mostrarnos su sabiduría futbolística en dos medios tan dispares como Marca y la cadena SER ha pasado a ser un técnico demasiado agrio para su juventud (41 años) en una entidad que le desborda y marcado por un mal fario que crece con gran rapidez por las continuas lesiones. Si gana el pulso quedará reforzado y aupado definitivamente a la elite de los técnicos a nivel internacional. Se trata de una misión complicada teniendo en cuenta que tiene al enemigo en casa, el director deportivo valencianista Amedeo Carboni, con el que no ha sintonizado a la hora de realizar fichajes o reforzar el equipo para suplir el gran número de lesiones que le impide competir al mismo nivel que Real Madrid o Barcelona. Fue un golpe muy bajo que fuese nombrado director deportivo un ex futbolista tan carismático dentro del Valencia que parece querer vengarse por haber sido suplente durante la temporada pasada, la primera en la que Sánchez Flores se sentó en el banquillo che. Quique Sánchez Flores sigue siendo recordado como uno de los mejores laterales que ha dado el fútbol español en los últimos años, un estudioso del fútbol didáctico y con el duende de una familia artística (es sobrino de la desaparecida artista Lola Flores). Este currículum progresó cuando pasó a ser un entrenador novel que destacó en la primera temporada del Getafe en Primera División. Sin embargo, esta imagen se ha deteriorado desde que su ambición le obligó a dejar el club azulón, en el que tenía una gran proyección para madurar, y se marchó al Valencia. Como soy admirador del madrileño me molesta percibir su lado oscuro, sus comentarios en contra del Real Madrid, club en el que ha jugado él mismo y su padre Isidro y en el que inició su carrera de entrenador, y su posición a la defensiva con los medios de comunicación cuando él mismo ha confesado y demostrado que una de sus vocaciones perdidas es la de periodista. Tampoco me gusta que haya renunciado a promesas de la directiva y renovara su contrato en un club que a veces le maltrata o que haya rechazado jugar el tipo de fútbol vistoso que predicaba cuando era comentarista o técnico del Getafe. Asimismo, da la sensación de eludir su responsabilidad cuando constantemente pone como excusa las lesiones para justificar el pobre rendimiento del equipo (actualmente noveno en la clasificación). Esperemos que Quique recupere esa frescura cuando salga de las turbulencias que está viviendo actualmente.
viernes, diciembre 08, 2006
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