domingo, junio 18, 2006

Cementerios de libros

lunes 19 de junio de 2006
Cementerios de libros

Mientras existiera el libro, existía la posibilidad de rescate: quizá un lector piadoso le sacudiera el polvo acumulado durante décadas.-->

Por un reportaje de Antonio Astorga en ABC confirmo la existencia de cementerios de libros donde las editoriales envían los ‘excedentes de producción’, esos títulos que ya nadie reclama en librerías y que ocupan un lugar precioso en los almacenes. Durante años había oído hablar de estos parajes, que en la cosmología del escritor desempeñan un papel parangonable al del infierno. Del mismo modo que el creyente en la vida de ultratumba sabe que el infierno existe y está habitado por almas sometidas a condenación eterna, pero prefiere considerar que la suya obtendrá la recompensa celestial, el escritor que entrega a los hijos de su ingenio a las imprentas sabe de la existencia de máquinas que trituran los libros y los convierten en una papilla de celulosa, pero se consuela pensando que serán otros los convocados en sus fauces. De lo contrario, quizá colgaría la pluma para siempre.Un escritor puede llegar a aceptar que su destino sea el olvido. A poco que haya hurgado en los cajones de saldos de las librerías de lance sabe que otros muchos antes que él acabaron en ese purgatorio, esperando que una mano mercedaria los redimiese. Pero, hasta ahora, concebíamos el olvido como una plácida disgregación o un lento acabamiento. Además, mientras existiera el libro, existía también la posibilidad de rescate: quizá un lector piadoso le sacudiera, allá en un futuro impreciso, el polvo acumulado durante décadas; quizá la curiosidad triunfara finalmente sobre la incuria y las generaciones del porvenir pudiesen disfrutar de lo que las presentes habían desdeñado, por fatuidad o ignorancia. Pero, desaparecido el libro, desaparece también toda posibilidad de salvamento.El reportaje de Antonio Astorga se ilustraba con fotografías que movían a las lágrimas. En una de ellas, un montón de libros avanzaba sobre una alfombra deslizante, camino de la trituradora que los descuartizaría, como corderos que enfilan la entrada del matadero. En otra, se contemplaba uno de esos paisajes apocalípticos propios de vertederos o chatarrerías, atestado de grandes pacas de papel triturado que se amontonaban unas encima de otras, como obeliscos desvencijados que a duras penas logran mantener el equilibrio. Una brisa apenas susurrada, como avergonzada de sí misma, hacía tremolar, aquí y allá, jirones de páginas que quizá pocos meses antes, recién salidas de la imprenta, fragantes de tinta fresca, embriagaron la vanidad del escritor que las completó; ahora tenían esa tristeza claudicante de los pájaros que han caído del nido antes de aprender a volar y se han quebrado las alas. Prensadas y sujetas por correajes, parecían escombros de una ciudad arrasada por las bombas; una ciudad que antes de convertirse en páramo de mortandad albergó voces exultantes, carcajadas bulliciosas, el rumor crepitante y proteico de la vida, la música que sostiene el mundo. Pero ya tan sólo eran estandartes que pregonaban la ruina. Me pregunté si por las noches aquellos obeliscos de papel cercenado, expuestos a los rigores de la intemperie, no ensayarían un concierto horrísono de lamentos, como las almas molturadas que en el infierno penan sus culpas. Me pregunté si por las noches aquellas palabras rotas, contusas, desgajadas del tronco que les daba vida no formarían un enjambre de imprecaciones, revelándose contra el destino inclemente que les había sido adjudicado.No participo de esa superstición que proclama la intangibilidad del libro. Se escriben muchos libros prescindibles, nocivos o meramente memos que no merecerían la recompensa de la letra impresa. Pero estos cementerios de libros nos hablan de un fracaso que atañe a nuestra civilización, convertida en una fábrica insomne de libros sin destinatario, condenados a la destrucción ya desde su nacimiento. Se suele aceptar que la publicación de libros constituye un indicio de desarrollo cultural; a la vista de estos cementerios, podríamos llegar más bien a la conclusión de que se trata de un síntoma preocupante de flatus voci, de hinchazón de palabras, de hipertrofia editorial. Quizá, con la petulancia propia de las sociedades ahítas, estamos creando una plétora cultural que somos incapaces de digerir. Y el hartazgo, como la carestía, también puede ser una expresión de la decadencia.

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