jueves, septiembre 07, 2006

Denunciando gilipolleces

viernes 8 de septiembre de 2006
Denunciando gilipolleces
Miguel Martínez
R ESULTA del todo evidente que los ciudadanos debemos tener a nuestro alcance cuantos mecanismos sean necesarios en garantía de nuestros derechos. Asimismo resulta indispensable que las Administraciones públicas se doten de los elementos precisos para que los consumidores podamos presentar nuestras quejas y denuncias cuando nuestros derechos se vean conculcados; pero de ahí a que se pueda denunciar cualquier estupidez, empleando para ello recursos que tienen su coste, y que al denunciante de bobadas no le cueste un duro, va un trecho largo. Así sucede que muchas veces atribulamos a la Administración con auténticas gilipolleces, ocupando su tiempo y sus recursos, que son restados de los que debieran estar disponibles para aquellas cosas verdaderamente importantes. Permítanme, mis queridos reincidentes, que les cuente un par de casos, quizás anecdóticos pero que representan a otros muchos que ocupan un porcentaje nada desdeñable de la estadística, y que no hacen más que restar, gratuitamente, eficacia a la Administración. Tarde noche de un viernes del mes de agosto. Tormenta de padre y muy señor mío. Tropecientos y pico litros por metro cuadrado y truenos y relámpagos de los que asustan hasta a las ratas. La consecuencia lógica de este desaguisado climatológico es la caída de la red eléctrica en las zonas más castigadas por la tormenta. Restaurante de comida rápida que, como la mayoría de locales de la zona, se queda sin electricidad y se ve obligado a detener su actividad. Pese a ser la hora próxima al cierre se mantienen las puertas abiertas para que al menos la gente que transita a pie por la zona pueda resguardarse. En éstas que llega una señora y se dirige a la barra: - Buenas, me vas a poner un Burguer Tal. - Lo siento, señora, llevamos más de media hora sin electricidad y no funcionan ni las planchas ni las freidoras. - Ése no es mi problema, yo vengo a cenar y quiero cenar. Una joven y guapa dependienta de la hamburguesería, a la que mis queridos reincidentes conocen por haber sido repetidamente citada en esta columna como consumidora compulsiva de teléfono y reincidente favorita de un servidor, que se ha metido a hamburguesera veraniega para sacarse unos durillos para la universidad, intenta convencer a la cliente borde de que sin electricidad no pueden cocinar, y que, por tanto, resulta imposible servirle ni la Burguer Tal, ni la Burguer Cual, ni la Burguer Pascual, ni su puñetera Burguer. - Pues si no me dais de cenar ya me estás sacando el libro de reclamaciones. La joven y guapa dependienta, a la que mis queridos reincidentes ya habrán identificado como la niña de los ojos de un servidor, llama al responsable del local, que ha salido momentáneamente -imagino que a comprar velas, que estaban a oscuras- y comunica a la cliente que las hojas de reclamación están en su despacho y que, por estar éste cerrado, tendrá que esperar unos minutos a que el responsable se presente -imagino que con las velas- y pueda abrirlo. La circunstancia de que el responsable hubiese salido y dejase cerrado su despacho debió molestar a la cliente borde, pues su siguiente paso fue llamar por el móvil a la policía, informándoles de que en aquel local se negaban a darle el libro de reclamaciones. Minutos después se presenta el responsable y le facilita su hoja de reclamación, y poco después llega una patrulla de la policía, que, por ser policías, reprimen sus deseos de agarrar a la borde y sentarla de culo en el charco más grande y más sucio, pues no en vano les ha hecho ponerse como una sopa -sigue lloviendo a mares- por una estupidez. Informan a la borde del trámite que ha de seguir con la hoja de reclamaciones y reprimen nuevamente sus ansias de hacer que se la trague (la hoja) con las patatas (congeladas) que esperan en las freidoras el regreso de la electricidad, que no en vano siguen los pobres chorreando, por el güalqui-talqui ya les reclaman para un nuevo servicio, y no van a tener siquiera tiempo de cambiarse. La borde se va sin cenar, pero con la sonrisa puesta y con la satisfacción de haber contribuido generosamente a la consecución de un mundo más justo, más feliz y más solidario. La estupidez de esta consumidora ha iniciado un trámite administrativo en el que trabajarán (aunque sólo sea para darle archivo) unos cuantos funcionarios de diversas Administraciones, que tendrán que rellenar algunos formularios y ocuparán parte de su tiempo dando curso a la queja. A esto hay que sumar el coste de los dos policías y su vehículo, que durante un periodo, no menor de media hora, dejaron de estar disponibles para su servicio y para los eventuales que les pudieran haber sido encomendados. Eso sí, es un logro democrático que la ciudadana borde tenga derecho a movilizar a la Administración a su antojo para quejarse de que un rayo ha fulminado un transformador y ha dejado a tres manzanas sin electricidad y a ella sin cenar. Otro caso, éste leído en un titular de prensa: ”Un vecino de Cáceres denunció al pelotón de la Vuelta a España por exceso de velocidad”. Por lo visto el hombre calculó que esos ciclistas excedían de la velocidad máxima permitida en el casco urbano (50 km/h) y corrió presto a una comisaría donde los funcionarios no tuvieron más remedio que tomar nota de su denuncia. Y a uno se le vienen a la cabeza algunas preguntas: ¿Le quitarán puntos del permiso de conducir a los ciclistas por su exceso de velocidad? ¿Y a los motoristas de la Guardia Civil que les precedían? Y es que hay que estar muy desocupado y con muy pocas preocupaciones encima para que lo que a uno le quite el sueño -hasta el punto de presentarse en comisaría para interponer una denuncia- sea la velocidad de los ciclistas en una carrera. Y un servidor se imagina a los que estuvieran en la cola de la comisaría, con verdaderos problemas, esperando a que ese diligente ciudadano acabase su comparecencia para poder así denunciar, bien que su marido le ha dado un puñetazo en un ojo, bien que su hijo de seis años ha desaparecido. Y también se imagina las caras de los funcionarios que atendieron esa queja aguantándose las ganas de decirle “oiga, caballero, debiera usted cambiar de camello” o “anda y ve a que te la pique un pollo, so cenutrio”, o cualquier otra cosa por el estilo. Y es que en este país tenemos la puñetera manía de ser, en casi todo, más papistas que el Papa y pasamos del tingo al tango con una facilidad pasmosa. De una Administración prepotente e inaccesible hemos pasado a la barra libre de servicios para todos. Y no sé yo qué opinarán mis queridos reincidentes pero, puestos a darles trabajo a los funcionarios con capulladas, un servidor crearía una oficina de cobro de trámites improcedentes, encargada de facturar a los administrados aquellos servicios prestados cuando éstos fuesen requeridos, alevosamente, de forma contraria al sentido común. Así se le pasaría la minuta con el coste de sus estúpidas reclamaciones al señor de Cáceres que pretende que en las carreras se respeten las normas de tráfico, y a la borde de la hamburguesería, que seguro que aprendería a hacer lo que se ha hecho toda la vida cuando se va la luz: llamar por teléfono a la compañía eléctrica y poner como a un trapo al pobre que atiende el teléfono.

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