jueves 14 de junio de 2007
Apuntaciones sobre democracia, pueblo, plebe, masa...
Antonio Castro Villacañas
S OY profundamente demócrata. Creo que el gobierno del pueblo debe ejercerlo el pueblo. Y aquí empiezan mis dudas, mis escrúpulos, mis distancias... Porque el pueblo me aterra y me enamora, me repele y me atrae, según los momentos, según el para qué, según el dónde y el cuándo... A veces, más de las que yo quisiera, el pueblo me da asco. No el pueblo en general, pero sí el pueblo que se concreta y concentra en espacios, o tiempos, o quehaceres, determinados. Por ejemplo: con dificultad aguanto a esa clase de pueblo que se llama o le llaman "fans". Me caen mal los hombres y las mujeres, jóvenes o maduros, que en los campos de fútbol, en las plazas de toros, en los teatros, en las salas de música, en los espacios deportivos, o en las plazas y las calles, se muestran incondicionales partidarios de éste o aquél equipo, conjunto, grupo, colectivo, o como quiera que se llame. Me caen mal porque en la mayoría de los casos, los fans aclaman a sus ídolos mientras estos triunfan o quedan bien, pero se las hacen pasar canutas cuando por cualquier causa están en horas bajas o comienzan a recorrer los agrios, largos e inevitables senderos de esa triste etapa que llamamos decadencia. Por eso, siempre que veo una pañolada admirativa y encorajinadora, a la que por lo general me sumo, me aterra pensar que tras ella en demasiados casos puede adivinarse la otra pañolada, injusta, cruel, temible, miserable, que ese mismo grupo de fans dedicará a quienes ahora exalta, o a cualquiera de sus rivales, acompañada de gritos, insultos, gestos y escupitajos, en cuanto perciba que la sombra de la diosa Fortuna ya no les acompaña... Y es que la palabra "pueblo" guarda en su interior demasiados misterios y significados. Antes de empezar a escribir estas apuntaciones me he entretenido unos momentos en explorar el terreno ideológico que dicha palabra aprovecha, y he quedado asombrado. Si Dios me lo permite, volveré a él en otra ocasión, porque esta de "Vistazo" no puede ser -y ya es bastante- mas que una almena o una avanzada. La en principio correría y quizás más tarde expedición exploradora y hasta puede que con suerte fuente de poder y dominio, me ha hecho ver que cuando hablamos de "pueblo" nos podemos estar refiriendo a cinco cosas distintas aunque estén algo emparentadas. Se hace preciso, por tanto, cuidar más de lo que hacemos la precisión de nuestro lenguaje, para no dar gato por liebre y honrar con inmerecidas atenciones lo que merece reproches y recelos. El pueblo es, al menos debe ser, el sujeto activo de la democracia. Pero si no se tiene cuidado, como sabe todo el que analice la realidad política histórica y la cotidiana, el pueblo se convierte demasiadas veces en simple público, o en plebe, masa, chusma o gente, o en dos o tres docenas de cosas más, que a mí me parece -por eso soy un demócrata diferente a los que hoy presumen de ser políticamente correctos- no tienen el mismo derecho a ser agentes y dueños del poder y del gobierno. El público, por ejemplo, sobre todo el público de fútbol, es un monstruo de mil cabezas que sólo quiere ganar, vivir victorias que de algún modo remedien o al menos compensen sus complejos y sus frustraciones individuales o colectivos. El público, que muchos califican de ejemplar si en principio aparece como deportivo, es antojadizo, falso, infiel, sectario y voluble. Lo malo es que todos esos adjetivos pueden servir para calificar muchas más veces de lo deseable a la masa electoral que periódicamente determina el rumbo de nuestra histórica travesía como pueblo. La práctica totalidad de los más activos militantes de nuestros partidos políticos carecen de espíritu cívico y de criterio ético. Como sus equivalentes deportivos, los fans partidistas sólo quieren ganar, ganar y ganar... Cuando un equipo ideológico o futbolero logra vencer a sus más directos o habituales rivales, el público aplaude y exalta a los jugadores, el entrenador, los directivos y hasta el árbitro... Si por el contrario resulta derrotado, ese mismo público -sobre todo en contiendas finales o de especial trascendencia- saca a relucir sus bajas pasiones y denigra lo más que puede a cuantos han jugado en su nombre. Demasiadas veces, por desgracia, el pueblo demuestra poseer mínimas dosis de ciudadanía, ilustración y razón. Los demagogos halagan al pueblo cuando dicen que siempre tiene razón. Mi idea de la democracia es que el pueblo desorganizado acaba siendo una especie de monstruo necesitado de freno, dominio y educación. Al pueblo, sostengo, hay que proporcionarle buenas maneras, rellenar su cabeza de suficientes ilusiones y conocimientos, dotarle de un siempre mejorable modo de ser, hacerle capaz de ponderar las personas y los acontecimientos. Los demócratas tradicionales dicen que la mayoría del pueblo siempre tiene razón, siempre tiene derecho a gobernar... Yo, que tengo un peculiar sentido de lo que es y lo que debe ser una democracia, me permito dudarlo. La mayoría del pueblo, pienso, tiene derecho a gobernar siempre que tenga en cuenta la existencia y los derechos de las minorías. No se puede olvidar que siempre, pero muy especialmente hoy, el pueblo ha sido y es un ente frágil, débil, cambiante, infuíble, contradictorio, apasionado... Lo saben de sobra los muchos poderes de toda índole que lo condicionan y manejan a diario por medio de la prensa, la radio, la televisión, la publicidad, el cine, el teatro... El modo de pensar y de ser de los pueblos depende ahora mucho más de intereses económicos y comerciales que de ideas y sentimientos propios. No, no se puede ser demócrata simple. Hay que osar ser demócrata orgánico.
jueves, junio 14, 2007
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