sábado, diciembre 16, 2006

Ignacio Camacho, La conjura que nunca existió

sabado 16 de diciembre de 2006
La conjura que nunca existió

IGNACIO CAMACHO

ERA sin duda más sugestivo creer en un complot, una conjura asesina disfrazada de ropajes casuales, una mano negra alzada contra el corazón del pueblo, una siniestra intriga de servicios secretos, una maquinación sinuosa tejida entre las sombras con el hilo perverso de la venganza. La existencia de unos culpables envueltos en la bruma tenebrosa del mal proporciona un consuelo más profundo al dolor desparramado de la gente, a la orfandad sobrecogida de aquellas noches de velas y flores, a la convulsa soledad de las plegarias que demandaban al celo razones de la tragedia. Sí, era más atractivo, más confortante, más comprensible que se hubiese tratado de una conspiración. Pero...
Pero Lady Diana de Gales murió en un accidente, y además no estaba embarazada. Nueve años, trescientas entrevistas, seiscientas pruebas y ochocientos folios después, una comisión especial solicitada por los tribunales británicos ha concluido que «las extremadamente graves alegaciones» de que la princesa sufrió un intento de asesinato urdido por los servicios de espionaje, el príncipe Felipe de Edimburgo o el severo establishment cortesano carecen de todo fundamento racional, y que la colisión fatal contra el pilote de un túnel de París se debió a la muy prosaica circunstancia de que el chófer conducía a velocidad excesiva y en estado de flagrante embriaguez. No ha lugar a las elucubraciones; la realidad es una terca, espesa cortina de evidencias que tapa las conjeturas, las suposiciones y los pronósticos a conveniencia de parte.
Y sin embargo, y así lo admite el hierático Lord Stevens, responsable de la investigación oficial, mucha gente seguirá creyendo la tesis conspirativa. Simplemente, es más confortable, más llamativa, más seductora. La hermosa cenicienta repudiada, la angelical princesa rebelde, la bella mariposa del pueblo que había roto la hermética crisálida del protocolo palaciego, no podía merecer el destino vulgar de un infortunio cotidiano, de una desgracia azarosa; tenía que ser la víctima de una venganza sofisticada y perversa, de una maligna, aciaga, tortuosa intervención de las fuerzas ocultas que manipulan el curso de la Historia.
Da igual que no haya pruebas; siempre quedarán indicios, barruntos, sospechas. El pálpito del corazón colectivo tiene razones que la razón no acepta ni entiende. La fuerza de lo esotérico es un viento de convicciones sentimentales que derriba los muros de la lógica, sobre todo cuando se trata de encontrar un asidero para el desamparo. Es difícil aceptar que los dioses mueren, que hay veces en que el mal triunfa y el bien fracasa, que la tragedia depende en ocasiones de un albur, de una casualidad, de un despiste, de un error. Que las cosas no sólo no son siempre como nos gustaría que fuesen, sino tampoco como nos merecemos que hubiesen sido.
La creencia en un remoto designio de sombras nos redime de la pesada necesidad de aceptar evidencias dolorosas. Todas las conspiraciones son odiosas... y todas las comparaciones también.

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