lunes 2 de abril de 2007
Tal como son
FLORENCIO DOMÍNGUEZ
Arnaldo Otegi viene asegurando en los últimos días que la izquierda abertzale estará en las elecciones «tal como es, sin subterfugios y sin disimulos», sin darse cuenta de que lo primero, presentarse tal como es, no es posible desde que Batasuna fue ilegalizada, y lo segundo, sin disimulos, no es deseable. Lo que se exige a Batasuna no es que disimule lo que es, sino que cambie en un asunto de capital importancia: su vinculación con ETA y la violencia. Mientras pretenda jugar al mismo tiempo la carta de la política y la carta de la violencia, como hizo durante casi veinticinco años, no tendrá espacio dentro del sistema democrático.Los dirigentes de Batasuna intentan presionar a la sociedad y a las instituciones democráticas con la amenaza de que si no se les permite presentarse bajo sus condiciones «no habrá proceso», es decir, seguirá la violencia. Parecen no ser conscientes de que son ellos quienes no tienen alternativa «al proceso», entendido como el intento de poner fin al terrorismo de la manera menos traumática posible. Si no hay avances, los únicos que permanecerán proscritos serán aquellos que se han mostrado incapaces tanto de arrastrar a ETA hacia el abandono de las armas como de distanciarse de la violencia.El Estado sí tiene alternativa: en lugar de seguir intentando negociar con ETA y Batasuna, el Gobierno de Rodríguez Zapatero puede volver a una política de persecución implacable. Puede dar por cerrado el intento en el que se ha volcado prácticamente desde que ganó las elecciones, explicar a los ciudadanos que el esfuerzo ha fracasado y que, puesto que la otra parte no ha entrado en razón, vuelve a perseguir con todos los recursos de la ley a los terroristas y a quienes se cobijan bajo sus alas. Con un anuncio de este tipo, el Gobierno se recuperaría, seguramente, de todo el desgaste que ha sufrido por empeñarse en dialogar con los terroristas. Además, sellaría algunas de las fracturas sociales que se han abierto en España.En esa situación, sin embargo, Batasuna seguiría «tal como es», pero fuera de la ley, mientras que el Estado estaría mucho más atento para evitar que se produjeran nuevos 'disimulos' como ese subterfugio llamado Partido Comunista de las Tierras Vascas o cualquier otra sigla de conveniencia.Los dirigentes de Batasuna estos días se están haciendo merecedores de la misma crítica que Madeleine Albright, secretaria de Estado en el Gobierno de Bill Clinton, dirigía a Yasser Arafat, de quien decía que no perdía la oportunidad de perder una oportunidad.fdominguez@diario-elcorreo.com
domingo, abril 01, 2007
ZpM debe inpedir que ETA dirija la campaña electoral
Zapatero debe impedir que ETA dirija la campaña electoral
Elsemanaldigital.com
2 de abril de 2007. Las Fuerzas de Seguridad del Estado están en máxima alerta por el riesgo de atentados de ETA. A lo largo del fin de semana han proseguido las operaciones antiterroristas que se iniciaron el pasado 28 de marzo, y que han llevado a la desarticulación de un nuevo Comando Donosti, con la detención de casi una decena de terroristas y la incautación de importantes cantidades de armas y explosivos. Todos los partidos políticos democráticos han felicitado a los investigadores por esta operación contra el crimen.El Ministerio de Interior, que dirige Alfredo Pérez Rubalcaba, ha reconocido que las detenciones permitirán aclarar la autoría de más de veinte actos terroristas cometidos entre 2004 y 2006, con lo que implícitamente el Gobierno ha reconocido que durante ese tiempo no hubo ni tregua ni "alto el fuego". Más aún, se han hallado listas de posibles objetivos para atentados inminentes, lo que introduce nuevos factores de incertidumbre en la campaña electoral de cara a los comicios municipales y autonómicos del 27 de mayo.El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sigue considerando abierto el "proceso de paz" y no ha desistido de mantener el diálogo y las negociaciones con los terroristas. ETA, desde el atentado del 30 de diciembre en la T4 del aeropuerto de Barajas, ha dejado claro que el "alto el fuego" y el "proceso" no son definitivos, y que no suponen un cese total de las actividades terroristas. ETA y Batasuna no han ocultado nunca sus objetivos y sus condiciones, y en este momento corresponde a Zapatero decidir sobre el futuro.ETA quiere estar presente en las elecciones, a través de Batasuna o de una fórmula que sustituya al partido ilegalizado. Si Zapatero acepta esa presencia todas las demás concesiones serán posibles, porque no se tratará de una concesión a una banda que deja de matar, sino de una rendición al chantaje de un grupo armado y dispuesto a matar de nuevo en cualquier momento. Los terroristas detenidos tenían bombas lapa listas para su uso contra cualquiera de sus objetivos, y eso sólo tiene un significado: que ETA matará si Zapatero no cede a sus peticiones.Zapatero puede contar con el apoyo del Partido Popular para sacar a ETA de esta campaña electoral, para renunciar a toda concesión y a todo chantaje, y para colocar a los terroristas en su lugar, que es ante los Tribunales de Justicia. Los terroristas no pueden interponerse en el camino del Estado de Derecho, y el poder Ejecutivo que hoy encarna Zapatero no puede emplearse haciendo concesiones de trasfondo partidista. Los españoles quieren ver a sus políticos unidos contra ETA, y no quieren que los que planean hoy atentados decidan mañana la política del Gobierno.
Elsemanaldigital.com
2 de abril de 2007. Las Fuerzas de Seguridad del Estado están en máxima alerta por el riesgo de atentados de ETA. A lo largo del fin de semana han proseguido las operaciones antiterroristas que se iniciaron el pasado 28 de marzo, y que han llevado a la desarticulación de un nuevo Comando Donosti, con la detención de casi una decena de terroristas y la incautación de importantes cantidades de armas y explosivos. Todos los partidos políticos democráticos han felicitado a los investigadores por esta operación contra el crimen.El Ministerio de Interior, que dirige Alfredo Pérez Rubalcaba, ha reconocido que las detenciones permitirán aclarar la autoría de más de veinte actos terroristas cometidos entre 2004 y 2006, con lo que implícitamente el Gobierno ha reconocido que durante ese tiempo no hubo ni tregua ni "alto el fuego". Más aún, se han hallado listas de posibles objetivos para atentados inminentes, lo que introduce nuevos factores de incertidumbre en la campaña electoral de cara a los comicios municipales y autonómicos del 27 de mayo.El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sigue considerando abierto el "proceso de paz" y no ha desistido de mantener el diálogo y las negociaciones con los terroristas. ETA, desde el atentado del 30 de diciembre en la T4 del aeropuerto de Barajas, ha dejado claro que el "alto el fuego" y el "proceso" no son definitivos, y que no suponen un cese total de las actividades terroristas. ETA y Batasuna no han ocultado nunca sus objetivos y sus condiciones, y en este momento corresponde a Zapatero decidir sobre el futuro.ETA quiere estar presente en las elecciones, a través de Batasuna o de una fórmula que sustituya al partido ilegalizado. Si Zapatero acepta esa presencia todas las demás concesiones serán posibles, porque no se tratará de una concesión a una banda que deja de matar, sino de una rendición al chantaje de un grupo armado y dispuesto a matar de nuevo en cualquier momento. Los terroristas detenidos tenían bombas lapa listas para su uso contra cualquiera de sus objetivos, y eso sólo tiene un significado: que ETA matará si Zapatero no cede a sus peticiones.Zapatero puede contar con el apoyo del Partido Popular para sacar a ETA de esta campaña electoral, para renunciar a toda concesión y a todo chantaje, y para colocar a los terroristas en su lugar, que es ante los Tribunales de Justicia. Los terroristas no pueden interponerse en el camino del Estado de Derecho, y el poder Ejecutivo que hoy encarna Zapatero no puede emplearse haciendo concesiones de trasfondo partidista. Los españoles quieren ver a sus políticos unidos contra ETA, y no quieren que los que planean hoy atentados decidan mañana la política del Gobierno.
Carmen Posadas, La timidez, esa tonta enfermedad crónica
lunes 2 de abril de 2007
Carmen Posadas
La timidez, esa tonta enfermedad crónica
«Oye, pero si es simpática y todo...» «Fíjate, de cerca no parece tan tonta...» «Pues para mí que es una estirada, no hay más que verla.» Sospecho que nunca llegamos a conocernos realmente y menos aún logramos conocer la opinión del resto de las personas sobre nuestro carácter y personalidad. Lo digo porque, desde que empecé a tener una cierta presencia pública, y más aún desde que los viajes me permiten tener contacto con gente muy diversa, descubrí, gracias a sus comentarios, que bastante gente me ve, o (quiero creer) me veía, como una persona soberbia y distante. En pocas palabras, como una antipática presuntuosa. Claro que también he conocido a otras que no; pero el hecho de que algunos me pudieran catalogar como una tontaina de esas que van por el mundo de divinas, no sólo me ha hecho pensar, sino ratificar un temor muy antiguo en mí. Aquellos de ustedes que se consideren tímidos seguro que comprenderán lo que voy a decir. Nosotros, los tímidos, los que vamos por la vida con la incómoda carga de este estúpido defecto, los que como yo, al entrar en un recinto lleno de personas, tienen que respirar hondo, colgarse una sonrisa trémula y recitar mentalmente algo así como «vamos, Carmencita, no te cortes, adelante, tú puedes» sufrimos una doble maldición. Por un lado, lo pasamos muy mal ante el simple hecho de tener que saludar o dirigirnos a alguien y, por otro, al no ser muy hábiles en tal empresa, nuestra timidez acaba confundiéndose con frialdad, antipatía e incluso con soberbia. Recuerdo que cuando dejé la infancia para convertirme en adolescente, creía que la timidez era un defecto que se curaba con la edad. Por eso, cuando un chico me hablaba y yo en respuesta acababa derramándole encima un vaso de coca-cola de puro nerviosa, me consolaba pensando que más adelante mejoraría. También pensaba «no importa, ya se me pasará» cuando, al tener que expresar una idea en voz alta en una reunión, no acertaba a decir nada más que una sarta de sandeces atropelladas. Pero no se me ha pasado. El único descubrimiento que he hecho es que mi timidez desaparece sólo en ciertas ocasiones relacionadas con mi profesión. Ante una cámara de televisión, por ejemplo, en entrevistas mano a mano o a la hora de firmar libros. Alguna vez he llegado a pensar que la razón de una timidez tan selectiva es que, en esas ocasiones, no tengo más remedio que salir al ruedo. Supongo que algo parecido debe de ocurrirles a los toreros: se abre la puerta del toril y no tienen más remedio que torear o los pilla el miura; sin embargo, no creo que ésta sea la explicación correcta. Lo más plausible, pienso yo, es que, llegada la edad adulta, a uno le producen timidez ciertas cosas y otras, no. A mi ex marido, por ejemplo, que es uno de los hombres más desinhibidos que conozco, le da un corte terrible ir al supermercado y que lo puedan ver con el carrito lleno de lentejas, verduras o cajas de Dixan. Otra amiga muy extrovertida dice que ella, si le pusieran una cámara de televisión delante, no podría articular palabra y no comprende por qué yo, que en la vida normal soy casi muda (no es broma, lo soy), hablo por los codos cuando salgo en la tele. Cada cual tiene su momento de rubor incontenible y la timidez, mucho me temo, es una enfermedad crónica: no se cura, ni siquiera se mejora, pero uno sí puede buscar situaciones que no le resulten embarazosas y que le permitan exponer su mejor ‘yo’. Por el contrario, intentar vencerla es tarea inútil, créanme, llevo años intentándolo y no lo consigo. Lo más que se logra es pergeñar algunos trucos para que no se note tanto. Así que, si alguna vez me encuentro con uno de ustedes y no me lanzo a sus brazos como un político en campaña electoral, por favor, no me lo tengan en cuenta, no es soberbia, sino, simplemente, timidez estúpida.
Carmen Posadas
La timidez, esa tonta enfermedad crónica
«Oye, pero si es simpática y todo...» «Fíjate, de cerca no parece tan tonta...» «Pues para mí que es una estirada, no hay más que verla.» Sospecho que nunca llegamos a conocernos realmente y menos aún logramos conocer la opinión del resto de las personas sobre nuestro carácter y personalidad. Lo digo porque, desde que empecé a tener una cierta presencia pública, y más aún desde que los viajes me permiten tener contacto con gente muy diversa, descubrí, gracias a sus comentarios, que bastante gente me ve, o (quiero creer) me veía, como una persona soberbia y distante. En pocas palabras, como una antipática presuntuosa. Claro que también he conocido a otras que no; pero el hecho de que algunos me pudieran catalogar como una tontaina de esas que van por el mundo de divinas, no sólo me ha hecho pensar, sino ratificar un temor muy antiguo en mí. Aquellos de ustedes que se consideren tímidos seguro que comprenderán lo que voy a decir. Nosotros, los tímidos, los que vamos por la vida con la incómoda carga de este estúpido defecto, los que como yo, al entrar en un recinto lleno de personas, tienen que respirar hondo, colgarse una sonrisa trémula y recitar mentalmente algo así como «vamos, Carmencita, no te cortes, adelante, tú puedes» sufrimos una doble maldición. Por un lado, lo pasamos muy mal ante el simple hecho de tener que saludar o dirigirnos a alguien y, por otro, al no ser muy hábiles en tal empresa, nuestra timidez acaba confundiéndose con frialdad, antipatía e incluso con soberbia. Recuerdo que cuando dejé la infancia para convertirme en adolescente, creía que la timidez era un defecto que se curaba con la edad. Por eso, cuando un chico me hablaba y yo en respuesta acababa derramándole encima un vaso de coca-cola de puro nerviosa, me consolaba pensando que más adelante mejoraría. También pensaba «no importa, ya se me pasará» cuando, al tener que expresar una idea en voz alta en una reunión, no acertaba a decir nada más que una sarta de sandeces atropelladas. Pero no se me ha pasado. El único descubrimiento que he hecho es que mi timidez desaparece sólo en ciertas ocasiones relacionadas con mi profesión. Ante una cámara de televisión, por ejemplo, en entrevistas mano a mano o a la hora de firmar libros. Alguna vez he llegado a pensar que la razón de una timidez tan selectiva es que, en esas ocasiones, no tengo más remedio que salir al ruedo. Supongo que algo parecido debe de ocurrirles a los toreros: se abre la puerta del toril y no tienen más remedio que torear o los pilla el miura; sin embargo, no creo que ésta sea la explicación correcta. Lo más plausible, pienso yo, es que, llegada la edad adulta, a uno le producen timidez ciertas cosas y otras, no. A mi ex marido, por ejemplo, que es uno de los hombres más desinhibidos que conozco, le da un corte terrible ir al supermercado y que lo puedan ver con el carrito lleno de lentejas, verduras o cajas de Dixan. Otra amiga muy extrovertida dice que ella, si le pusieran una cámara de televisión delante, no podría articular palabra y no comprende por qué yo, que en la vida normal soy casi muda (no es broma, lo soy), hablo por los codos cuando salgo en la tele. Cada cual tiene su momento de rubor incontenible y la timidez, mucho me temo, es una enfermedad crónica: no se cura, ni siquiera se mejora, pero uno sí puede buscar situaciones que no le resulten embarazosas y que le permitan exponer su mejor ‘yo’. Por el contrario, intentar vencerla es tarea inútil, créanme, llevo años intentándolo y no lo consigo. Lo más que se logra es pergeñar algunos trucos para que no se note tanto. Así que, si alguna vez me encuentro con uno de ustedes y no me lanzo a sus brazos como un político en campaña electoral, por favor, no me lo tengan en cuenta, no es soberbia, sino, simplemente, timidez estúpida.
Carlos Herrera, La violinista del Floridita
lunes 2 de abril de 2007
Carlos Herrera
La violinista del Floridita
Mi memoria la viste siempre de crema y blanco. Hace más de un mes que no la veo y, sin embargo, la oigo todos los días. Es un junco remoreno sujeto a un viejo violín de madera al que, retorciéndolo, le consigue todos los aromas de la isla. Acompañada de su hermano y dos músicos más, Elisabet Corrales se deja caer tres o cuatro veces por semana por el Floridita, allá en la esquina de Obispo y Monserrate, y repasa con su media voz de cobre viejo el cancionero popular que va de Pinar del Río hasta Santiago de Cuba. Sus ojos aparentan tener unos doscientos años de amaneceres agitados; su rostro es fronterizo, a lomos entre lo negro, lo blanco y lo moreno; sus manos afiladas son en sí mismas un violín con surcos; su sonreír es de aquellos que despunta lo verde e inunda de pájaros los huertos, y su voz, a cuyos andamios sigo subido, es, como ya digo, un tímido trueno solamente apuntado tras el balanceo del arco. Los que han descubierto el Floridita sin necesidad de Hemingway saben por sí solos que se encuentran en uno de los siete bares más famosos del mundo y, aunque no sepan el nombre de los otros seis, saben que están en el lugar adecuado, en el que pasaron cosas, en el que bebieron los más borrachos artistas, las más bellas prostitutas, las actrices más legendarias y, por supuesto, el sarampión Hemingway, como lo define Senel Paz, algo que tienes que pasar en algún momento de tu vida. Senel, escritor y guionista de Fresa y chocolate, cuenta que en ese momento de sarampión sólo quieres leer y saber y hablar de Hemingway e ir al Floridita y a Cojímar y escribir por la técnica del iceberg, ésa según la cual él ponía un octavo de la historia y tú, los siete octavos restantes, aunque el que cobrara el total de los derechos de autor de los ocho octavos fuese él. Elisabet toca el violín para el turismo de mochila y bermudas que, mayormente, abarrota ese mismo local que se abrió con la llegada del hielo a La Habana y en el que Miguel Boadas servía cócteles a principios de siglo pasado, antes de viajar a Barcelona y fundar en Las Ramblas la mítica coctelería que lleva su nombre. Ella es capaz de hacerte sentir la mano de Yolanda, tu mano, o de que te preguntes seriamente intrigado de dónde son los cantantes, si son de la loma y cantan el llano, o que lamentes que te haya dejado en el abandono y sufras la inmensa pena de su extravío. Es capaz de transmitirte al cuerpo el temblor de sus cuerdas breves, pero bravas, y de despertar para bien del daiquiri los cuchillos dormidos del paladar. Uno quisiera hamacarse en el cobijo de un recodo del comedor y hacerse estatua que todo lo oye y codearse con los espíritus de Errol Flyn, de Spencer Tracy, de Rocky Marciano, de Dominguín, de Ava Gardner, de Tennessee Williams, que aún bailotean y beben al fondo del local, ajenos a su propia despedida última. Elisabet y sus tres acompañantes, resguardados tras la sonrisa caliente de las Antillas, se hacen llamar Los Cuatro Hermanos y andan trasteando una grabación que poder vender en esas actuaciones en las que consiguen que los bebedores ocasionales de hielo picado, ron blanco y azúcar olviden el peso histórico del local y les presten atención desde cualquier ángulo en el que se hayan sentado a fotografiarse. Ella se graduó en el conservatorio correspondiente y podría tocar en la sinfónica de turno, pero en el reparto planificado del trabajo de aquella maravilla de sistema le toca entretener a los visitantes acompañada de otros tres músicos magníficos; no de granja, no de escuela, pero magníficos. Me acuerdo ahora de Rafaela Chacón Nardi, monumental poetisa cubana, cuando escribió su Poema a Cuba desde lejos, y siento la tentación de ponerle música de violín, la más solitaria, la más melancólica: «Mi corazón te ciñe de amor cada mañana, patria de las espumas, tierra pequeña y tibia». Si la ven, denle recuerdos.
Carlos Herrera
La violinista del Floridita
Mi memoria la viste siempre de crema y blanco. Hace más de un mes que no la veo y, sin embargo, la oigo todos los días. Es un junco remoreno sujeto a un viejo violín de madera al que, retorciéndolo, le consigue todos los aromas de la isla. Acompañada de su hermano y dos músicos más, Elisabet Corrales se deja caer tres o cuatro veces por semana por el Floridita, allá en la esquina de Obispo y Monserrate, y repasa con su media voz de cobre viejo el cancionero popular que va de Pinar del Río hasta Santiago de Cuba. Sus ojos aparentan tener unos doscientos años de amaneceres agitados; su rostro es fronterizo, a lomos entre lo negro, lo blanco y lo moreno; sus manos afiladas son en sí mismas un violín con surcos; su sonreír es de aquellos que despunta lo verde e inunda de pájaros los huertos, y su voz, a cuyos andamios sigo subido, es, como ya digo, un tímido trueno solamente apuntado tras el balanceo del arco. Los que han descubierto el Floridita sin necesidad de Hemingway saben por sí solos que se encuentran en uno de los siete bares más famosos del mundo y, aunque no sepan el nombre de los otros seis, saben que están en el lugar adecuado, en el que pasaron cosas, en el que bebieron los más borrachos artistas, las más bellas prostitutas, las actrices más legendarias y, por supuesto, el sarampión Hemingway, como lo define Senel Paz, algo que tienes que pasar en algún momento de tu vida. Senel, escritor y guionista de Fresa y chocolate, cuenta que en ese momento de sarampión sólo quieres leer y saber y hablar de Hemingway e ir al Floridita y a Cojímar y escribir por la técnica del iceberg, ésa según la cual él ponía un octavo de la historia y tú, los siete octavos restantes, aunque el que cobrara el total de los derechos de autor de los ocho octavos fuese él. Elisabet toca el violín para el turismo de mochila y bermudas que, mayormente, abarrota ese mismo local que se abrió con la llegada del hielo a La Habana y en el que Miguel Boadas servía cócteles a principios de siglo pasado, antes de viajar a Barcelona y fundar en Las Ramblas la mítica coctelería que lleva su nombre. Ella es capaz de hacerte sentir la mano de Yolanda, tu mano, o de que te preguntes seriamente intrigado de dónde son los cantantes, si son de la loma y cantan el llano, o que lamentes que te haya dejado en el abandono y sufras la inmensa pena de su extravío. Es capaz de transmitirte al cuerpo el temblor de sus cuerdas breves, pero bravas, y de despertar para bien del daiquiri los cuchillos dormidos del paladar. Uno quisiera hamacarse en el cobijo de un recodo del comedor y hacerse estatua que todo lo oye y codearse con los espíritus de Errol Flyn, de Spencer Tracy, de Rocky Marciano, de Dominguín, de Ava Gardner, de Tennessee Williams, que aún bailotean y beben al fondo del local, ajenos a su propia despedida última. Elisabet y sus tres acompañantes, resguardados tras la sonrisa caliente de las Antillas, se hacen llamar Los Cuatro Hermanos y andan trasteando una grabación que poder vender en esas actuaciones en las que consiguen que los bebedores ocasionales de hielo picado, ron blanco y azúcar olviden el peso histórico del local y les presten atención desde cualquier ángulo en el que se hayan sentado a fotografiarse. Ella se graduó en el conservatorio correspondiente y podría tocar en la sinfónica de turno, pero en el reparto planificado del trabajo de aquella maravilla de sistema le toca entretener a los visitantes acompañada de otros tres músicos magníficos; no de granja, no de escuela, pero magníficos. Me acuerdo ahora de Rafaela Chacón Nardi, monumental poetisa cubana, cuando escribió su Poema a Cuba desde lejos, y siento la tentación de ponerle música de violín, la más solitaria, la más melancólica: «Mi corazón te ciñe de amor cada mañana, patria de las espumas, tierra pequeña y tibia». Si la ven, denle recuerdos.
Manuel de Prada, Perversiones cinéfilas
lunes 2 de abril de 2007
Manuel de Prada
Perversiones cinéfilas
Una de las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me pregunta entre divertida y escandalizada cómo es posible que concilie un gusto tan exigente (tan intransigente incluso) en materia cinematográfica con una confesa debilidad por el cine más cutrón, por los subgéneros más cochambrosos, por los directores más denodadamente chapuceros. «¿Cómo se puede amar a Mizoguchi o John Ford cuando al mismo tiempo se disfruta con los bodrios de Uwe Boll?», me pregunta mi muy perspicaz o malévola lectora, a quien no han pasado inadvertidos los ditirambos que hace algunos meses dediqué en esta misma tribuna a quien algunos consideran el Ed Wood contemporáneo. Sin pretenderlo acaso, esta lectora ha metido la mano en la llaga de mis más recónditas contradicciones; trataré de explicar ahora en unas pocas líneas (seguro que infructuosamente) la razón de esta curiosa variante de perversión cinéfila. Quien más y quien menos se ha sorprendido en alguna ocasión entretenido en algún pasatiempo que en teoría abomina; o seducido por una persona (en el terreno de las ideas, pero también en el terreno de la más estricta atracción carnal) que en modo alguno encaja entre sus preferencias, o que ni siquiera le cae simpática. Cuando tan inesperadas querencias trastornan nuestras rutinas, solemos rehuirlas con perplejidad o extrañeza; o, en todo caso, sucumbimos a ellas como quien paladea por primera y única vez en su vida una fruta exótica cuyo sabor intuimos que nos desagradará. Algunos probamos esa fruta exótica y comprobamos, en efecto, que su sabor es tan disuasorio como su aspecto magullado; pero en lugar de conformarnos con haber satisfecho nuestra curiosidad, volvemos a probar la fruta de marras una y otra vez, hasta que nos acostumbramos a su sabor desabrido, hasta que ese desabrimiento logra convertirse en la forma más secreta y voluptuosa de dulzura. Nuestra recién adquirida debilidad por esa fruta exótica no nos hace renegar, sin embargo, del sabor de naranjas y manzanas; más bien al contrario, nos ayuda a ponderarlo con más rendida delectación. Tan sólo hemos conseguido que nuestro paladar acepte sabores en apariencia antípodas. No negaré que en esta contradictoria predilección por el cine ‘de caspa y ensayo’ (según sublime acuñación del maestro Jess Frank) pueda subyacer una aberración de la sensibilidad. Suele ocurrir que los estetas, aquellos artistas que más han indagado el secreto de la belleza, que más han estudiado sus cánones y proporciones, acaben desarrollando un gusto enfermizo y obcecado hacia lo monstruoso, hacia lo que transgrede las convenciones del buen gusto, hacia lo deforme y lo purulento. Pero más bien prefiero pensar que en esta perversión cinéfila (que, en ciertos momentos de éxtasis o embobamiento, puede incluso degenerar en friquismo desmelenado) concurre cierta visión subversiva del arte, o cierto afán por conocer más profundamente los límites del propio arte. Siempre he pensado que la necesidad actúa sobre el artista como un acicate de su ingenio; esta máxima, aplicada a la creación cinematográfica, me ha llevado a explorar los recursos que los maestros han utilizado en circunstancias de penuria, cuando se veían obligados a rodar en muy pocos días o con un presupuesto ínfimo que apenas cubría los cafés. Una vez colmada esta curiosidad, se apoderó de mí otra mucho más morbosa o retorcida: puesto que ya sabía lo que los maestros habían hecho ante situaciones peliagudas, me faltaba examinar lo que los antimaestros habían probado en parecidas o aún más extremas circunstancias. Y así descubrí la fascinación hipnótica, arrebatadora, entre onírica y lisérgica, que puede proporcionar una película cutre si se mira con los ojos del asombro, con los ojos de un espeleólogo que se adentra en aguas abisales, allá donde le aguardan faunas nunca catalogadas, tal vez convalecientes de algún escape atómico que introdujo indescifrables alteraciones genéticas en su organismo. Al principio, la contemplación de estas aberraciones fílmicas puede causar aprensión y desasosiego; pero, una vez admitidas las infracciones de las convenciones fílmicas al uso, uno puede disfrutar de ellas como el espeleólogo disfrutaría de un repentino arrecife de coral (mutante, por supuesto). Les advierto que, una vez que nos hemos adentrado en las aguas de la perversión cinéfila, el deseo de volvernos a zambullir puede convertirse en insoportable síndrome de abstinencia, a poco que nos resistamos. Y es que hay vicios que enganchan más que la heroína.
Manuel de Prada
Perversiones cinéfilas
Una de las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan me pregunta entre divertida y escandalizada cómo es posible que concilie un gusto tan exigente (tan intransigente incluso) en materia cinematográfica con una confesa debilidad por el cine más cutrón, por los subgéneros más cochambrosos, por los directores más denodadamente chapuceros. «¿Cómo se puede amar a Mizoguchi o John Ford cuando al mismo tiempo se disfruta con los bodrios de Uwe Boll?», me pregunta mi muy perspicaz o malévola lectora, a quien no han pasado inadvertidos los ditirambos que hace algunos meses dediqué en esta misma tribuna a quien algunos consideran el Ed Wood contemporáneo. Sin pretenderlo acaso, esta lectora ha metido la mano en la llaga de mis más recónditas contradicciones; trataré de explicar ahora en unas pocas líneas (seguro que infructuosamente) la razón de esta curiosa variante de perversión cinéfila. Quien más y quien menos se ha sorprendido en alguna ocasión entretenido en algún pasatiempo que en teoría abomina; o seducido por una persona (en el terreno de las ideas, pero también en el terreno de la más estricta atracción carnal) que en modo alguno encaja entre sus preferencias, o que ni siquiera le cae simpática. Cuando tan inesperadas querencias trastornan nuestras rutinas, solemos rehuirlas con perplejidad o extrañeza; o, en todo caso, sucumbimos a ellas como quien paladea por primera y única vez en su vida una fruta exótica cuyo sabor intuimos que nos desagradará. Algunos probamos esa fruta exótica y comprobamos, en efecto, que su sabor es tan disuasorio como su aspecto magullado; pero en lugar de conformarnos con haber satisfecho nuestra curiosidad, volvemos a probar la fruta de marras una y otra vez, hasta que nos acostumbramos a su sabor desabrido, hasta que ese desabrimiento logra convertirse en la forma más secreta y voluptuosa de dulzura. Nuestra recién adquirida debilidad por esa fruta exótica no nos hace renegar, sin embargo, del sabor de naranjas y manzanas; más bien al contrario, nos ayuda a ponderarlo con más rendida delectación. Tan sólo hemos conseguido que nuestro paladar acepte sabores en apariencia antípodas. No negaré que en esta contradictoria predilección por el cine ‘de caspa y ensayo’ (según sublime acuñación del maestro Jess Frank) pueda subyacer una aberración de la sensibilidad. Suele ocurrir que los estetas, aquellos artistas que más han indagado el secreto de la belleza, que más han estudiado sus cánones y proporciones, acaben desarrollando un gusto enfermizo y obcecado hacia lo monstruoso, hacia lo que transgrede las convenciones del buen gusto, hacia lo deforme y lo purulento. Pero más bien prefiero pensar que en esta perversión cinéfila (que, en ciertos momentos de éxtasis o embobamiento, puede incluso degenerar en friquismo desmelenado) concurre cierta visión subversiva del arte, o cierto afán por conocer más profundamente los límites del propio arte. Siempre he pensado que la necesidad actúa sobre el artista como un acicate de su ingenio; esta máxima, aplicada a la creación cinematográfica, me ha llevado a explorar los recursos que los maestros han utilizado en circunstancias de penuria, cuando se veían obligados a rodar en muy pocos días o con un presupuesto ínfimo que apenas cubría los cafés. Una vez colmada esta curiosidad, se apoderó de mí otra mucho más morbosa o retorcida: puesto que ya sabía lo que los maestros habían hecho ante situaciones peliagudas, me faltaba examinar lo que los antimaestros habían probado en parecidas o aún más extremas circunstancias. Y así descubrí la fascinación hipnótica, arrebatadora, entre onírica y lisérgica, que puede proporcionar una película cutre si se mira con los ojos del asombro, con los ojos de un espeleólogo que se adentra en aguas abisales, allá donde le aguardan faunas nunca catalogadas, tal vez convalecientes de algún escape atómico que introdujo indescifrables alteraciones genéticas en su organismo. Al principio, la contemplación de estas aberraciones fílmicas puede causar aprensión y desasosiego; pero, una vez admitidas las infracciones de las convenciones fílmicas al uso, uno puede disfrutar de ellas como el espeleólogo disfrutaría de un repentino arrecife de coral (mutante, por supuesto). Les advierto que, una vez que nos hemos adentrado en las aguas de la perversión cinéfila, el deseo de volvernos a zambullir puede convertirse en insoportable síndrome de abstinencia, a poco que nos resistamos. Y es que hay vicios que enganchan más que la heroína.
Perez Reverte, Bandoleros de cuatro patas
lunes 2 de abril de 2007
Arturo Pérez-Reverte
Bandoleros de cuatro patas
Salió el otro día en la tele: un aprisco de ovejas tras la incursión nocturna de una jauría de perros asilvestrados. Impresionaba el desconcierto desolado de los pastores junto a los pobres animales muertos o moribundos, acurrucados con el cuello deshecho, la carne viva y ensangrentada, aún palpitante, al descubierto. Como si en vez de perros se hubiera colado en el corral, por la noche, un grupo de carniceros serbios. Llegaron en la oscuridad, contaba uno de los pastores, excavando con astucia bajo la valla metálica, y se lanzaron a la matanza con evidentes ganas de hacer daño. Por las huellas eran siete u ocho, y dos de ellos fueron acorralados y capturados por la Guardia Civil en el monte cercano, todavía con sangre en el hocico. La cámara los mostraba atados y encerrados en un patio. Uno era grande, amastinado, de mandíbulas poderosas, y alzaba la cabeza con firmeza y desafío, como diciendo «lo haría otra vez en cuanto me soltarais». El otro era un tiñalpilla menudo, paticorto, de ojos grandes y oscuros, que miraba a la cámara con el aire arrepentido y lastimero de un Lute de cuatro patas; al estilo de esos delincuentes que, al pillarlos con las manos en la masa, dicen que roban o matan porque tienen hambre y la sociedad los hizo como son. El destino de ambos reclusos estaba claro: pruebas veterinarias y sacrificio. No pude evitar asociarlos con una pareja de presidiarios convictos en el corredor de la muerte, el duro que mantiene el tipo, y el tímido y asustado que, hasta el final, intenta convencernos de que es inocente. Supongo que a la hora de teclear estas líneas ya estarán muertos. Me quedó algo de esos perros, sin embargo. Una sensación extraña, incómoda, que me lleva a hablar hoy de ellos. En primer lugar, porque la muerte de ciertos seres humanos me tiene a veces sin cuidado; pero la de un perro no me deja nunca indiferente. Siempre sostuve que esos animales son mejores que las personas, y que cuando uno de nosotros desaparece del mapa, el mundo no pierde gran cosa; a veces, incluso, se libera de un verdugo o de un imbécil. Pero cada vez que muere un buen perro, todo se vuelve más desleal y sombrío. Lo de buenos o malos perros también es relativo. La mayor parte de las veces, lo que separa a uno heroico y bondadoso de otro majara, o asesino, no es más que la confusa y compleja línea que separa a un amo normal de un hijo de la gran puta. Porque los perros son, casi siempre, como los humanos los hacemos. En eso pienso ahora, con el mastín tipo duro y el chusquelillo de ojos melancólicos nítidos en el recuerdo. No es la primera vez que perros asilvestrados salen en los periódicos o en el telediario. Y siempre me quedo pensando mucho rato en esas jaurías espontáneas, formadas por chuchos supervivientes de las cunetas y las autopistas, que tras verse abandonados por sus amos sobreviven al calor, a la sed, al hambre, a la soledad; y lamiendo sus llagas terminan juntándose, para su fortuna, con otros hermanos de exilio, con otros proscritos que, igual que ellos, pasaron de ser cachorrillos mimados un día de Reyes a presencia molesta en casa de amos irresponsables, para terminar siendo abandonados a su suerte en un mundo difícil para el que nadie los había preparado. Un territorio hostil que ni conocían ni imaginaban. Por eso, para calmar la tristeza que me produce ese pensamiento y no conmoverme demasiado, prefiero creer que esos perros que, precisos y letales, atacaron el aprisco con objeto de comer un poco y matar mucho, poseen inteligencia suficiente para saber lo que hacían. No quiero pensar en accidente, o azar. Prefiero imaginarlo todo como venganza de un grupo salvaje, de una jauría asesina formada por los que en otro tiempo fueron tiernos cachorros, y ahora, maltratados, abandonados, proscritos por dueños que les dieron un cruel amago de felicidad antes de sumirlos en el estupor y la soledad, atacan y matan sin piedad, por ansia de revancha, por simple sed de sangre, aunque el precio sea acabar luego como los dos colegas del telediario, el mastín y el paticorto, en manos de la Guardia Civil. Que tampoco es mal final, por cierto, después de haber visto arder naves más allá de Orión y todo eso, corriendo libres por los campos, cazando, matando y lo que se tercie –supongo que también habrá perras guapas en esas jaurías–. Ajustando cuentas, en fin, como una partida de bandoleros sin ley ni amo, devueltos a la barbarie, echados al monte por la injusticia y la estúpida maldad de los hombres.
Arturo Pérez-Reverte
Bandoleros de cuatro patas
Salió el otro día en la tele: un aprisco de ovejas tras la incursión nocturna de una jauría de perros asilvestrados. Impresionaba el desconcierto desolado de los pastores junto a los pobres animales muertos o moribundos, acurrucados con el cuello deshecho, la carne viva y ensangrentada, aún palpitante, al descubierto. Como si en vez de perros se hubiera colado en el corral, por la noche, un grupo de carniceros serbios. Llegaron en la oscuridad, contaba uno de los pastores, excavando con astucia bajo la valla metálica, y se lanzaron a la matanza con evidentes ganas de hacer daño. Por las huellas eran siete u ocho, y dos de ellos fueron acorralados y capturados por la Guardia Civil en el monte cercano, todavía con sangre en el hocico. La cámara los mostraba atados y encerrados en un patio. Uno era grande, amastinado, de mandíbulas poderosas, y alzaba la cabeza con firmeza y desafío, como diciendo «lo haría otra vez en cuanto me soltarais». El otro era un tiñalpilla menudo, paticorto, de ojos grandes y oscuros, que miraba a la cámara con el aire arrepentido y lastimero de un Lute de cuatro patas; al estilo de esos delincuentes que, al pillarlos con las manos en la masa, dicen que roban o matan porque tienen hambre y la sociedad los hizo como son. El destino de ambos reclusos estaba claro: pruebas veterinarias y sacrificio. No pude evitar asociarlos con una pareja de presidiarios convictos en el corredor de la muerte, el duro que mantiene el tipo, y el tímido y asustado que, hasta el final, intenta convencernos de que es inocente. Supongo que a la hora de teclear estas líneas ya estarán muertos. Me quedó algo de esos perros, sin embargo. Una sensación extraña, incómoda, que me lleva a hablar hoy de ellos. En primer lugar, porque la muerte de ciertos seres humanos me tiene a veces sin cuidado; pero la de un perro no me deja nunca indiferente. Siempre sostuve que esos animales son mejores que las personas, y que cuando uno de nosotros desaparece del mapa, el mundo no pierde gran cosa; a veces, incluso, se libera de un verdugo o de un imbécil. Pero cada vez que muere un buen perro, todo se vuelve más desleal y sombrío. Lo de buenos o malos perros también es relativo. La mayor parte de las veces, lo que separa a uno heroico y bondadoso de otro majara, o asesino, no es más que la confusa y compleja línea que separa a un amo normal de un hijo de la gran puta. Porque los perros son, casi siempre, como los humanos los hacemos. En eso pienso ahora, con el mastín tipo duro y el chusquelillo de ojos melancólicos nítidos en el recuerdo. No es la primera vez que perros asilvestrados salen en los periódicos o en el telediario. Y siempre me quedo pensando mucho rato en esas jaurías espontáneas, formadas por chuchos supervivientes de las cunetas y las autopistas, que tras verse abandonados por sus amos sobreviven al calor, a la sed, al hambre, a la soledad; y lamiendo sus llagas terminan juntándose, para su fortuna, con otros hermanos de exilio, con otros proscritos que, igual que ellos, pasaron de ser cachorrillos mimados un día de Reyes a presencia molesta en casa de amos irresponsables, para terminar siendo abandonados a su suerte en un mundo difícil para el que nadie los había preparado. Un territorio hostil que ni conocían ni imaginaban. Por eso, para calmar la tristeza que me produce ese pensamiento y no conmoverme demasiado, prefiero creer que esos perros que, precisos y letales, atacaron el aprisco con objeto de comer un poco y matar mucho, poseen inteligencia suficiente para saber lo que hacían. No quiero pensar en accidente, o azar. Prefiero imaginarlo todo como venganza de un grupo salvaje, de una jauría asesina formada por los que en otro tiempo fueron tiernos cachorros, y ahora, maltratados, abandonados, proscritos por dueños que les dieron un cruel amago de felicidad antes de sumirlos en el estupor y la soledad, atacan y matan sin piedad, por ansia de revancha, por simple sed de sangre, aunque el precio sea acabar luego como los dos colegas del telediario, el mastín y el paticorto, en manos de la Guardia Civil. Que tampoco es mal final, por cierto, después de haber visto arder naves más allá de Orión y todo eso, corriendo libres por los campos, cazando, matando y lo que se tercie –supongo que también habrá perras guapas en esas jaurías–. Ajustando cuentas, en fin, como una partida de bandoleros sin ley ni amo, devueltos a la barbarie, echados al monte por la injusticia y la estúpida maldad de los hombres.
Antonio Parra, Del Rey abajo, ninguno
lunes 2 de abril de 2007
Del rey abajo, ninguno
Antonio Parra
E L honor, la honra, los celos hasta los cielos, violencia de género, malos tratos, vejámenes, la maté porque era mía etc., un tema actual pero que en realidad es tan antiguo como el mundo y que sería venero de inspiración para el gran teatro de nuestro Siglo de Oro. Lope de Vega lo acomete poniendo a contribución toda su carpintería escénica. Lo perfecciona Calderón pero el género alcanza su apoteosis dramática en un autor que ha pasado por segundón y cuyo cuarto centenario se conmemora este año: Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648). Nacido en Toledo murió en la Villa y Corte a mano airada. Entre medias, una mujer y un marido engañado. Hay un estro profético en la buena literatura. A veces los vagos presentimientos, ese quid divinum e inefable del genio, que se pergeñan en los libros se trasladan a la vida real en hechos concretos y Rojas Zorrilla perdió la vida de la misma forma que uno de sus personajes: don Mendo el antagonista de su famoso drama “Del Rey abajo ninguno”. La trama es muy sencilla: el honrado labrador García del Castañar- presentación- que toma parte en el asalto a la plaza de Algeciras es recompensado por Alfonso XI con un mayorazgo. El rey o alguien que se hace pasar por el monarca va a visitar al vasallo, retirado a sus posesiones, a su aldea donde pasa su modesto vivir, ni envidiado ni envidioso villano en su rincón, en la paz del campo, ajeno a que tan alta visita iba a traumatizar su existencia al completo. El labrador honrado como es natural lo agasaja con hidalguía pero al parecer el invitado abusa de su hospitalidad. He aquí que una noche ve salir de los aposentos de su esposa a un caballero que llevaba la banda (una especie de estola cruzada que era el distintivo de la dignidad real entre los monarcas castellanos) regia. El marido burlado sale en pos del intruso pero no es capaz de alcanzarlo y quiere matar a su esposa que se acoge bajo la jurisdicción de Alfonso XI en Toledo. Aquí viene el nudo de la cuestión: los sentimientos encontrados de Rodrigo entre la lealtad al soberano – y entonces se consideraba a la monarquía institución de derecho divino, por lo que el rey tenía potestad sobre las vidas, cuerpos y haciendas de sus súbditos, el derecho de pernada incluso- y lavar la mancha inferida a su honra pugnan entre sí. Asistimos a la cumbre dramática del “pathos” Realizadas las debidas pesquisas ( aquí viene el desenlace) , el marido engañado descubre que el burlador de su mujer no era don Alfonso sino un tal don Mendo que se había hecho pasar por el rey, colocándose su divisa o la insignia real para acceder a los aposentos de doña Blanca. La pobre señora, tratándose del monarca absoluto, no se podía negar a sus halagos. He aquí otro dato curioso: en el paroxismo del absolutismo muchos maridos se sentían halagados en consentir el acceso carnal de su esposa con el soberano y es por esto por lo que a Felipe IV se le llegaron a contabilizar hasta ochenta vástagos naturales. Y estamos en España, la tierra del honor calderoniano, oiga. Un país enigma. Rodrigo va en busca de Mendo lo desafía y lo mata y con la espada tinta en sangre se presenta ante Su Majestad y recita los famosos versos que sirvieron para caracterizar el aferrado temple castellano: -“En tanto mi cuello esté Sobre mis hombros robustos No he de permitir me agravie Del rey abajo ninguno” Famosa frase que hizo raza pero la honra ¿Dónde la tenemos los hombres? En las partes blandas, por lo visto. No es una creencia cristiana. Se trata de un concepto germánico que imperó entre los pueblos al otro lado del Elba y de ahí pasa a Roma. Los nazis la incorporan a su vocabulario con su Blut und Boden. A fin de cuentas no deja de ser un contrasentido que los hombres tengan que ser responsables de los desvaríos, en cuanto personas libres, de sus mujeres o de sus adoradas, pues son ellas las portadoras de honra y la transmiten a través de la sangre. No es más que una hipótesis pero en muchas partes se admite como un dogma. Va contra el libre albedrío. Entre los semitas no se puede reparar la ofensa sino meditante la muerte del culpable. Para los musulmanes mancillar el honor de una mujer se considera una catástrofe familiar y todo el clan ha de acudir a las armas, un atavismo que se encuentra también entre los gitanos; que sólo saben lavar el honor a puñaladas. Los turcos matan a aquellas mujeres que son forzadas, ora consintientes ora refractarias. Y los judíos dilapidaban a las putas. Fue Cristo el que las rescata. El que esté limpio de culpa que tire la primera piedra. Y esta frase pronunciada en latín culmina el apoteósico tercer acto de la tragicomedia Divinas Palabras, todo un monumento a la literatura castellana de Valle Inclán el as de nuestros escritores modernos –siempre genial y a la contra- y cuya grandeza frisa a la altura de Quevedo y de Cervantes. Más moderno, don Ramón el de las barbas de chivo el corazón esponjoso y los ojos miopes pecador y católico se enfrenta a esa idea de la honra y de los crímenes pasionales eje de marcha de gran parte de nuestra dramaturgia y nuestra novelística, cuando hace pronunciar a un ex seminarista, marido engañado y borrachín, y seguramente una proyección biográfica de sí mismo porque Valle llegó a ordenes menores en el seminario de Santiago, una sentencia de absolución a la pecadora aunque en ese gesto le fuese la honra. También don Ramón era aficionado a los vapores báquicos, fue bohemio e infeliz pero nadie ha sabido insultar con tanto garbo a los imbeciles como este gallego maestro de la sintaxis y la cadencia. Ceceaba pero su lengua era una auténtica navaja y le dejaron manco por cantar las verdades al lucero del alba. Aquí rebana los clásicos por boca del sacristán engañado, Pedro Gailo que llega a rescatar a su mujer la pobre Mari-Gaila pisándose la sotana (y los cuernos, como alguno canta) de las garras de sus verdugos, el pueblo fiel, la gente decente y de buenas costumbres. Muy católico pero cruel, que tuvo a gala el auto de fe para quemar herejes y esparrancar su saña contra la mujer caída. Siempre pegan en el más infeliz. Las grandes cortesanas del país se van de rositas. Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mittat. Divinas palabras que absuelven y perdonan. Divinas palabras en latín. Y no son un latinajo, como algún buitre maligno envidioso poltrón y emulador nos pueda echar en cara, sino una frase redentora. Pocos entenderán este lenguaje de perdón. Están encastillados en su insolencia y en su vulgaridad. Por otra parte. Es posible que el centenario del Rey abajo ninguno pase en inadvertencia. Aquí lo que manda es Shakespeare. Y el inglés es muy grande pero a veces resulta un coñazo y aburre a las ovejas. Uno personalmente encuentra más solaz en los versos bien cuadrados, de los que dice don Marcelino M. Pelayo que frisan la perfección al borde entre la ternura y el deber trágico, de este Francisco de Rojas Zorrilla que no nació en Strafford upon Avon. Era toledano. Uno de la provincia del bolo y al que pudiera catalogarse por la buena hechura de sus argumentos y la facilidad versificadora el Cisne del Tajo. Los temas de los que escribía hace cuatro siglos mantienen una actualidad perenne: la problemática de las relaciones de hombres y mujeres, el orgullo de casta, la lealtad al rey y a las instituciones. Las lenguas del mundo que cuentan lo que pasa y a veces lo que no pasa, siendo el hilo conductor de muchas tragedias familiares y de que se deshagan muchas casas. Y enfoca la problemática desde el ángulo de vista de un español total. Claro. Rojas era de la provincia el Bolo. Y caballero en Madrid al que mataron en una emboscada. Su corta y fecunda vida fue también una comedia de capa y espada. Y su vida y su obra inspiraron a Valle Inclán para llevarle la contraria. “Tendrás honra si la matas”. “Sí, honra y cadena de cárcel”. Pedro Gailo es la antitesis del calderoniano Pedro Crespo. No se considera un alcalde de Zalamea ni un don García de Castañar. Prefiere un caneco de aguardiente y cantar latines a salvar el mundo. No es un caballero sino un pícaro a la moderna que lleva una existencia sórdida entre titiriteros y fue un titiritero el que fornicó con Mari Gaila según el tieso y repulido lenguaje valleinclanesco. En cierto modo don Ramón presenta a un héroe mucho más heroico y si se quiere más cristiano en su abnegación que el del cliché calderoniano. Marañón parece darle un poco la razón cuando afirma que el enaltecido don Juan tan señor de su casa e irresistible a las mujeres resulta que era algo marica. Siempre a vueltas sin salir del laberinto. El machismo es una aberración contra la mujer como también puede serlo el feminismo a ultranza de esas reviragos que el otro día coreaban cerca de los leones de las cortes que les miraban un poco asombrados la canción guerrera del “ista, ista”.De donde saldrían las corifeas? -Ni se sabe. Pero vive dios que eran coro y eran feas. Y esto, señoras, no es una guerra. El hombre y la mujer no tienen porque enfrentarse en las trincheras ni hacer de los dormitorios un territorio de combate o las relaciones conyugales un campo de batalla, tal vez tengan que complementarse y leer un poco más a los clásicos. Digo yo que soy periodista. -Ista ista. -Cállense por favor. Taceat Mulier in sinagoga. El dicho es de san Pablo. -Pero Emeterio en que país vives. Me parece que no lvan a hacer ni puto caso. -Todo se quedarían exhortaciones y reprimendas. Por lo menos si repusieran la obra “Del Rey abajo ningún” en algún corral de comedias lo pasaríamos pipa amen de honrar a Rojas en el cuarto centenario de su orto.
Del rey abajo, ninguno
Antonio Parra
E L honor, la honra, los celos hasta los cielos, violencia de género, malos tratos, vejámenes, la maté porque era mía etc., un tema actual pero que en realidad es tan antiguo como el mundo y que sería venero de inspiración para el gran teatro de nuestro Siglo de Oro. Lope de Vega lo acomete poniendo a contribución toda su carpintería escénica. Lo perfecciona Calderón pero el género alcanza su apoteosis dramática en un autor que ha pasado por segundón y cuyo cuarto centenario se conmemora este año: Francisco de Rojas Zorrilla (1607-1648). Nacido en Toledo murió en la Villa y Corte a mano airada. Entre medias, una mujer y un marido engañado. Hay un estro profético en la buena literatura. A veces los vagos presentimientos, ese quid divinum e inefable del genio, que se pergeñan en los libros se trasladan a la vida real en hechos concretos y Rojas Zorrilla perdió la vida de la misma forma que uno de sus personajes: don Mendo el antagonista de su famoso drama “Del Rey abajo ninguno”. La trama es muy sencilla: el honrado labrador García del Castañar- presentación- que toma parte en el asalto a la plaza de Algeciras es recompensado por Alfonso XI con un mayorazgo. El rey o alguien que se hace pasar por el monarca va a visitar al vasallo, retirado a sus posesiones, a su aldea donde pasa su modesto vivir, ni envidiado ni envidioso villano en su rincón, en la paz del campo, ajeno a que tan alta visita iba a traumatizar su existencia al completo. El labrador honrado como es natural lo agasaja con hidalguía pero al parecer el invitado abusa de su hospitalidad. He aquí que una noche ve salir de los aposentos de su esposa a un caballero que llevaba la banda (una especie de estola cruzada que era el distintivo de la dignidad real entre los monarcas castellanos) regia. El marido burlado sale en pos del intruso pero no es capaz de alcanzarlo y quiere matar a su esposa que se acoge bajo la jurisdicción de Alfonso XI en Toledo. Aquí viene el nudo de la cuestión: los sentimientos encontrados de Rodrigo entre la lealtad al soberano – y entonces se consideraba a la monarquía institución de derecho divino, por lo que el rey tenía potestad sobre las vidas, cuerpos y haciendas de sus súbditos, el derecho de pernada incluso- y lavar la mancha inferida a su honra pugnan entre sí. Asistimos a la cumbre dramática del “pathos” Realizadas las debidas pesquisas ( aquí viene el desenlace) , el marido engañado descubre que el burlador de su mujer no era don Alfonso sino un tal don Mendo que se había hecho pasar por el rey, colocándose su divisa o la insignia real para acceder a los aposentos de doña Blanca. La pobre señora, tratándose del monarca absoluto, no se podía negar a sus halagos. He aquí otro dato curioso: en el paroxismo del absolutismo muchos maridos se sentían halagados en consentir el acceso carnal de su esposa con el soberano y es por esto por lo que a Felipe IV se le llegaron a contabilizar hasta ochenta vástagos naturales. Y estamos en España, la tierra del honor calderoniano, oiga. Un país enigma. Rodrigo va en busca de Mendo lo desafía y lo mata y con la espada tinta en sangre se presenta ante Su Majestad y recita los famosos versos que sirvieron para caracterizar el aferrado temple castellano: -“En tanto mi cuello esté Sobre mis hombros robustos No he de permitir me agravie Del rey abajo ninguno” Famosa frase que hizo raza pero la honra ¿Dónde la tenemos los hombres? En las partes blandas, por lo visto. No es una creencia cristiana. Se trata de un concepto germánico que imperó entre los pueblos al otro lado del Elba y de ahí pasa a Roma. Los nazis la incorporan a su vocabulario con su Blut und Boden. A fin de cuentas no deja de ser un contrasentido que los hombres tengan que ser responsables de los desvaríos, en cuanto personas libres, de sus mujeres o de sus adoradas, pues son ellas las portadoras de honra y la transmiten a través de la sangre. No es más que una hipótesis pero en muchas partes se admite como un dogma. Va contra el libre albedrío. Entre los semitas no se puede reparar la ofensa sino meditante la muerte del culpable. Para los musulmanes mancillar el honor de una mujer se considera una catástrofe familiar y todo el clan ha de acudir a las armas, un atavismo que se encuentra también entre los gitanos; que sólo saben lavar el honor a puñaladas. Los turcos matan a aquellas mujeres que son forzadas, ora consintientes ora refractarias. Y los judíos dilapidaban a las putas. Fue Cristo el que las rescata. El que esté limpio de culpa que tire la primera piedra. Y esta frase pronunciada en latín culmina el apoteósico tercer acto de la tragicomedia Divinas Palabras, todo un monumento a la literatura castellana de Valle Inclán el as de nuestros escritores modernos –siempre genial y a la contra- y cuya grandeza frisa a la altura de Quevedo y de Cervantes. Más moderno, don Ramón el de las barbas de chivo el corazón esponjoso y los ojos miopes pecador y católico se enfrenta a esa idea de la honra y de los crímenes pasionales eje de marcha de gran parte de nuestra dramaturgia y nuestra novelística, cuando hace pronunciar a un ex seminarista, marido engañado y borrachín, y seguramente una proyección biográfica de sí mismo porque Valle llegó a ordenes menores en el seminario de Santiago, una sentencia de absolución a la pecadora aunque en ese gesto le fuese la honra. También don Ramón era aficionado a los vapores báquicos, fue bohemio e infeliz pero nadie ha sabido insultar con tanto garbo a los imbeciles como este gallego maestro de la sintaxis y la cadencia. Ceceaba pero su lengua era una auténtica navaja y le dejaron manco por cantar las verdades al lucero del alba. Aquí rebana los clásicos por boca del sacristán engañado, Pedro Gailo que llega a rescatar a su mujer la pobre Mari-Gaila pisándose la sotana (y los cuernos, como alguno canta) de las garras de sus verdugos, el pueblo fiel, la gente decente y de buenas costumbres. Muy católico pero cruel, que tuvo a gala el auto de fe para quemar herejes y esparrancar su saña contra la mujer caída. Siempre pegan en el más infeliz. Las grandes cortesanas del país se van de rositas. Qui sine peccato est vestrum, primus in illam lapidem mittat. Divinas palabras que absuelven y perdonan. Divinas palabras en latín. Y no son un latinajo, como algún buitre maligno envidioso poltrón y emulador nos pueda echar en cara, sino una frase redentora. Pocos entenderán este lenguaje de perdón. Están encastillados en su insolencia y en su vulgaridad. Por otra parte. Es posible que el centenario del Rey abajo ninguno pase en inadvertencia. Aquí lo que manda es Shakespeare. Y el inglés es muy grande pero a veces resulta un coñazo y aburre a las ovejas. Uno personalmente encuentra más solaz en los versos bien cuadrados, de los que dice don Marcelino M. Pelayo que frisan la perfección al borde entre la ternura y el deber trágico, de este Francisco de Rojas Zorrilla que no nació en Strafford upon Avon. Era toledano. Uno de la provincia del bolo y al que pudiera catalogarse por la buena hechura de sus argumentos y la facilidad versificadora el Cisne del Tajo. Los temas de los que escribía hace cuatro siglos mantienen una actualidad perenne: la problemática de las relaciones de hombres y mujeres, el orgullo de casta, la lealtad al rey y a las instituciones. Las lenguas del mundo que cuentan lo que pasa y a veces lo que no pasa, siendo el hilo conductor de muchas tragedias familiares y de que se deshagan muchas casas. Y enfoca la problemática desde el ángulo de vista de un español total. Claro. Rojas era de la provincia el Bolo. Y caballero en Madrid al que mataron en una emboscada. Su corta y fecunda vida fue también una comedia de capa y espada. Y su vida y su obra inspiraron a Valle Inclán para llevarle la contraria. “Tendrás honra si la matas”. “Sí, honra y cadena de cárcel”. Pedro Gailo es la antitesis del calderoniano Pedro Crespo. No se considera un alcalde de Zalamea ni un don García de Castañar. Prefiere un caneco de aguardiente y cantar latines a salvar el mundo. No es un caballero sino un pícaro a la moderna que lleva una existencia sórdida entre titiriteros y fue un titiritero el que fornicó con Mari Gaila según el tieso y repulido lenguaje valleinclanesco. En cierto modo don Ramón presenta a un héroe mucho más heroico y si se quiere más cristiano en su abnegación que el del cliché calderoniano. Marañón parece darle un poco la razón cuando afirma que el enaltecido don Juan tan señor de su casa e irresistible a las mujeres resulta que era algo marica. Siempre a vueltas sin salir del laberinto. El machismo es una aberración contra la mujer como también puede serlo el feminismo a ultranza de esas reviragos que el otro día coreaban cerca de los leones de las cortes que les miraban un poco asombrados la canción guerrera del “ista, ista”.De donde saldrían las corifeas? -Ni se sabe. Pero vive dios que eran coro y eran feas. Y esto, señoras, no es una guerra. El hombre y la mujer no tienen porque enfrentarse en las trincheras ni hacer de los dormitorios un territorio de combate o las relaciones conyugales un campo de batalla, tal vez tengan que complementarse y leer un poco más a los clásicos. Digo yo que soy periodista. -Ista ista. -Cállense por favor. Taceat Mulier in sinagoga. El dicho es de san Pablo. -Pero Emeterio en que país vives. Me parece que no lvan a hacer ni puto caso. -Todo se quedarían exhortaciones y reprimendas. Por lo menos si repusieran la obra “Del Rey abajo ningún” en algún corral de comedias lo pasaríamos pipa amen de honrar a Rojas en el cuarto centenario de su orto.
Blanca Sanchez de Haro, ¿Que querran decir las canciones?
lunes 2 de abril de 2007
¿QUÉ QUERRÁN DECIR LAS CANCIONES?
Blanca Sánchez de Haro
”Somos gente ficticia Náufragos urbanos Perdidos, renegados, inadaptados, olvidados. Gente ficticia, gente fetén si el mundo fuese de cartulina. Prefiero el trapecio para verlas venir en movimiento. Y voy viviendo a mi manera. Si conviene regando, pa que crezca la higuera. Pa que crezca y dé sombra pa que dé sombra y frutos y muchas primaveras. Caballeros de bombín gastado. Calcetín a rombos, De guante roto, y bufanda mugrienta en las húmedas noches de marzo Como el lindo gatito fracasamos invariablemente para diversión del personal que nos mira de reojo. Y como el Coyote, nunca llegamos a la hora, ni al lugar, ni en el momento preciso.” ¿Qué querrán decir?... Yo siempre me he complacido con la metáfora y las lecturas entre líneas. Y la razón es bien pragmática: Cuando no entiendo qué quieren decir, por ejemplo las canciones, me siento en el derecho de interpretar a mi manera. Y hoy me gusta volver a escuchar estos versos de Manolo García, aunque lo tenía más que olvidado desde que tuve la desfotuna de asistir a uno de sus umpluged. La poesía urbana de sus canciones, magnifica como siempre, pero en íntimo, en una sala de conciertos pequeña quiso regalarnos sus poemas no cancionados, sus escritos inéditos en verso y, como poeta de la Mousse, me resultó estrepitante el ruido de la caída de mi idolatrado cantor. Demasiado fuerte para mis oídos. Pero perdono, aunque me cueste olvidar como estáis viendo, y hoy rescato estos versos cantados. A mi memoria vinieron cuando el martes puse Televisión Española para quedarme dormida, mientras otro poeta de la Mousse, con su dulce talante nos recitaba poemas infantiles como respuesta a todas las preguntas del mundo. No sé qué quieren decir las canciones, no sé qué quiere decir Manolo García o los ilustres poetas de la Mousse. Solo sé lo que yo entiendo. Y entiendo que el desánimo y la sensación de estar perdida, se albergan dentro de mí. Cada día está mas cerca. He de tomar una decisión y, esta vez, no puedo decidir sólo por quien hizo mejores parques o dio mejores servicios al municipio, esta vez mi voto es peligroso. Los caballeros de guante roto andan prestos a luchas aún no imaginables por apoderarse de él. Y no encuentro caballero alguno de Bombin gastado o nuevo que aunque luego se me convierta en poeta de Mousse, de momento suba un pequeño peldaño en el podio de los ídolos y me ofrezca una esperanza de amparo, de racionalidad, de respeto, de buen rollo en definitiva. Me temo que mi decisión será tan “blanca” como mi propio nombre, y me quedaré esperando… lo mismo que Manolo García. “Con las hermanas Gilda duermo en una cama grande. Bailamos con las canciones del Sisa y el Peret. En un edificio con ventanas sin cristales Carpanta y yo vivimos a base de latas de calamares. En el trece, rue del Percebe, vivo en la ausencia del deseo canalla. En la indigencia del garfio y la pata de palo. Y si la vida es un sueño, como dijo algún navegante atribulado, prefiero el trapecio para verlas venir en movimiento. Y voy viviendo a mi manera. Si conviene regando, pa que crezca la higuera. Pa que crezca y dé sombra Pa que dé sombra y frutos y muchas primaveras, y muchas primaveeeeeeras”
¿QUÉ QUERRÁN DECIR LAS CANCIONES?
Blanca Sánchez de Haro
”Somos gente ficticia Náufragos urbanos Perdidos, renegados, inadaptados, olvidados. Gente ficticia, gente fetén si el mundo fuese de cartulina. Prefiero el trapecio para verlas venir en movimiento. Y voy viviendo a mi manera. Si conviene regando, pa que crezca la higuera. Pa que crezca y dé sombra pa que dé sombra y frutos y muchas primaveras. Caballeros de bombín gastado. Calcetín a rombos, De guante roto, y bufanda mugrienta en las húmedas noches de marzo Como el lindo gatito fracasamos invariablemente para diversión del personal que nos mira de reojo. Y como el Coyote, nunca llegamos a la hora, ni al lugar, ni en el momento preciso.” ¿Qué querrán decir?... Yo siempre me he complacido con la metáfora y las lecturas entre líneas. Y la razón es bien pragmática: Cuando no entiendo qué quieren decir, por ejemplo las canciones, me siento en el derecho de interpretar a mi manera. Y hoy me gusta volver a escuchar estos versos de Manolo García, aunque lo tenía más que olvidado desde que tuve la desfotuna de asistir a uno de sus umpluged. La poesía urbana de sus canciones, magnifica como siempre, pero en íntimo, en una sala de conciertos pequeña quiso regalarnos sus poemas no cancionados, sus escritos inéditos en verso y, como poeta de la Mousse, me resultó estrepitante el ruido de la caída de mi idolatrado cantor. Demasiado fuerte para mis oídos. Pero perdono, aunque me cueste olvidar como estáis viendo, y hoy rescato estos versos cantados. A mi memoria vinieron cuando el martes puse Televisión Española para quedarme dormida, mientras otro poeta de la Mousse, con su dulce talante nos recitaba poemas infantiles como respuesta a todas las preguntas del mundo. No sé qué quieren decir las canciones, no sé qué quiere decir Manolo García o los ilustres poetas de la Mousse. Solo sé lo que yo entiendo. Y entiendo que el desánimo y la sensación de estar perdida, se albergan dentro de mí. Cada día está mas cerca. He de tomar una decisión y, esta vez, no puedo decidir sólo por quien hizo mejores parques o dio mejores servicios al municipio, esta vez mi voto es peligroso. Los caballeros de guante roto andan prestos a luchas aún no imaginables por apoderarse de él. Y no encuentro caballero alguno de Bombin gastado o nuevo que aunque luego se me convierta en poeta de Mousse, de momento suba un pequeño peldaño en el podio de los ídolos y me ofrezca una esperanza de amparo, de racionalidad, de respeto, de buen rollo en definitiva. Me temo que mi decisión será tan “blanca” como mi propio nombre, y me quedaré esperando… lo mismo que Manolo García. “Con las hermanas Gilda duermo en una cama grande. Bailamos con las canciones del Sisa y el Peret. En un edificio con ventanas sin cristales Carpanta y yo vivimos a base de latas de calamares. En el trece, rue del Percebe, vivo en la ausencia del deseo canalla. En la indigencia del garfio y la pata de palo. Y si la vida es un sueño, como dijo algún navegante atribulado, prefiero el trapecio para verlas venir en movimiento. Y voy viviendo a mi manera. Si conviene regando, pa que crezca la higuera. Pa que crezca y dé sombra Pa que dé sombra y frutos y muchas primaveras, y muchas primaveeeeeeras”
Liberarse del marxismo enmascarado
2-IV-2007
Liberarse del marxismo enmascarado
EDITORIAL
La antropología marxista y la cristiana son mutuamente excluyentes, y el veneno marxista no deja lugar para la convivencia con otras creencias. Por eso lleva a los adeptos a la esta secta a anteponer el marxismo al dogma religioso que dicen profesar.
El Arzobispado de Madrid ha tomado la decisión, tras muchos años de advertencias y consideraciones, de cerrar la parroquia de San Carlos Borromeo, patrón de la Banca, que un grupo de la Teología de la Liberación había tomado como base. Nadie le negará ese derecho, que le pertenece sin género de dudas. Lo único que puede plantearse es si la decisión es pertinente; si resulta conveniente para la propia institución y para los feligreses. Pero también desde esta perspectiva hay poco resquicio para el debate al respecto y sólo cabe considerar la decisión del Arzobispado, y de su cabeza, Antonio María Rouco Varela, de acertada.
La Teología de la Liberación es el nombre que se ha dado un movimiento marxista en el seno de la Iglesia Católica; es decir, una contradicción, un imposible. Tan es así que el movimiento se ha constituido como una herejía que rechaza, no ya posiciones morales de la Iglesia, sino varios aspectos del dogma de la fe. En estas condiciones, ¿Puede extrañar que los sucesivos Papas la hayan condenado, como ha hecho Benedicto XVI recientemente? ¿Puede extrañar que Rouco Varela haya tomado esta decisión?La antropología marxista y la cristiana son mutuamente excluyentes, y el veneno marxista no deja lugar para la convivencia con otras creencias, si son incompatibles. Por eso lleva a los adeptos a la secta liberacionista a anteponer el marxismo al dogma religioso que dicen profesar. Un marxismo, por otro lado, que ha sido el inspirador de un sistema político que ha acabado con la vida de cien millones de personas, en un esfuerzo sin concesiones para exterminar todo rastro de oposición a su proyecto transformador, totalitario. Y no es ya que muchos de esos millones de muertos fueran cristianos, es que su erradicación está, hoy como siempre, entre los objetivos del marxismo. Quienes comparten en mayor o menor grado ese propósito pronto saltarán en defensa de la célula marxista, lo que nos permitirá confirmar que el Arzobispado no sólo tiene derecho a disolver dicha parroquia, sino que su decisión se puede considerar oportuna.
Liberarse del marxismo enmascarado
EDITORIAL
La antropología marxista y la cristiana son mutuamente excluyentes, y el veneno marxista no deja lugar para la convivencia con otras creencias. Por eso lleva a los adeptos a la esta secta a anteponer el marxismo al dogma religioso que dicen profesar.
El Arzobispado de Madrid ha tomado la decisión, tras muchos años de advertencias y consideraciones, de cerrar la parroquia de San Carlos Borromeo, patrón de la Banca, que un grupo de la Teología de la Liberación había tomado como base. Nadie le negará ese derecho, que le pertenece sin género de dudas. Lo único que puede plantearse es si la decisión es pertinente; si resulta conveniente para la propia institución y para los feligreses. Pero también desde esta perspectiva hay poco resquicio para el debate al respecto y sólo cabe considerar la decisión del Arzobispado, y de su cabeza, Antonio María Rouco Varela, de acertada.
La Teología de la Liberación es el nombre que se ha dado un movimiento marxista en el seno de la Iglesia Católica; es decir, una contradicción, un imposible. Tan es así que el movimiento se ha constituido como una herejía que rechaza, no ya posiciones morales de la Iglesia, sino varios aspectos del dogma de la fe. En estas condiciones, ¿Puede extrañar que los sucesivos Papas la hayan condenado, como ha hecho Benedicto XVI recientemente? ¿Puede extrañar que Rouco Varela haya tomado esta decisión?La antropología marxista y la cristiana son mutuamente excluyentes, y el veneno marxista no deja lugar para la convivencia con otras creencias, si son incompatibles. Por eso lleva a los adeptos a la secta liberacionista a anteponer el marxismo al dogma religioso que dicen profesar. Un marxismo, por otro lado, que ha sido el inspirador de un sistema político que ha acabado con la vida de cien millones de personas, en un esfuerzo sin concesiones para exterminar todo rastro de oposición a su proyecto transformador, totalitario. Y no es ya que muchos de esos millones de muertos fueran cristianos, es que su erradicación está, hoy como siempre, entre los objetivos del marxismo. Quienes comparten en mayor o menor grado ese propósito pronto saltarán en defensa de la célula marxista, lo que nos permitirá confirmar que el Arzobispado no sólo tiene derecho a disolver dicha parroquia, sino que su decisión se puede considerar oportuna.
Pruebas cientificas contra la version oficial
2-IV-2007
Pruebas científicas contra la versión oficial
EDITORIAL
Originalmente, la versión oficial se apoyaba en una serie de pruebas, que la investigación independiente de unos pocos medios, entre los que se encuentra el nuestro, ha ido desmontando. Pero eso no ha hecho cambiar de opinión a sus defensores.
Una de las muestras de restos de explosivo, la única no sometida al lavado con agua y acetona en el laboratorio, por llamarlo así, de los TEDAX, ha revelado los componentes de lo que estalló en El Pozo. No fue Goma-2 ECO. Había DNT, como en los demás focos, y nitroglicerina, como Sánchez Manzano reconoció ante la comisión del 11-M, aunque luego achacara sus palabras a un error. No deja de ser irónico que la muestra que hunde definitivamente la versión oficial se recogiera precisamente en El Pozo, de donde se asegura que salió la mochila que llevó a las detenciones en la jornada de reflexión.
Aunque los análisis parecen mostrar que lo más probable es que el explosivo empleado fuera Tytadin, lo realmente importante de esos resultados es el profundo pozo en el que entierran las cenizas del cadáver de una gigantesca mentira. Cabe, eso sí, recordar que la apresurada conclusión de que el culpable había sido ETA se fraguó la mañana de los atentados con la información de que había estallado Tytadin con cordón detonante, por aquel entonces la señal inequívoca de que había sido la banda. El Gobierno del PP fue acusado entonces y aún ahora de mentir por lo que sucedió aquellas horas. Mucho nos tememos que nadie, ni siquiera los populares, elevarán el tono contra el Ejecutivo de Zapatero por haber ocultado durante tres años la verdadera naturaleza del explosivo empleado.
Nada de esto, sin embargo, detendrá a quienes defienden a capa y espada la versión oficial. Esta teoría sobre cómo sucedieron los hechos parte del axioma de que fueron quienes murieron en Leganés los que cometieron el mayor atentado de la historia de España. Originalmente, esa tesis se apoyaba en una serie de pruebas, que la investigación independiente de unos pocos medios, entre los que se encuentra el nuestro, ha ido desmontando. Eso no ha hecho cambiar de opinión a sus defensores, tan sólo les ha hecho ignorar los hechos inconvenientes o hacer progresivamente más enrevesadas e increíbles sus explicaciones para que pudieran llegar, finalmente, al mismo sitio.
Así pues, cabe esperar que ahora inventen una nueva teoría para ajustar su conclusión preconcebida a los hechos objetivos que se conocen, al igual que sucedió con la extravagante tesis de la contaminación en fábrica de la Goma-2 ECO, desmentida por los análisis de los peritos. Previsiblemente se trate de la ya adelantada por el director de El Mundo, que consistiría en aducir que se habrían empleado cartuchos de dos variedades de dinamita, ambas sustraídas de Mina Conchita.Sería una hipótesis inverosímil, no sólo porque hasta anteayer Olga Valeya sólo fue la más vehemente de entre quienes se decían segurísimos de que en los trenes sólo había explotado Goma-2 ECO, sino porque obligaría a pasar por encima de hechos ciertos como que en Leganés, la Kangoo, la mochila y las vías del AVE sólo se encontró Goma-2 ECO, o que el exagerado número de envoltorios de dinamita pertenecían todos a esa variedad. Lo más que demostraría sería la incapacidad de algunos por cambiar su visión de los atentados por más pruebas que se pongan encima de la mesa.
Pruebas científicas contra la versión oficial
EDITORIAL
Originalmente, la versión oficial se apoyaba en una serie de pruebas, que la investigación independiente de unos pocos medios, entre los que se encuentra el nuestro, ha ido desmontando. Pero eso no ha hecho cambiar de opinión a sus defensores.
Una de las muestras de restos de explosivo, la única no sometida al lavado con agua y acetona en el laboratorio, por llamarlo así, de los TEDAX, ha revelado los componentes de lo que estalló en El Pozo. No fue Goma-2 ECO. Había DNT, como en los demás focos, y nitroglicerina, como Sánchez Manzano reconoció ante la comisión del 11-M, aunque luego achacara sus palabras a un error. No deja de ser irónico que la muestra que hunde definitivamente la versión oficial se recogiera precisamente en El Pozo, de donde se asegura que salió la mochila que llevó a las detenciones en la jornada de reflexión.
Aunque los análisis parecen mostrar que lo más probable es que el explosivo empleado fuera Tytadin, lo realmente importante de esos resultados es el profundo pozo en el que entierran las cenizas del cadáver de una gigantesca mentira. Cabe, eso sí, recordar que la apresurada conclusión de que el culpable había sido ETA se fraguó la mañana de los atentados con la información de que había estallado Tytadin con cordón detonante, por aquel entonces la señal inequívoca de que había sido la banda. El Gobierno del PP fue acusado entonces y aún ahora de mentir por lo que sucedió aquellas horas. Mucho nos tememos que nadie, ni siquiera los populares, elevarán el tono contra el Ejecutivo de Zapatero por haber ocultado durante tres años la verdadera naturaleza del explosivo empleado.
Nada de esto, sin embargo, detendrá a quienes defienden a capa y espada la versión oficial. Esta teoría sobre cómo sucedieron los hechos parte del axioma de que fueron quienes murieron en Leganés los que cometieron el mayor atentado de la historia de España. Originalmente, esa tesis se apoyaba en una serie de pruebas, que la investigación independiente de unos pocos medios, entre los que se encuentra el nuestro, ha ido desmontando. Eso no ha hecho cambiar de opinión a sus defensores, tan sólo les ha hecho ignorar los hechos inconvenientes o hacer progresivamente más enrevesadas e increíbles sus explicaciones para que pudieran llegar, finalmente, al mismo sitio.
Así pues, cabe esperar que ahora inventen una nueva teoría para ajustar su conclusión preconcebida a los hechos objetivos que se conocen, al igual que sucedió con la extravagante tesis de la contaminación en fábrica de la Goma-2 ECO, desmentida por los análisis de los peritos. Previsiblemente se trate de la ya adelantada por el director de El Mundo, que consistiría en aducir que se habrían empleado cartuchos de dos variedades de dinamita, ambas sustraídas de Mina Conchita.Sería una hipótesis inverosímil, no sólo porque hasta anteayer Olga Valeya sólo fue la más vehemente de entre quienes se decían segurísimos de que en los trenes sólo había explotado Goma-2 ECO, sino porque obligaría a pasar por encima de hechos ciertos como que en Leganés, la Kangoo, la mochila y las vías del AVE sólo se encontró Goma-2 ECO, o que el exagerado número de envoltorios de dinamita pertenecían todos a esa variedad. Lo más que demostraría sería la incapacidad de algunos por cambiar su visión de los atentados por más pruebas que se pongan encima de la mesa.
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