martes, noviembre 06, 2007

Marcello, El rayo que no cesa

miercoles 7 de noviembre de 2007
El rayo que no cesa
El ex presidente del Gobierno y presidente de honor del PP, José María Aznar, no puede estarse quieto, y mucho menos al margen de la política y de su partido. Su reconocida pasión por la poesía le hace acreedor del título de la magistral obra de Miguel Hernández, ¡ay la memoria histórica!, El rayo que no cesa. Aunque no por los motivos de amor o de la libertad del poeta asesinado, sino por su obsesión, hasta cierto punto comprensible, de permanecer en el infernal circuito español de la política, del que salió mal parado, cuando todos sus cálculos y sus oráculos prometían una grandiosa retirada del poder. Y ahí está, y ahí sigue, enredado en sus errores, los que les llevaron a él y a su partido a la derrota del 2004, intentando, inútilmente, reescribir la historia, justificar lo injustificable, recomponer la figura de un político que se retiró demasiado pronto, para pronto volver, agitando las aguas de su desconsuelo.
Dice el poeta:
“Mi sien, florido balcón de mis edades tempranas, negra está, y mi corazón, y mi corazón con canas”.
Por dos veces, Aznar y el PP van a tropezar con la piedra de la mentira, y ya veremos si también con la roca de la derrota electoral, porque regresaron donde solían: a la maldita conspiración del 11M, con tal de no reconocer la verdad y de asumir las responsabilidades políticas que les corresponden —a él y otros de los suyos, como Zaplana, Acebes y compañía— en la pésima gestión de la crisis de los atentados de Madrid. Crisis a la que se han vuelto a subir —en lugar de acogerse al acatamiento, sin más, de la sentencia del 11M— en una tosca huida hacia delante que, paradójicamente, los conduce hacia el pasado, de la mano de unos agitadores mentirosos y perversos que tienen en el diario El Mundo su buque insignia. Dilapidando el periódico la gloria y todo el capital acumulado en las pasadas denuncias del crimen de Estado y de la corrupción, que han echado por la borda a lo largo de esta demencial y ebria travesía.
Nadie, por más que él nos hable de su obsesiva ecuación, ha señalado a Aznar, por causa de su apoyo a la guerra de Iraq, como el responsable directo o indirecto de los 192 asesinatos del 11M. Los que son obra exclusiva de los criminales autores de la masacre, ahora ya condenados en la Audiencia Nacional, o muertos en el suicidio colectivo de Leganés. Y ello al margen de que los terroristas islámicos —que no de ETA— tuvieran en cuenta, como parece lógico, el alineamiento del Gobierno de Aznar con la ilegal guerra de Iraq.
Como nadie puede culpar a Aznar y a su pasado Gobierno de los errores y la impericia que le impidieron detener, en las semanas previas a los atentados, a algunos miembros del comando que estaban localizados por los agentes judiciales y policiales, o a la trama de la dinamita asturiana, que pudo haber estado al alcance de las Fuerzas de Seguridad. Sólo existen unos autores y responsables y, por suerte y por justicia, ya están muertos o condenados.
Aunque, a pesar de todo esto, entendemos la zozobra de Aznar, pero no su intento de haber seguido jugando, él y su partido, la carta de la autoría de ETA a lo largo de tres años y medio, con la misma frivolidad que ahora se agarran a la sábana del fantasma del presunto “autor intelectual”, lo que es otra manera de seguir enredándose en su propio laberinto, y de sumergir al PP en el pantano de la derrota.
Aznar es “el rayo que no cesa en el PP”, por todo esto y por su empeño en llevar a su partido tras la estela de los “necocons” americanos de su amigo George Bush, otro que, como Blair y Aznar, saldrá de la política por la puerta de atrás. El ex presidente del Gobierno y presidente de FAES está, permanentemente, en el primer plano de la actualidad, haciendo luz de gas al débil liderazgo de Rajoy, al que le marca el camino y el territorio de un PP ultraconservador que se ha mostrado incapaz de ocupar el espacio del centro, abandonado por el flanco “gochista” y confederal del Gobierno de Zapatero.
Si está Aznar tan empeñado en volver, como aparenta, que regrese, pues. Que entre en las listas electorales y que abandere la campaña electoral del PP con todas sus consecuencias, y puede que con mejor fortuna que Rajoy, aunque difícilmente para ganar y menos aún para gobernar. Pero lo que no puede ni debe hacer Aznar —como hizo desde su último Gobierno en los trágicos días del 11M— es condicionar el resultado electoral y luego cargarlo en el haber de sus líderes oficiales y candidatos. Si en vez de “el rayo que no cesa”, Aznar prefiere utilizar el nombre de aquel caballo árabe que le regaló Gadafi, “El rayo del líder”, que lo haga de una vez con todas sus consecuencias. Que dé el paso al frente y asuma el liderazgo del PP. Porque ese espectáculo de sentar, de tiempo en tiempo, a todos los suyos como colegiales en sus reapariciones de salón es tan penoso como la amargura, o la pena, que arrastra consigo mismo, adornada de un cierto rencor. Miguel Hernández, otra vez:
“Umbrío por la pena, casi bruno, porque la pena tizna cuando estalla, donde yo no me hallo, no se halla hombre más apenado que ninguno”.

http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=07/11/2007&name=marcello