jueves 7 de diciembre de 2006
CARLOS LUIS RODRÍGUEZ
a bordo
Constitución facha
Una de las señas de identidad del extremista es su aversión a la tranquilidad. Tanto en el discurso de los primeros tiempos del fascismo, como en los mensajes iniciales del comunismo, hay un ataque constante a la despectivamente llamada democracia burguesa. Los seguidores de Mussolini o de Lenin quieren acción, movimiento, agitación, una nueva forma de vida que se sintetiza en uno de los lemas de los camisas negras de don Benito: vivir peligrosamente.
Para todos ellos, la idea de Constitución es sospechosa. Es curioso que nazis y comunistas rivalicen en la Alemania de entreguerras en denigrar a la Constitución de Weimar, que era un meritorio intento de crear un lugar común donde las rivalidades políticas tuvieran un marco civilizado. Sabían que al consolidarse un país regido por una norma aceptada por la mayoría de la gente, perderían clientela en favor de opciones más moderadas. Había que acabar con ella, y por desgracia, acabaron.
Las collejas que se le dan a la Constitución española son más sutiles, pero tienen un móvil similar. Por fortuna no hay entre nosotros nadie equiparable a Karl Liebknecht, o Adolfo Hitler, ni una situación social como la que a ellos les sirvió de caldo de cultivo. Sí se percibe, sin embargo, un hastío por el exceso de tranquilidad constitucional. Igual que algunos contrarrestan su monótona vida laboral practicando deportes de riesgo, así también hay corrientes políticas que necesitan un poco de adrenalina.
Una normalización política de España no les interesa. Que España acabe pareciéndose a Alemania (la de hoy), Francia o Gran Bretaña, reduciría sus posibilidades de encontrar un hueco en el escenario. Con un país sosegado, un Estado estable, y una sociedad preocupada por los mismos asuntos que preocupan al resto de las sociedades europeas, esto sería muy aburrido.
De ahí que la Constitución sea su principal enemigo. La Constitución es sinónimo de estabilidad, y para ellos esa palabra tiene el mismo efecto que el crucifijo para Drácula. En una curiosa pirueta dialéctica, intentan convencernos de que los defensores del texto constitucional son una especie de nuevos fachas, incapaces de entender la evolución. La Constitución española, en suma, les estorba, y en eso coinciden con los fachas de verdad que la atacaban por sacrílega, traidora, disgregadora y masónica.
Los anticonstitucionales de hoy ponen en cuestión los principios básicos del texto, lo cual nada tiene de reprochable, pero sólo admiten cambios o reformas en la dirección que ellos quieren, lo cual refleja una mentalidad autoritaria. Un ejemplo claro es la cuestión territorial. Habría que demoler la formulación autonómica vigente, pero sólo para levantar un edificio de corte federal, o de soberanías compartidas. ¿Y si alguien quisiera sustituir el Estado autonómico por otro centralizado de estilo francés? ¿Acaso no es tan democrática esta propuesta como la otra? De ninguna manera.
En fin, que existe una larga tradición constitucionófoba, que se explica por la tranquilidad que aportan las constituciones de consenso a la vida de un país. El extremismo sólo admite la Constitución si es un mero apéndice suyo; si no es así, la calificará de corsé, de norma impuesta por oscuros poderes, o de artilugio anacrónico.
Lo anacrónico es recuperar a estas alturas el viejo lema de vivir peligrosamente. Quien quiera hacerlo, tiene a su disposición el paracaidismo, el alpinismo, o el ala delta. La tranquilidad tiene algo de aburrido, pero es consustancial con la democracia.
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