lunes 4 de diciembre de 2006
Frankenstein
IÑAKI EZKERRA
Con los elogios hay que tener mucho cuidado. Tan nefasto es incurrir en la mezquindad de regateárselos a quien se los merece como excederse en ellos. Hay personas a las que les hacen daño sencillamente; seres que eran encantadores hasta que el reconocimiento público los echó a perder. Sé de gente a la que un premio literario o un alto cargo le ha fastidiado la vida porque le venía demasiado grande, porque no tenía la solidez de carácter ni la categoría humana imprescindibles para sobrellevarlo con naturalidad. Sé de gente a la que se le ha subido a la cabeza verse convertida en un referente cívico durante estos años en los que se ha dramatizado la situación vasca y eran tan necesarios los referentes cívicos; gente que se cree con derecho a perjudicar su causa y que no se da cuenta de que si tenía ese reconocimiento era por esa causa, por esa situación dramática y lo que representaba dentro de ella, no por su cara bonita ni su nariz ni sus labios operados. Era, en fin, porque se trataba de una o un concejal amenazado, de una o un profesor perseguido, de una o un periodista o artista o juez señalados, no de Claudia Schiffer ni de David Bisbal. Hace tiempo asistí al homenaje de una persona que se había convertido de la noche a la mañana en un referente de esos y de quien no se había sabido nada ni se le había visto en nada dos años atrás. Me deprimió comprobar cómo no tenía más que palabras de rencor para quienes le habían agraviado. Ni una sonrisa ni una broma sobre sí misma ni un gesto de gratitud para las muchas personas que le habían apoyado y convertido en eso, en un referente; para quienes le estábamos homenajeando. Ante un discurso tan agrio y destemplado, tan triste en una ocasión tan especial como su propio homenaje, pensé que quizá me había equivocado en mis elogios, en haber colaborado con aquello, y me entró un vértigo parecido al del doctor Frankenstein: '¿Y si hubiera colaborado a crear un monstruito? ¿Y si algo hubiera fallado en el experimento?'.Ni una broma sobre sí misma El primer síntoma que se advierte en esos procesos patológicos de engreimiento -lo he comprobado- es la pérdida de sentido del humor. El afectado se cree llamado a una misión trascendente que borra todo brillo de sorna en sus ojos y lo sustituye por una intensidad afiebrada. Otro síntoma es una alteración del yo cuando se expresa que puede llegar al desdoblamiento en la tercera persona. En vez de decir 'nunca apoyaré tal cosa' el paciente dice de sí mismo: 'Fulano nunca apoyará tal cosa'. Pasa con las personas y pasa con las comunidades humanas. Los piropos a los pueblos son muy peligrosos. A veces me pregunto si en ese mito español sobre la nobleza y la hidalguía de los vascos no empezó a fraguarse la pérdida de nuestro sentido colectivo del humor.
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