jueves 14 de junio de 2007
José Antonio Jáuregui, dos años despuésIn memoriam Ramón Tamames
Catedrático de Estructura Económica (UAM)Catedrático Jean Monnet de la UE
El lunes 4 de junio del 2007 se cumplieron dos años de la muerte de José Antonio Jáuregui en Sibiu, Transilvania, Rumania. En un trance de auténtico acto de servicio, en su calidad de catedrático Jean Monnet de la UE, concretamente cuando estaba presidiendo, por encargo directo de la Comisión Europea, el jurado de asignación de las capitales europeas de la cultura. Allí, inesperadamente, le sobrevino un infarto de miocardio que segó su vida, dejándonos huérfanos de una de esas amistades que muy poco frecuentemente se encuentran a lo largo de la vida.
El propio lunes 4 de junio del 2007, en la sede madrileña de la Comisión Europea, se conmemoró la figura de José Antonio, con una sesión académica que presidió Tomás Jiménez, director de la representación comunitaria en la capital de España. Los oradores fuimos Marcelino Oreja, catedrático Jean Monnet; Ignacio Salafranca, eurodiputado, y yo mismo.
El acto discurrió en el más alto tono de respeto por el conmemorado, con asistencia muy nutrida que colmaba el espacioso auditorio europeísta madrileño del Paseo de la Castellana 46. Estando en primera fila Dorita, la viuda de José Antonio, y sus cuatro hijos. Y en ese trance, y con esa concurrencia, me referí a la figura del Prof. Jáuregui, haciendo una glosa a partir de las siete columnas capitales de su personalidad.
La primera la identifiqué con el hecho de que José Antonio era “navarro de nación”, de Eguilor, con una actividad siempre fecunda en su región natal; habiendo sido uno de los fundadores de su Universidad Pública. Adonde precisamente en 1990 me invitó a dar una conferencia, siendo en esa ocasión cuando sentamos las bases de nuestra perdurable amistad. “Oye, Ramón, ¿y por qué tú, que has trabajado tanto sobre la Unión Europea, no eres aún catedrático Jean Monnet?”, me dijo en ese encuentro. Y de tan sencilla interrogación surgió, con su valiosa ayuda, que en la siguiente convocatoria comunitaria se designara mi persona para la función de pertenecer al mejor senado académico europeísta.
A mi juicio, el segundo pilar del Prof. Jáuregui fue su labor como antropólogo, siempre para investigar el sentido de la vida de los pueblos en que todos y cada uno de los humanos nos integramos. Lo cual patentizó en su extraordinario programa de TVE Las reglas del juego, y en su libro de máximo interés Las tribus.
Tercer pilar: oxfordiano cabal. Al estilo de los bostonianos de Henry James. Y fue precisamente en la más ecuménica de las universidades inglesas donde dejó amigos entrañables, y señaladamente don Salvador de Madariaga, su maestro más prolífico por el número de sus obras, y uno de los más valiosos del largo exilio español por la calidad de sus escritos; entre las cuales recuerdo aquí preferentemente su Bolívar, que don Hugo Chávez y don Evo Morales tendrían que leer de inmediato, si es que no lo han hecho ya.
El cuarto pilar tuvo también un carácter espacial: californiano, durante siete años. En la tierra evangelizada por fray Junípero Sierra, y donde “recuperó —como habría dicho Pío Baroja— el hilo de la raza”. En términos de profundo sentimiento de lo hispánico, como pude apreciar muy bien en una intervención conjunta que hicimos en 1997 en la Universidad Iberoamericana de México DF, cuando él llegaba de España y yo estaba en plena vuelta al mundo; de itinerario tocando las Maldivas, Singapur, Guam, Hawai y California.
El quinto de los pilares fue el que más gratificación produjo a José Antonio: europeísta de pro. En la mejor senda de nuestro común preceptor Jean Monnet, al que honró siempre desarrollando una gran labor a la cabeza de la Fundación Europea de Yuste. Que, como subrayó Ignacio Salafranca en su magistral intervención en la sesión conmemorativa referenciada, todavía no se ha reconocido en lo mucho que vale.
La sexta de las columnas capitales hay que verla en el sentido de la amistad de nuestro llorado colega. De modo que cuando uno se ganaba el corazón de José Antonio —y lo mismo puede decirse de Dorita y sus cuatro hijos— ya podía asegurarse una fraternidad sine die. Y no simplemente estática, sino en el mayor de los dinamismos, por los proyectos que continuamente fluían de la mente de José Antonio.
La última de las siete columnas de la vida de José Antonio Jáuregui tiene un carácter más personal que las anteriores: la entrañable relación que sostuvimos durante muchos años, a lo largo de la cual en nuestra común admiración por san Francisco de Asís yo me autodenominaba lupus bonus, y él me permitía que le calificara de lupus maximus. Para así introducirnos de tiempo en tiempo en una correspondencia, generalmente en lengua latina, sobre los temas clásicos que tanto atraían al Prof. Jáuregui.
Y en esa línea, nunca olvidaré la pregunta que un día le hice, y que me contestó, como siempre, magistralmente, y con cuya trascripción pongo fin a este escrito:
El sentido de la vida no está simplemente en el azar y la necesidad, como con gran indignación para Aristóteles propusieron Leucipo y Demócrito; y como en nuestro tiempo ha repetido ad nauseam Jacques Monod, sin ninguna originalidad.
Más allá de esas circunstancias, absolutamente reconocibles desde el evolucionismo de la ciencia, todo tiene un sentido más profundo, cuyo misterio aún no hemos desentrañado.
Y en esa dirección, José Antonio Jáuregui también fue un maestro, de lo más alentador, para el recorrido de una senda en la cual a la humanidad aún le queda un gran trecho por recorrer. Precisamente para comprender en plenitud lo que ya algunos tenemos la suerte de intuir: estamos aquí para algo. Como se demuestra que José Antonio Jáuregui ya estuvo para algo, con un recuerdo imborrable para todos.
jueves, junio 14, 2007
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