jueves, mayo 11, 2006

La "muerte digna"

viernes 12 de mayo de 2006
La ‘muerte digna’
Óscar Molina
R ESULTA curioso cómo se insertan los debates en la sociedad, la manera en que la actualidad se posa en la opinión pública de una manera fugaz, abriendo y cerrando las mismas disputas de forma intermitente. Los medios de comunicación juegan un papel de moderador en todo esto, pues suya es la capacidad de colocar los temas en la palestra y abrir el turno de opinión con editoriales y artículos de columnistas. En los días pasados ha vuelto al ruedo el toro de la eutanasia. El asunto, lo reconozco, es complicado. Afecta a la libre voluntad de las personas de decidir sobre su propia vida, y tiene prismas de observación religiosos y éticos que lo hacen poco dado al consenso. Yo, personalmente no tengo una rotunda opinión sobre ello, pues me confunde la colisión entre cosas tan respetables como el libre albedrío, aun como en este caso se encuentra llevado al extremo, y el inevitable escalofrío que me produce pensar en la muerte de un ser humano legalizada y tutelada por el Estado. Es un tema éste sobre el que admito y acepto lecciones de opositores y partidarios, aunque ninguno termina de convencerme. Sobre lo que ya no admito tantas enseñanzas es sobre la nauseabunda y aburrida instrumentalización del lenguaje que comienza a ser una epidemia de nuestro tiempo. Los ejemplos son muchos, y en el caso que nos ocupa se concretan en la defensa de la eutanasia como vía para una “muerte digna”. Es ya una especie de fijación lo que tiene la progresía por emplear calificativos que adornen a sus postulados y los sitúen en situación de superioridad respecto a los demás. Y es astuta la técnica, porque si el primer referente de las cosas son las palabras que las designan, la titulación favorable de ciertos dogmas les otorga de partida una supremacía, una especie de trinchera previa que resulta imprescindible asaltar para poder llegar a debatir sobre el fondo. La decisión de un enfermo terminal de acabar con su propia vida no hace más o menos digna a esa muerte. La dignidad no está en eso, ni reside en morir o vivir con sufrimiento o sin él. ¿Por qué razón es más digna la muerte autoinducida y decidida por uno mismo que la que llega de manera natural? ¿La dignidad se mide en términos temporales? ¿Se cuantifica en la sola voluntad? ¿Acaso el esperar la muerte sin adelantarla no es una decisión tan personal como la de adelantar los plazos? ¿Es por ello menos digna, o simplemente indigna? ¿Las muchísimas personas que todos los días deciden luchar contra su enfermedad o se apegan a la vida aunque les suponga una muerte lenta y consciente no dan un ejemplo de dignidad? Es peligroso este uso de calificativos tan querido a nuestros progresistas, porque al calificar a una porción de las convicciones e incluso de las personas de forma tan pomposamente favorable, se cae en la descalificación del resto. Y eso, resulta en cierto modo totalitario. La dignificación podría estar en el acatamiento de la voluntad de quien quiere marcharse de este Mundo por anticipado, ahí sí puedo ver un resquicio de solidez argumental, pero no en calificar directamente de “dignas” a las muertes decididas por uno mismo. Eso es una falacia, y una intencionada distorsión de la semántica para arrimar el ascua a las sardinas ideológicas de la corrección política. Puestos a dignificar muertes, no está de más el negarse en rotundo a conceder a ETA todas y cada una de las pretensiones que la han llevado a provocar la de casi mil personas. Dignifiquemos su muerte haciendo lo posible para que no haya sido en vano. ¿Qué tal? Por otro lado, el tema de la legalización de la eutanasia trae consigo complicaciones que lejos de ser teóricas han resultado probadas con creces. Cuando se legalizó el aborto se hizo bajo una serie de supuestos que pretendían poner coto al aborto libre. Se hizo bajo otra premisa ideológica de lema más castizo, pero igualmente sesgado: ”Nosotras parimos, nosotras decidimos”. Hoy, años después, sabemos por las terribles estadísticas que el aborto en España es libre en la práctica. La regulación no supo evitar el fraude de sí misma, con repugnantes consecuencias. Nadie nos asegura que la ordenación de la eutanasia no venga con su propia puerta trasera bajo el brazo, y las consecuencias las acabe pagando ese abuelete enfermo que no se muere ni a tiros y tiene una jugosa herencia por repartir.

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