viernees 7 de julio de 2006
Nostradamus y el mundial
Miguel Martínez
C UANDO el sexto mes de 2006 finalice, el Rey de España cruzará los Pirineos con su ejército. Las legiones de Belcebú aguardarán la batalla en las planicies del centro de Europa. La destrucción y la derrota caerán sobre los malvados. El Santo Grial volverá, con el Rey triunfante, a España. Éste es –dicen- un vaticinio de Nostradamus del que sus interpretadores extraían, durante los primeros días de competición, que nuestra selección iba a ser la flamante vencedora del campeonato. Y si les soy sincero, mis queridos reincidentes, un servidor estaba convencido de que este año sí era posible alzarnos con el título, que no en vano habíamos arrollado a Ucrania desarrollando un juego magnífico y habíamos apisonado a Túnez sin despeinarnos, mientras que las selecciones presuntamente favoritas salían adelante por los pelos y con un juego poco brillante. Pero la segunda parte contra Arabia, y sobre todo la profecía de Nostradamus, hicieron que quien les escribe dejase de albergar, definitivamente, cualquier esperanza de conseguir algo positivo en esta edición mundialista; que si bien del desastroso juego llevado a cabo en el segundo tiempo contra Arabia podríamos reponernos con algo de suerte y con los pertinentes ajustes tácticos, la aparición de una adivinación de Nostradamus –que no da una a derechas el pobre-, favoreciéndonos, era sinónimo de una eliminación segura. Y aunque no está probado que la cita con la que comienzo este artículo sea realmente de Nostradamus, que hay quien afirma que ha sido manipulada interesadamente, colgada en Internet y recogida posteriormente por diversos medios de comunicación, no se explica uno cómo a estas alturas haya aún quien otorgue el más mínimo crédito a un señor que ha previsto no sé cuántas veces el fin del mundo –obviamente sin acertar ninguna- y que incluso ha augurado, para fechas posteriores al Apocalipsis, nuevos eventos y/o vicisitudes varias. ¿Pero no se había ido ya la Tierra al garete? ¿O es que el precursor del predictor tenía un plan “B” por si no acertaba a la primera? Replicarán los defensores del profeta francés que no son las adivinaciones de éste lo que falla, sino que no hemos sabido interpretar bien sus augurios, pero, curiosamente, si bien en las predicciones sobre eventos pasados encaja a la perfección y con precisión matemática la profecía con el suceso ya acontecido, en los vaticinios sobre acaecimientos venideros sus augurios son vagos, ambiguos, imprecisos, llenos de notas a pie de página que nos “demuestran” que cuando Nostradamus se refería -por poner un ejemplo- al águila, se estaba refiriendo a un príncipe conocido por la pose majestuosa del ave -o por las uñas de los pies negras sobresaliendo bajo los dedos-, o que cuando hablaba del Santo Grial se refería en realidad a la copa Jules Rimet. Y es que Nostradamus, que por lo visto fue un excelente médico y un prodigioso astrólogo, en el tema de predicciones fallaba más que una escopeta de feria, tanto como los aficionados a la selección, que en cada mundial y en cada europeo nos decimos aquello de “esta vez sí”. Y por si no tuviera bastante el pobre Nostradamus con acarrear con sus propios y numerosos errores, cada dos por tres se le endosan profecías no escritas por él. Después de cada desastre -eso sí, siempre a toro pasado- aparece una presunta profecía de Nostradamus en la que se describía con total fidelidad la calamidad. Así, en los días posteriores a los atentados del 11 S en Nueva York, surgía en los medios la siguiente profecía: “En la ciudad de Dios habrá un gran trueno. Dos hermanos caerán en medio del caos. La tercera gran guerra empezará mientras la gran ciudad esté en llamas". Muchos fueron los periódicos que recogían esta profecía asegurando que fue escrita por Nostradamus en 1654. Se les escapaba un pequeño detalle: Michael de Nostradamus llevaba ya unos cuantos años enterrado. Falleció el pobre en 1566. En cualquier caso, predecir eventos no es tan difícil cuando se cuenta con interpretadores imaginativos. Es más, hasta la cita con la que empiezo esta columna, a poca imaginación que se le eche, puede ser interpretada justo en sentido contrario. Así, el Rey de España bien podría ser el jefe del equipo español, don Luis Aragonés, que cruzó los Pirineos con su ejército -los jugadores- al acabar el mes 6 -antes de que finalicen los cruces de octavos-, como efectivamente así hicieron. Los cruzaron de Norte a Sur, regresando de Alemania con la cabeza gacha y muy decepcionados. Las legiones de Belcebú –los franceses que corrían como alma que lleva el diablo y el árbitro que se inventó la falta que supuso el segundo gol francés- nos dieron la del pulpo. Y así la derrota cayó sobre los malvados -malvado, del latín “malifatius”, aquel que obra mal, y nuestros jugadores obraron malísimamente mal contra Francia-. Respecto al Santo Grial, si atendemos a ciertas leyendas del País de los Cátaros, no muy lejos de la Provenza natal de Nostradamus, Grial fue para ellos una mujer de muy noble descendencia, como muchas de las distinguidas señoras que a buen seguro debieron atravesar los Pirineos, regresando a España, con Aragonés/Rey y sus jugadores/ejército, y compartiendo avión con ellos. Ya ven ustedes lo sencillo que resulta. Además, para augurar que a España la iban a facturar en cuartos de final tampoco hacía falta ser ninguna maravilla de adivino. A ver si nos cambia la suerte y para cuando empiece el europeo de 2008 aparece una profecía –auténtica- de Nostradamus mandándonos a casa en cuartos. Quizás así tengamos alguna oportunidad.
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