domingo, diciembre 17, 2006

Iñaki Ezkerra, Siempre

lunes 18 de diciembre de 2006
Siempre
IÑAKI EZKERRA i.ezkerra@diario-elcorreo.com

Se valora estos días la integridad y coherencia ideológicas que demostró siempre Loyola de Palacio, su capacidad para ganarse el respeto de todos los grupos políticos sin tener que ocultar ni cambiar sus ideas y sus principios ni chaquetear ni pastelear con nadie. Y a uno le conmueve de veras todo este reconocimiento pero a la vez no deja de sorprenderle que esos valores que ahora se le atribuyen con motivo de su muerte no se promuevan, no se potencien, no se 'valoren' por aquí en la vida diaria. Si es tan encomiable la integridad ideológica, ¿por qué extraña razón lo que se valora, lo que se elogia, lo que se premia, lo que se exige en esta sociedad cotidianamente es que quienes son de ese partido en el que militaba Loyola dejen de militar en él y desistan de esos principios y de esas ideas? ¿Por qué misterioso e insondable motivo se le llama a la coherencia 'inmovilismo' y se identifica con 'integrismo' esa integridad que ahora cantamos y loamos? ¿Por qué no se elogió a Loyola de Palacio mientras vivía por esas mismas virtudes que ahora se le reconocen como tales cuando se ha muerto? ¿Por qué ha habido que esperar a que se muera para elogiarla con unos argumentos que son exactamente los que se esgrimen como defectos execrables y dignos de persecución contra los vivos?Se supone que las virtudes son siempre virtudes y que las personas no cambian con la muerte, que es precisamente lo que las deja intactas, fijas, inmutables en su pasado, lo que ya no puede cambiar nada en ellas ni les permite cambiar nada de lo que fueron. Es una grata noticia que el Gobierno le haya concedido a Loyola de Palacio la Cruz del Mérito Civil a título póstumo. Pero, si se le reconoce con esa condecoración por lo que hacía durante su vida y no porque la muerte le haya obligado a dejar de hacerlo, debemos entender que este oportuno gesto oficial conlleva una rectificación de ese programa gubernamental que ha consistido en hacer del PP el causante de todos los males patrios y planetarios, políticos y metafísicos, así como la implícita convicción por parte de quien lo otorga de que eso que hacía no estaba tan mal hecho, de que había un valor reivindicable, un mérito civil en ello; de que Loyola es digna -y era digna en vida- de ser considerada como un referente moral merecedor de la imitación social.Siempre que una persona se muere hay que decir de ella lo que se hubiera dicho siempre. Se elogia estos días también de Loyola de Palacio que tuvo que hacer sus estudios e iniciar su carrera política a la vez que se hacía cargo de un montón de hermanos tras la muerte de su madre. Hay quien tiene la manía de echar a los demás la culpa de todo lo que ha hecho o no ha hecho. Ella nunca padeció ese defecto que tiene una trágica traducción política. Adiós, Loyola, hasta siempre.

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