viernes, junio 22, 2007

Un gobierno atrapado en su mentira

viernes 22 de junio de 2007
Un gobierno atrapado en su mentira
EL hallazgo, ayer en Ayamonte, de un coche cargado con cien kilos de explosivos confirma que ETA sigue a lo suyo, desafiando al Estado de Derecho y chantajeando a un Gobierno que no sabe ya cómo disimular su desconcierto después de que las nuevas revelaciones de «Gara» lo hayan colocado en una situación imposible. El Ejecutivo no puede ampararse en la nula credibilidad del diario proetarra después de que Zapatero haya convertido a la banda terrorista en parte decisiva del «proceso», de manera que -por desgracia- las informaciones publicadas resultan verosímiles. Atrapado en su propia mentira, el Gobierno carece ya de crédito, por mucho que se esfuerce, en un ejercicio tan inútil como patético, en negar la evidencia. Ahora se entiende que el Gobierno desmintiera la información publicada por ABC sobre la participación del secretario de Estado Bernardino León en los contactos con ETA: el Ejecutivo ya no es capaz de enfrentarse a la realidad y trata de distorsionarla.
El presidente del Gobierno tendría que haber desmentido ayer tajantemente a los portavoces mediáticos de ETA y expresar a las claras un compromiso personal de que las cosas no han sido como las cuentan. Sin embargo, el Ejecutivo balbucea y se pierde en vacuos ejercicios retóricos que ponen de manifiesto su imposibilidad de salir del callejón en el que decidió meterse.
Es lamentable que se negocien con ETA los detalles de la declaración de tregua que la banda realizó en marzo de 2006, pero supone una ofensa a la dignidad del conjunto de la sociedad española y, en particular, de las víctimas del terrorismo, que los asesinos participasen, incluso, en la redacción del texto leído por el presidente del Gobierno en el Congreso de los Diputados, un documento que queda contaminado sin remedio mientras no se desmienta de forma convincente la información de «Gara». Se explican en ella con todo detalle diversas reuniones de larga duración, con textos en español y en euskera y con la presencia de organismos internacionales. Se habló, según se dice, de Navarra y de abrir un «proceso democrático» en el País Vasco, lo que significa aceptar la tesis de ETA frente a la realidad política e institucional. Especialmente siniestra resulta la referencia a la superación de «accidentes» -término empleado por el presidente del Gobierno y que La Moncloa atribuyó a un «lapsus»-, lo que explicaría muchas cosas ocurridas después del atentado de la T-4 de Barajas.
Zapatero tiene el deber moral y político de negar los hechos punto por punto. De lo contrario, quedará atrapado en la red que él mismo tejió para avalar una negociación imposible y que ahora pasa factura. Todas las «líneas rojas» que debían marcar los límites de lo que se puede hablar con una banda terrorista han quedado superadas, mientras el Gobierno oculta a los ciudadanos los elementos esenciales de ese infame «proceso de paz» que está demostrando ahora su verdadera cara. Una vez más, no hay otra salida que asumir los errores, las mentiras y la magnitud de la crisis provocada por este «proceso» y convocar elecciones generales para que, a la vista de los datos, los ciudadanos decidan. No sirven las ambigüedades ni las puertas entreabiertas para seguir adelante en cuanto cambien las circunstancias. A pesar de los aparentes gestos de firmeza con Otegi y De Juana, el Gobierno ha permitido que ANV esté presente en los ayuntamientos, y los socialistas siguen negociando con Nafarroa Bai para tratar de desalojar del Gobierno a UPN en Navarra, piedra angular de un «proceso» que Zapatero no ha dado por roto, ni cuando ETA asesinó en diciembre pasado ni ahora que los terroristas han oficializado la ruptura de una tregua que nunca lo fue.
Zapatero y su Gobierno no dan más de sí, humillados por las revelaciones de una ETA crecida que maneja los tiempos con el convencimiento de que puede zarandear a su antojo y conveniencia a un Ejecutivo en estado de «shock». No hay salida para Zapatero, por mucho que ahora pretenda aferrarse al consenso contra ETA en una finta imposible, agarrándose al PP para tratar de descargar en los hombros de Mariano Rajoy una responsabilidad que a él sólo compete. Bien está que el Partido Popular mantenga la prudencia después de la reunión entre el presidente y Rajoy en La Moncloa, pero ninguna cautela justifica que la oposición no pueda exigirle a Zapatero una explicación veraz, rotunda y sin rodeos.

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