lunes 4 de diciembre de 2006
PORQUE LA VIDA ES MARAVILLOSA
Félix Arbolí
H AY un locutor o comentarista deportivo, aún ignoro si se pueden llamar de ambas maneras al que nos da la tabarra durante los partidos de fútbol y que la mayoría de las veces, salvo muy contadísimas excepciones, agradeceríamos más su silencio que oír sus imbecilidades, que nos machaca de continuo con la frase de “porque la vida es maravillosa”. Ignoro que tiene de maravilloso para el infeliz aficionado ver u oír que va perdiendo su equipo favorito. Dan ganas en ese momento de coger al pertinaz locutor y atragantarlo. Más aún si su comentario tiene como fundamento ese gol que destroza por completo nuestros cálculos y esperanzas de alcanzar ese puesto en la clasificación que se nos acaba de convertir en una cuesta casi imposible de superar. Aunque leyéndome “respirar” de esta forma, no haría falta aclararlo, habrán adivinado que pertenezco al equipo de los llamados “sufridores”, es decir, al Atlético de Madrid. Es una herencia familiar que procede de mis hijos y como si se tratara de una epidemia, se ha extendido a toda la familia. Ya han contagiado con ese virus a mi mujer, que no ve un solo partido, a mis nietos y a todo aquel que forma parte de la familia con un vínculo de significativa importancia. Esto de la afición futbolística es como una especie de gusanillo que penetra en nuestros sentimientos de manera un tanto extraña o circunstancial y va haciéndose cada vez más ostensible y dominante, hasta acabar convertido en un episodio de auténtica importancia en la vida familiar. En realidad nunca he sido futbolero, aunque mi “debilidad” atlética, me haya hecho últimamente ser un poco más aficionado a este deporte y alguna que otra vez he cambiado de canal y me he tragado todo un partido sin que me fuera en ello interés ni afinidad, simple pasatiempo acostumbrado por la frecuencia de tragarme en la “tele” partidos donde en el centro del campo dominaban los colores rojo y blanco. Ya hasta me conozco los nombres de entrenadores, jugadores y estadios de los diferentes equipos españoles, algo que mi mujer no acierta a comprender y justificar, ni yo tampoco. Todo esto lo digo porque tan sólo he asistido a tres partidos de fútbol en toda mi vida. La primera, aún sin colores definidos, fue a mi llegada a Madrid, cuando funcionaban los tranvías (me refiero ya a los eléctricos) y me invitaron a una final de competición internacional en el campo del Real Madrid, uno de los finalistas, que aún no se llamaba Santiago Bernabeu, al que por cierto conocí y entrevisté en la provincia alicantina donde acostumbraba a veranear. Antes de terminar el primer tiempo, aburrido de ver jugar tras el balón a tantos tíos, le dije a mi anfitrión que no lo resistía más y que lo esperaba en el café de la esquina a la finalización de tan excitante acontecimiento. La segunda, fue al Vicente Calderón, acompañando a uno de mis hijos, no se cual de los dos, ya que ambos son igual de forofos, cuando aún era un menor y no podía asistir sólo, (hoy el más pequeño ha llegado a los cuarenta años), y era también otra competición internacional, la Copa Intercontinental que, por cierto y para satisfacción nuestra, se quedó en el Calderón. Esta vez lo vi entero y hasta me permití acompañar al chaval en algún que otro grito. La tercera ya de mayor, con otro de mis hijos. No se cual fue la causa, ya que huyo de acudir a concentraciones, manifestaciones, reuniones masivas y demás acontecimientos donde el número de asistentes supere a los cuarenta. En ésta, cosa rara, también ganó el Atlético. Ahora que lo pienso, a lo mejor resulta que soy el comodín o amuleto que necesita el equipo para salir de una vez de sus equilibrios y sorpresas nada favorables a sus fieles y ejemplares seguidores. Ejemplares, quiero aclarar en razón a su incuestionable amor por el equipo, aunque existan esos grupos de socios incontrolados y camorristas que no suponen un timbre de orgullo ni causa de gloria para el equipo que los padece. En la tele veo los partidos siempre que a la hora del suceso deportivo me halle en casa. Estoy abonado a todos donde interviene “mi equipo” y no son ofrecidos por las cadenas normales o libres de pagos. En realidad, si les digo la verdad, muchas veces preferiría tener algo que hacer o un panorama más interesante para evitar el espectáculo de presenciar como golean o derrotan a mi Atlético, que es lo más usual, aunque nos cueste trabajo y vergüenza reconocerlo. Y aquí, en una de estas cadenas que llaman “La Sexta”, es donde tiene su micro el locutor de marras. Un ser algo pequeño, bastante calvo, corbata de pajarita y una voz algo especial que no se presta a entusiasmar al televidente ni adentrarlo en los entresijos del juego. En todos los partidos las mismas “gracias” “que si la vida es maravillosa” (sobre todo para él que ha encontrado ese chollo cuando nadie sabía que existía), “ que si el taca, taca”, “Fútbol con patatas”, “Capitán Narváez” ( nuestro inolvidable paisano e ídolo), etc, etc. Una y otra vez con la misma cantinela durante todo el partido, cuando el aficionado se encuentra con sus nervios a flor de piel y no está para esos chistes y ocurrencias de tan poca gracia y excesivamente repetitivas. ¿No estaría mejor calladito o comentando con serenidad y responsabilidad el partido que nos ofrece la pantalla?. Es una simple sugerencia, aunque ya he oído en más de una ocasión comentarios similares. Empleando la sinceridad que me caracteriza, o al menos lo pretendo, es un verdadero drama, un signo de auténtico masoquismo, ser seguidor de este equipo que nos proporciona más disgustos y decepciones que alegrías y agrados. Muchas veces me dan ganas de mandar a toda la plantilla a hacer puñetas y olvidarme de esos colores que mis hijos eligieron y me motivaron a hacer lo mismo, para darnos tan escasas satisfacciones, pero es algo que se enquista en nuestros sentimientos, en nuestras querencias y en nuestras vivencias y aunque sepamos que vamos a un calvario de inagotables sufrimientos, continuamos firmes en nuestras creencias y fieles a nuestros colores dispuestos y resignados a que nos amarguen la existencia cada domingo o partido donde intervenga ese dichoso equipo de nuestras muchas cuitas y escasas pero inigualables alegrías. No se cuando acabe la liga donde se hallará el Atlético, sin en puestos de la UEFA, de Europa, en primera o en segunda división. Todo es posible en Granada y más posible aún en el Calderón, pero lo que tengo y muy claro es que se encuentre donde sea, yo si me encontraré entre sus seguidores dispuesto a pasar una temporada más encomendando sus triunfos a San Judas Tadeo, que es el abogado especial de los casos difíciles y desesperados, a ver si de una vez me concede el milagro. “Porque entonces la vida será de verdad maravillosa!”
lunes, diciembre 04, 2006
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