viernes 8 de septiembre de 2006
Afán de paz
Ignacio San Miguel
H AN sido numerosas las seguridades que ha dado el Gobierno de que las tropas españolas que se van a enviar a Líbano llevan una misión de paz. Este término de “paz” se utiliza profusamente, monótonamente. Sin duda, el deseo de paz del pueblo español es tan grande, que las palabras de paz han de ser necesariamente bien acogidas. También se ha asegurado que las tropas españolas no van a correr peligro, puesto que su misión es humanitaria y de paz. A última hora ya se admite que existe la posibilidad de riesgos, lo cual es mucho admitir para este Gobierno. Pues parecería que las tropas españolas no deben ir a ningún lugar donde haya peligro de que se produzcan disparos. Esto contrasta con el abundante material de guerra de que van provistas. ¿Se trata de simple material de adorno? Así podría deducirse, puesto que su labor no ha de tener relación alguna con la guerra. Pero si se trata de un material inservible, podría prescindirse de él. Es lo que nos dice el sentido común. Ya que la función de las tropas españolas en el extranjero se parece tanto a la de una ONG, deberían presentarse en esa condición, prescindiendo de las armas. Alguien ha dicho que el pueblo español está enfermo, basándose en diversos síntomas. Uno de ellos sería este deseo extremado de paz. Porque una cosa es desear la paz, y otra, desear histéricamente la paz. Un ejemplo curioso y aberrante fue oírle a un ministro de Defensa, como José Bono, manifestar públicamente que él “prefería morir antes que matar.” Sería una sorpresa que alguien nos informara de algún ministro de Defensa de algún país que haya dicho algo tan estrafalario y absurdo en alguna ocasión. Porque, supongamos que tenemos una fuerzas armadas imbuidas de esta filosofía de su ministro de Defensa. ¿De qué nos habían de servir? Sería un ejército inerme, dispuesto a ser tiroteado antes que a pegar un tiro. Sin embargo, José Bono sabía que sus palabras no serían mal aceptadas por la gente en general. Bono es un demagogo y, como tal, no hace manifestaciones que no sepa que han de gustar a las masas. Ese deseo extremado de paz nos lleva a evitar todo lo que suponga confrontación. Si estudiamos la labor del Gobierno, observaremos que se funda en hacer concesiones y promesas a todo aquel que reclame algo, al objeto de apaciguar a todos, diluir los problemas y seguir adelante. Lo erróneo de esta política, más propia de gente infantil o anormal que de políticos avezados, se muestra en sus resultados desastrosos, contrarios precisamente a sus pretensiones; pues las promesas no se pueden cumplir y las concesiones acarrean consecuencias. A esto se añade la obcecada idea de que para conseguir la paz interior definitiva del país es necesario reivindicar la memoria del régimen del bando derrotado en la contienda civil. El resultado es que nunca ha estado el país mas internamente dividido, ni nunca ha sido más despreciado en el exterior. Pero hay muchos españoles que piensan que es la política adecuada porque persigue la paz, y que sus contrarios desean los conflictos. En estos españoles confía Rodríguez para ganar las elecciones. Su tratamiento del terrorismo resulta paradigmático. No ha consistido más que en hacer concesión tras concesión, y eso que la banda estaba agotada debido a la labor del gobierno anterior. Estas concesiones han supuesto una reanimación de los terroristas, que se han reforzado y que cada vez se vuelven más exigentes y autoritarios. Por medio de un partido autorizado, su influencia será crucial en el País Vasco en el futuro. No es ese un porvenir que reconforte, pero el deseo de paz de Rodríguez y muchos españoles conduce necesariamente a esa situación. Pero nos podíamos haber ahorrado décadas de sufrimiento, si desde el principio nos hubiéramos rendido, concediendo a los terroristas lo que pedían. Claro que no sólo se trata de un deseo de paz en Rodríguez. Hay algo turbio en su actitud que apunta a corrientes subterráneas de simpatía. Como simpatía expresa mantiene hacia el régimen frentepopulista derribado en la guerra civil. La idea adolescente y sesentayochista que, sin ser la causa última, contribuye a esa turbiedad y da cobertura ideológica a las actitudes desfondadas de Rodríguez, es que todo movimiento revolucionario o reivindicativo tiene su razón de ser y nace de una injusticia. No hay más que subsanar esta injusticia, haciendo las debidas concesiones al rebelde, y el conflicto se resuelve. El resultado de estas ideas de tebeo es una política de tebeo que no puede ser tomada en serio por el resto del mundo. Rodríguez es un político que hace reír. Aunque, lamentablemente, las consecuencias de su labor no pueden ser más desastrosas y menos risibles. Sin embargo, como no hay mal que por bien no venga, y me refiero al bien de Rodríguez, lo cierto es que algunas medidas tomadas parecen obedecer a un cálculo que le puede resultar exitoso en las elecciones futuras. La ley de matrimonios homosexuales le reportará votos, y su desastrosa política de inmigración, con la legalización para todos y el consiguiente “efecto llamada” que nos lleva a ser literalmente invadidos de inmigrantes, para cólera del resto de la Unión Europea, puede hacerle ganar un buen puñado de votos más. Para 2008 se calcula que unos quinientos mil inmigrantes habrán adquirido la nacionalidad española y podrán votar en las elecciones generales. Obviamente, a Rodríguez. Hay, pues, además de turbiedad, rasgos de astucia en una actividad política que difícilmente puede calificarse de inteligente o correcta. Pero lo que más puede beneficiarle es el deseo de paz de gran parte de los españoles. Este es un país que por su sol, sus paisajes, su gastronomía, sus playas y su folclore se ha convertido en uno a los más visitados por los turistas. Es un país ideal para fiestas y vacaciones. Esta situación, aparentemente beneficiosa, tiene su carga de hedonismo y relajación del espíritu, transmitida rápidamente a la población autóctona en una situación de bonanza económica sin precedentes. El deseo de placer ha aumentado extraordinariamente, así como la indiferencia por la política. Según algunas encuestas, únicamente de un diez a un quince por ciento de la población se interesa por ésta. Y es que la política es conflicto, y a una gran parte de la población lo que le interesa es la paz. O, por mejor decir, quiere que la dejen en paz. Por tanto, todo lo que conduzca a la solución de los conflictos, o que parezca conducir a ella, será bien visto. No mirarán con escándalo las concesiones que se hagan para conseguirla. Y la rendición ante las exigencias no será considerada como tal; será denominada de otra manera, pues para eso está la manipulación del lenguaje: para tranquilizar las conciencias, para contribuir a la paz mediante una cobertura verbal adecuada. No es nada imposible que Rodríguez vuelva a ser elegido, pues tiene en la paz una baza importantísima. Salvo que los inconvenientes y perjuicios de su política lleguen a resultar tan evidentes y sangrantes que hasta las conciencias más beatíficas o anestesiadas terminen por espabilarse.
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