El Estatut de la indiferencia
José Javier Esparza
19 de junio de 2006. Cataluña ha votado. O mejor dicho, la mayoría no ha votado, y esa es la clave del asunto. Ahora la pregunta es si una sociedad de más de seis millones de habitantes puede imprimir un giro decisivo a su futuro –y al del resto de España- simplemente por la voluntad de una minoría de ellos. Los partidarios del "sí" suman un tercio del electorado catalán; nada más. Y los votantes del "no" y los abstencionistas representan a los otros dos tercios; nada menos. Los políticos de la Anomalía podrán perorar cuanto quieran sobre legalidades y legitimidades, pero el hecho es que la mayoría de los catalanes ha dado la espalda a los llamamientos a la participación y al refrendo del Estatut. Es un final de traca para una historia políticamente sórdida, que ha crecido entre la general indiferencia.¿Recordáis como empezó todo? "Aceptaré el Estatuto como venga", dijo Zapatero. En realidad, nadie quería un nuevo Estatuto: aquello sólo era una plataforma oportunista del socialismo catalán para debilitar a Aznar. ZP se subió al burro pensando que no iría a ningún lado. Pero ganó las elecciones y cayó esclavo de su imprudencia. Se abrió la puerta al desgarramiento del sistema autonómico. Y por más que la sociedad catalana seguía indiferente al nuevo Estatuto, el poder –el de aquí y el de allí- insistió en dar el paso.De Cataluña salió un proyecto avalado por el 89% del Parlament. Cuando llegó al Congreso, su respaldo había bajado al 54%. En el Senado, esa cifra aún descendió más: al 49%. Por el camino, Zapatero tuvo que cambiar de alianzas, traicionó a los republicanos y pactó –de noche- con Convergencia, lo cual terminó provocando el desplome del propio gobierno catalán y poniendo a su presidente, Maragall, en situación de cadáver político. ¿Más calamidades? Sí: una campaña electoral manipuladora y violenta, un referéndum irregular desde la convocatoria hasta el jugueteo con los datos de participación, y ello sin olvidar la espada de Damocles del recurso ante el Tribunal Constitucional. Anoche el Gran Disparate se sustanció en un Estatuto presentado como "victoria de Cataluña", pero desdeñado por la mayoría de la población; siempre entre la general indiferencia.Y ahora, ¿qué? Por sentido común, esto no debería seguir adelante; lo más sensato sería dar marcha atrás. Pero eso no ocurrirá, al revés. La casta (política, económica, mediática) que gobierna Cataluña considerará que ese exiguo tercio del electorado le concede legitimidad suficiente para dar un golpe de muerte a la Constitución española. La atmósfera opresiva de este oasis que parece una ciénaga se intensificará. La Anomalía catalana quedará institucionalizada. Pronto veremos nacer otras anomalías gemelas en Andalucía, Galicia, quién sabe si Baleares. El ejemplo del Estatut será puesto sobre la mesa de la negociación con ETA. Y todo ello, entre la general indiferencia.Es que a lo mejor el problema es ése: la general indiferencia. Y no sólo de la sociedad catalana.
lunes, junio 19, 2006
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