sabado 16 de diciembre de 2006
Enemistades sectarias
POR EDURNE URIARTE
Cuando uno se muere, le salen amigos hasta de debajo de las piedras y se requiere una ardua tarea para distinguir los auténticos homenajes de la más pura hipocresía. Sólo en pocas ocasiones, y la muerte de Loyola de Palacio es una de ellas, la sinceridad y la tristeza parecen impregnar de verdad la inmensa mayoría de las palabras.
Me han atraído especialmente las de sus adversarios políticos, como las de Rosa Díez o las de Iñaki Anasagasti, ayer, en estas mismas páginas, porque reflejan dos cualidades de Loyola de Palacio que no abundan en la clase política ni en la intelectual: su tolerancia para debatir e incluso acordar con quienes defienden otras siglas e ideologías y su anteposición de la persona a la política cuando el desacuerdo político es total. Y sin renunciar a los principios.
La experiencia de las sucesivas guerras y fracturas de la vida política e intelectual española pone en valor este mensaje póstumo de Loyola de Palacio. La última de esas peleas que yo he vivido es la de las disensiones en el seno del movimiento cívico anti-ETA en el que Loyola de Palacio tanto trabajó. Ni es de las peores ni la sangre ha llegado al río pero es una buena muestra de que a la mayoría de nosotros el sectarismo nos nubla la cabeza y el corazón al más pequeño descuido.
Pocas horas después de la muerte de Loyola, reflexionaba con algunas personas sobre los efectos del sectarismo en la presentación del libro que mi buen amigo José María Calleja ha escrito con Ignacio Sánchez Cuenca (La derrota de ETA de la primera a la última víctima). El más obvio, la construcción de trincheras ideológicas que impiden el diálogo y el debate con todos aquellos que discrepen de lo que decimos «los nuestros». Y no sólo en política, también en la vida intelectual, como si se tratara de ganar y no de avanzar hacia los argumentos más consistentes.
Y otro aún más desolador cuando el sectarismo pasa de las ideas a las personas, cuando se destruyen las amistades porque pueden más las pasiones de las ideas que los sentimientos y las personas. Y no porque se trate de principios fundamentales sino porque se defienden desde la trinchera y con los modos de la trinchera.
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