martes, noviembre 06, 2007

Jose Luis Manzanares, Recuerdo de la infancia

miercoles 7 de noviembre de 2007
Recuerdo de la infancia
José Luis Manzanares
La liberación de las azafatas españolas encarceladas en el Chad me ha dejado un sabor agridulce. Dulce por el feliz desenlace, pero no del todo. A ver si me explico. Lo primero es eso de hágase el milagro y hágalo al diablo, lo que aplicado a nuestro caso tiene además el correctivo de que entre Satanás y monsieur Sarkozy hay notorias diferencias. Demos, pues, la cordial bienvenida a nuestras compatriotas y las gracias al primer ministro francés. Sospechamos que, como se lee en la dedicatoria de algunos libros, sin su valiosa colaboración no se hubiera podido escribir la historia del rescate. Más que un colaborador sería el verdadero autor de la obra. Lo agrio viene por las comparaciones.
Mientras que nuestro ministro de Asuntos Exteriores se deleita en Marruecos con las canciones de El Lebrijano —curioso y peligroso personaje en su particular entendimiento de Al Andalus—, el primer ministro francés coge un avión, se presenta en el Chad y consigue la inmediata liberación de los periodistas franceses y las azafatas españolas. Y redondea su gentileza recalando en Madrid para dejar a nuestras compatriotas en casa. A pie de pista se encuentran nuestro presidente del Gobierno y el propio señor Moratinos —¡faltaría más!— y se celebran los esfuerzos de unos y otros para lograr el feliz resultado. Sólo que todos sabemos quién fue el verdadero protagonista. La posición francesa en el tablero internacional es bastante mejor que la nuestra y Sarkozy se ha preocupado por sus vecinos del sur.
Confío en que no se moleste nadie. Ningún colectivo —como se dice ahora— es perfecto. También hay casualidades y circunstancias geopolíticas que pueden explicar las cosas sin desdoro de las personas, pero dicho esto, vaya un recuerdo de mi infancia. Yo tenía un tío —amén de algún primo que no viene al caso— que era capitán de la marina mercante. Conocía los Siete Mares y yo le escuchaba embelesado. He olvidado la mayoría de los relatos, pero me queda el triste recuerdo de un episodio en algún puerto del Lejano Oriente.
Algunos marineros españoles habían bajado a tierra y en el tugurio de turno —o punto de encuentro, si les gusta más— se había organizado una trifulca con coletas ingleses, lo que dio con ambos bandos en los calabozos de una comisaría o similar. Enterado mi tío, trató de buscar ayuda en nuestro cónsul, pero no lo consiguió. O el consulado estaba cerrado, o no había cónsul o éste se hallaba de vacaciones. No lo recuerdo ni tampoco importa demasiado. La cosa es que el averiguar dónde se encontraban nuestros detenidos y con quién había que hablar para su liberación resultó misión imposible. De madrugada, mi tío regresó al barco. Allí le esperaba la tripulación al completo. El cónsul inglés se había interesado por la libertad de todos, sin distinguir entre los súbditos de Su Graciosa Majestad y los de Su Majestad Católica. Fin del relato. Y perdón por lo de súbdito, como se decía entonces.

http://www.estrelladigital.es/diario/articulo.asp?sec=opi&fech=07/11/2007&name=manzanares

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