viernes 12 de mayo d e0206
Así es el amor
Juan Urrutia
H E estado a punto de entregar este artículo con retraso por la sencilla razón de que esa especie de ondas telefónico-hertzianas que son nexo de unión entre Uds. y yo han sido interrumpidas por una avería casera. Un tropezón probablemente desenchufó algún cable y hasta percatarme creí firmemente en la culpabilidad de Telefónica. Y que puñetas, puede que tenga la culpa por no fabricar cables antitropezones. En otro orden de cosas, quisiera hablarles de hombres y de mujeres. Sí, verán ustedes: me encontraba yo ayer disfrutando de una de las fabulosas mezclas de Dunhill en mi pipa favorita al tiempo que me regocijaba leyendo Julio César, de Shakespeare —pues es ésa y no otra la lectura que debe acompañar a un tabaco tan sabiamente robado por los ingleses a los turcos— cuando una voz femenina en tono acuciante me instó a que fregase los platos. Cómo son las mujeres, jo, jo, jo. A veces hay que complacerlas en esos insignificantes caprichos como las tareas domésticas, por ejemplo. Es curioso lo reticentes que son las mujeres a comprender que dentro de la naturaleza masculina no está el realizar habitualmente esos trabajos pesados, repetitivos y desriñonantes, sobre todo cuando hay ya quien lo haga: la mujer. Llama sin duda la atención lo poco que piensan las mujeres en el bienestar de sus parejas. Donde se cansa uno es inútil que se cansen dos. Y por supuesto, viendo lo bien que se les da bregar con los niños, resulta absurdo que los padres se impliquen en asuntos como la sustitución de pañales o, más adelante, la educación de los retoños salvo para enseñarles a fumar y beber cerveza cuando ya están en una edad interesante así como para dar consejos, absurdos consejos, sobre cómo relacionarse con el sexo femenino. No digamos nada de las vacaciones; si durante las mismas las ellas no siguieran fregoteando, a buen seguro se aburrirían sin actividades con las que estimular su frágil psique. En fin, visto lo visto, yo me voy de vacaciones a Navarra, y les aseguro que voy a permitirle a mi mujer que me traiga un par de huevos con chistorra a la cama para desayunar o que me planche los calcetines. No vaya a ser que caiga en una profunda depresión por no poder atender mis necesidades. Las suyas, supongo que con verme feliz le será suficiente. Así es el amor.
jueves, mayo 11, 2006
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