miércoles, septiembre 06, 2006

Diez dias que estremecieron al mundo

Diez días que estremecieron al mundo, de John Reed
"Este libro es un trozo de historia, de historia tal como yo la he visto. Sólo pretende ser un relato detallado de la Revolución de Octubre, es decir, de aquellas jornadas en que los bolcheviques, a la cabeza de los obreros y soldados de Rusia, se apoderaron del poder del Estado y lo pusieron en manos de los Soviets" (Prologo de John Reed a Diez días que estremecieron al mundo)
La obra de John Reed Diez días que estremecieron al mundo es, sin duda, uno de los más impresionantes relatos sobre las jornadas en las que se desarrolló la Gran Revolución Socialista de Octubre. Con un estilo ágil Reed nos presenta todos los detalles de esta gran epopeya, pues vivió la Revolución codo con codo con todos sus actores principales: los bolcheviques, los mencheviques, los socialistas revolucionarios de izquierda y derecha, los kadetes, los sectores más reaccionarios y, por supuesto, el pueblo trabajador formado por obreros, campesinos y soldados.
Pero John Reed no es sólo un espectador de los acontecimientos, es, ante todo, un comunista convencido y por eso él está claramente del lado de la mayoría del pueblo agrupada en torno al partido de Lenin, al Partido Bolchevique; esto se deja ver en numerosos pasajes de esta gran obra.
Siendo Reed periodista podríamos pensar que Diez días que estremecieron al mundo es un relato periodístico de los acontecimientos. Pero no es así. Tampoco es una narración histórica. Contiene elementos de lo uno y de lo otro, pero es sobre todo una narración de alguien que está viendo ante sus ojos como el mundo capitalista se derrumba a la vez que empieza la construcción de una nueva sociedad, la sociedad comunista. Reed, por supuesto, es consciente de ello y quiere llegar a todos los detalles para acercar el lector que no puede ver lo que él está viendo, la magnitud de lo que entre octubre y noviembre de 1917 estaban llevando a cabo en Rusia los obreros y los campesino, los explotados que como un solo hombre se levantaban ante la opresión para ser por fin dueños de su propio destino.
Quien quiera conocer de cerca lo que fue la Gran Revolución Socialista de Octubre está obligado a leer Diez días que estremecieron al mundo, una obra gracias a la cual podrá saber que decían los trabajadores revolucionarios a los que John Reed no perdía oportunidad de preguntar, una obra en la que este periodista comunista nos trae multitud de proclamas y documentos de la revolución y la contrarrevolución, una obra, en definitva, de la que Lenin dijo:
...desde el fondo de mi corazón lo recomiendo a los obreros de todos los países. Quisiera que este libro fuese distribuido por millones de ejemplares y traducido a todas las lenguas, ya que ofrece un cuadro exacto y extraordinariamente vivo de acontecimientos que tan grande importancia tienen para comprender lo que es la revolución proletaria, lo que es la dictadura del proletariado.
Tres fragmentos de Diez días que estremecieron al mundo
Eran las ocho y cuarenta exactamente cuando una tempestad de aclamaciones anunció la entrada del Buró, con Lenin, el gran Lenin. Era hombre de baja estatura, fornido, la gran cabeza redonda y calva hundida en los hombros, ojos pequeños, nariz roma, boca grande y generosa, el mentón pesado. Estaba completamente afeitado, pero ya su barba, tan conocida antaño, y que ahora sería eterna, comenzaba a erizar sus facciones. Su chaqueta estaba raída, los pantalones eran demasiado largos para él. Aunque no se prestaba mucho, físicamente, para sel el ídolo de las multitudes, fue querido y venerado como pocos jefes en el curso de la historia. Un extraño jefe popular, que lo era solamente por la potencia del espíritu. Sin brillo, sin humor, intransigente y frío, sin ninguan particularidad pintoresca, pero con el poder de explicar ideas profundas en términos sencillos, de analizar concretamente las situaciones, y dueño de la mayor audacia intelectual. (Extracto del capítulo V ¡Manos a la obra!)
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Ante el palacio del Soviet un camión automóvil se preparaba a salir para el frente.Una media docena de guardias rojos, algunos marinos, uno o dos soldados, mandados por un obrero con talla de gigante, treparon y me gritaron que subiera con ellos. Guardias rojos que salían del cuartel general con brazadas de bombas pequeñas cargadas de una materia explosiva, según decían ellos, diez veces más potente y cinco veces más sensible que la dinamita, arrojaron sus artefactos en el camión. Después, un cañón de tres pulgadas, cargado, fue sujeto a la parte posterior del vehículo, con cuerdas y alambres.
En medio de exclamaciones, arrancamos a toda velocidad. El pesado camión se balanceaba de un lado a otro, el cañón danzaba sobre sus ruedas y las peligrosas bombas rodaban a nuestros pies, yendo a chocar con estrépito contra las paredes del camión.
El gigantesco guardia rojo, cuyo nombre era Vladimir Nikolaievitch, me atosigó a preguntas sobre los Estados Unidos. ¿Por qué los Estados Unidos no han entrado en la guerra? ¿Los obreros norteamericanos estaban preparados para derrocar a los capitalistas? ¿En qué estado se encontraba el proceso Mooney[1]? ¿Entregarían Berkman[2] a los de San Francisco? Y cien preguntas más de este tipo, muy embarazosas, gritadas a pleno pulmón para dominar el estruendo del camión, mientras nos manteníamos agarrados unos a otros, danzando en medio de las carambolas de granadas de mano.
Algunas veces, nos quiso detener una patrulla. Los soldados se lanzaban a través de la carretera y gritaban. ¡Alto!, enarbolando sus fusiles. Nosotros no les hacíamos caso.
-¡Id al diablo! -respondían los guardías rojos-. ¡Nosotros no nos detenemos por nadie! ¡Somos guardias rojos!
Y proseguíamos orgullosamente nuestro camino, mientras Vladimir Nikolaievitch me vociferaba al oído alguna consideración acerca de la internacionalización del canal de Panamá y otras cosas por el estilo...
(...)
El camión partió otra vez en dirección de Romanovo. En el primer cruce de carreteras, dos soldados se plantaron corriendo delante de nosotros, agitando sus fusiles. Redujimos la marcha y después nos detuvimos.
-¿Vuestro permiso de circulación, camaradas?
Los guardias rojos pusieron el grito en el cielo.
-Somos guardias rojos. No tenemos necesidad de permiso de circulación... ¡Adelante! ¡No hacen más que fastidiarnos!
Pero una marino observó:
-¡Hacemos mal, camaradas! Hay que respetar la disciplina revolucionaria. Suponed que llegan contrarrevolucionarios en un camión y dice: "Nosotros no tenemos necesidad de permiso de circulación". Los camaradas no nos conocen.
Se entabló una discusión. Uno por uno, sin embargo, marinos y soldados, se sumaron a la opinión del primero. Rezongando, sacaron sus documentos grasientos. Todos eran semejantes, salvo el mío, extendido por el Estado Mayor Revolucionario del Smolny. Los centinelas me indicaron que les siguiera. Los guardias rojos protestaron con energía, pero el marino que había tomado la palabra anteriormente declaró:
-Nosotros sabemos perfectamente que éste es un verdadero camarada. Pero hay órdenes del Comité, a las cuales hay que obedecer. Es la disciplina revolucionaria... (Extracto del capítulo IX La victoria)
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El cortejo avanzó lentamente hacia nosotros, a través del gentío que se abría y cerraba inmediatamente detrás de él. Bajo la puerta, desfilaba ahora un mar interminable de banderas de todos los matices de rojo, con inscripciones en letras de plata y oro y crespones negros en el asta; se veían también algunas banderas anarquistas, negras, con letras blancas. La música tocaba la marcha fúnebre revolucionaria, y entre el coro inmenso de las masas, un mar de cabezas descubiertas, se distinguían las voces roncas y ahogadas por los sollozos de los portadores...
Mezcladas con los obreros de las fábricas, marchaban las compañías de soldados, también con sus ataúdes; después venían los escuadrones de caballería a paso de desfile, las baterías de artillería, con sus piezas cubiertas de lienzo rojo y negro -para siempre, parecía. En sus pendones se leía: "¡Viva la III Internacional", o bien: "Queremos una paz honrada, general, democrática".
Los portadores llegaron por fin cerca de la tumba y, escalando con sus cargas los montones de tierra, descendieron a las fosas; entre ellos había muchas mujeres, esas mujeres del pueblo, rechonchas y robustas. Detrás de los muertos venían otras mujeres, mujeres jóvenes y rotas, mujeres viejas y arrugadas que lanzaban gritos de animales heridos, que querían seguir a la tumba a sus hijos o sus maridos y que forcejeaban cuando manos piadosas puganabn por sujetarlas. Es la manera de amarse de los pobres.
Todo el día, llegando por la Puerta de Iberia y abandonando la plaza por la Nikolskaya, estuvo desfilando el cortejo fúnebre, río de banderas rojas que llevaban palabras de esperanza y fraternidad y audaces profecías a través de una muchedumbre de cincuenta mil almas, bajo las miradas de los obreros del mundo entero y de toda su posteridad...
Uno por uno, fueron depositados los quinientos féretros en las fosas. Cayó el crepúsculo, y las banderas seguían flotando al viento, la música no había cesado de tocar la marcha fúnebre ni la masa enorme de hacer resonar sus cantos. Las coronas fueron colgadas de las ramas desnudas de los árboles, como extrañas flores multicolores. Doscientos hombres empuñaron las palas y se percibió, acompañando los cantos, el ruido sordo de la tierra al caer sobre los ataúdes.
Se encendieron las luces. Vinieron los últimos estandartes y las últimas mujeres sollozantes, lanzando hacia atrás una última mirada de aterradora intensidad. Lentamente, la marea proletaria se retiró de la vasta plaza...
De pronto, comprendí que el religioso pueblo ruso no necesitaba ya de sacerdotes que le abrieran las puertas del paraíso. Estaba edificando sobre la tierra un reino más esplendoroso que el de los cielos, un reino por el cual era glorioso morir. (Extracto del capítulo X Moscú)
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[1] Tom Mooney: militante del movimiento obrero estadounidense; fue condenado a muerte bajo la falsa acusación de haber arrojado una bomba durante un desfile en San Francisco el 22 de julio de 1916. Los trabajadores presionaron indignados contra esta decisión, y el presidente Wilson se vio obligado a intervenir y finalmente fue condenado a cadena perpetua. A pesar de que se demostró su inocencia Mooney estuvo encarcelado más de veinte años, hasta que fue puesto en libertad durante la presidencia de Roosevelt.
[2] Berkman: uno de los militantes encartados en el proceso Mooney

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