viernes 8 de diciembre de 2006
Las simpatías inconfesables
Ignacio San Miguel
A QUEL cuyo pensamiento, por uno u otro motivo, ha sido conducido a una cosmovisión marxista o filomarxista, se verá fatalmente condenado a mantener una relación, que no será de enemistad, con los estratos más oscuros de la sociedad, allí donde anida la violencia y el crimen. En los años veinte, treinta, y aún más adelante, del siglo pasado, gran parte de los intelectuales, la mayoría, era apasionadamente partidaria de la URSS y no se recataba de presentarse así en los diversos medios de comunicación. ¿Desconocían la vastedad de los crímenes que se cometían en la Unión Soviética y en los demás países comunistas? Es posible que así fuera en los inicios de la revolución en Rusia, pero no más adelante. No tienen excusa. Lo que hicieron fue disimular, mirar a otro lado, y descargar su ira sobre Estados Unidos. En este mismo país la Unión Soviética contaba con muchas simpatías entre los intelectuales. Son de recordar los lloriqueos por la muerte de Stalin de diversos personajes conocidos en España. Y aún en los años setenta había quien justificaba las matanzas de Pol Pot en Camboya, y el método de desnucar con azadas a las víctimas, alegando que había que comprender que los “jmer rojos” eran pobres y que tenían que economizar munición. Lo cierto es que se minimizaban y justificaban los crímenes comunistas y la desvergüenza era grande al hacerlo. La vergüenza vino después, con la caída del Muro y el descubrimiento, sin posibilidad alguna de ocultarlo, del asombroso fracaso económico y social de la Unión Soviética. A partir de entonces, 1989, un manto de silencio cubre más o menos la peripecia criminal de los comunistas. La simpatía permanece invariable, pero como ya no existe ni un remedo de justificación para obviar los crímenes, se opta por silenciarlos o por empequeñecerlos dando prioridad a otros de signo opuesto, a los que se supervalora en los media. Las tendencias no han variado. Además, si el comunismo ha fracasado estrepitosamente como sistema económico, lleva las de ganar, y en gran medida, en el aspecto cultural. Es decir, el objetivo de destrucción del código de valores de la civilización cristiana, se ha ido cumpliendo paulatinamente, siendo sustituido por un humanitarismo de carácter desviado y unidireccional. Lo que quiere decir que las prédicas del pacifismo se dirigen siempre a Occidente cuando éste se defiende. Se trata, pues, de un humanitarismo de carácter maligno que favorece a los enemigos de Occidente, pues nunca denuncia ni condena los crímenes comunistas. Por ejemplo, se mencionan las masivas ejecuciones que se realizan en China en términos meramente estadísticos, nunca condenatorios. Las comparativamente muy escasas ejecuciones que se efectúan en Estados Unidos son valoradas muy severamente. La persona de filiación marxista está condenada a esta escora. Una vez conocida, verbigracia, la educación del presidente Rodríguez, no ha de resultar extraña la orientación de su política. Podrán extrañar las torpezas que comete, pero no el sentido ideológico de sus acciones. Ni su aversión hacia Estados Unidos, el catolicismo y la moral tradicional, así como su simpatía por los gobiernos revolucionarios, el Islam y el homosexualismo; ni su pacifismo antioccidental y su revanchismo guerracivilista, son diferentes de lo que pueda sentir cualquier otra persona que haya aceptado dócilmente como él una educación sectaria. Lo que resulta insólito, aún más que el hecho de que haya llegado al cargo que ocupa, es que pretenda a estas alturas llevar a cabo un programa de gobierno basado en esos presupuestos. Nos resulta insólito, por lo menos, a quienes nos habíamos acostumbrado al pragmatismo de Felipe González. El llamado “proceso de paz” es paradigmático porque en él confluyen los elementos citados. El pacifismo, favorable sin duda a los terroristas y no a las víctimas. El guerracivilismo también. ¿Acaso el marxismo de ETA es diferente del comunista del Frente Popular? ¿Y acaso esta organización no nació con vocación antifranquista, y no ha repudiado la Transición, lo mismo que Rodríguez? De la misma forma que Rodríguez fatalmente ha de sentir simpatía por los gobiernos revolucionarios de Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales, también la ha de sentir por la organización terrorista. No por sus acciones, claro está; pero sí por su ideología y su origen. Pudo acabar con ella, pues el anterior gobierno la dejó casi derrotada. En vez de ello, le insufló nuevas energías. Esto es imposible de comprender sin la existencia de alguna afinidad. El resultado es que no busca derrotar a la organización, sino reconciliarse con ella. Bajo su punto de vista (y no sólo el suyo), el régimen político actual no es sino continuación del anterior modificado, y la organización terrorista, nacida en el antifranquismo, simboliza el último residuo, algún tanto desnaturalizado, del Frente Popular. La labor de Aznar acorralando y casi venciendo a esta organización tiene que ser vista como una nueva victoria del franquismo. Pero la aversión hacia los terroristas del pueblo español y la clase política en general es tal que no pueden admitir como tolerables esas afinidades o simpatías. Por tanto, deben permanecer ocultas y sustituidas por el concepto de “paz” machaconamente repetido. Pero es una idea profundamente errónea, un verdadero contrasentido, pensar en una paz entrelazada con una revancha política surgida del túnel del tiempo. Esta operación antinatural ha de encrespar los ánimos en vez de pacificarlos, como ya está ocurriendo. Y es absurdo juzgar que setenta años hayan pasado en balde y que se pueda encontrar una extensa parcela de opinión pública favorable a ese experimento; así como creer que es factible eliminar a la derecha de la vida pública y legitimar a los terroristas. Sólo una mente obtusa de sectario puede albergar esas ideas utópicas.
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