domingo, junio 17, 2007

Paulo Coelho, Historias sobre el perdon

lunes 18 de junio de 2007
Historias sobre el perdón

El perdón es una carretera de doble sentido: siempre que perdonamos a alguien también nos estamos perdonando a nosotros mismos. Si somos tolerantes con los otros, nos resulta más fácil aceptar nuestros propios errores. Adoptando este punto de partida, sin culpa ni amargura, conseguimos mejorar nuestra actitud ante la vida. Pedro preguntó a Cristo: «Maestro, ¿debo perdonar siete veces al prójimo?». Y Cristo repuso: «No sólo siete, sino setenta veces siete». Como no soy santo, muchas veces tengo dificultades para perdonar: es difícil aceptar determinadas injusticias. Pero logro recurrir a mi fuerza de voluntad y controlarme y, pasado el tiempo, siempre acabo por comprobar que salí ganando al actuar así. Escribo a continuación algunas historias sobre el tema: Pagando por el insulto.Cierto joven que quería seguir el camino espiritual fue al encuentro del abad del monasterio de Sceta. –Intento actuar de la mejor manera posible, pero encuentro difícil perdonar a mis enemigos.–Durante todo un año a partir de hoy paga una moneda a todos los que te ataquen –dijo el abad.–¿Tendré también que perdonarlos? –No. Simplemente, gratifica a quien te ofenda.Durante los doce meses siguientes, el muchacho pagaba una moneda siempre que era agredido. Pasado el año, regresó hasta el maestro para conocer el siguiente paso.–Ve a la ciudad a comprarme comida. Inmediatamente después de la partida del muchacho, el abad se disfrazó de mendigo y, tomando un atajo que conocía, llegó antes al mercado. Cuando el joven se le acercó, comenzó a insultarlo.–¡No te canses! ¡No vas a sacarme nada! –dijo el muchacho entre carcajadas–. Durante todo un año he tenido que pagar a los que me agredían, ¡pero justo a partir de hoy pueden agredirme gratis, sin ningún gasto por mi parte! Al escuchar esto, el abad se quitó el disfraz.–Ya estás preparado para seguir el camino espiritual: sabes reírte de los problemas. Derrotando al insulto.–¿Quién es el mejor en el uso de la espada? –preguntó el discípulo.–Ve hasta el campo que está junto al templo –dijo el maestro zen–. Allí verás una roca. Insúltala.–Pero ¿por qué debería hacer esto que dices? ¡La roca nunca me respondería!–En ese caso, atácala con tu espada.–Tampoco voy a hacer tal cosa. Mi espada se rompería. Y si opto por atacarla con mis propias manos, sólo conseguiré herirme los dedos. Pero mi pregunta era otra: ¿quién es el mejor en el uso de la espada?–El mejor es el que se parece a la roca. Sin desenvainar la hoja, sin necesidad de perdonar al agresor, logra mostrar que nadie podrá vencerlo. Soportando el insulto.Un rico mercader judío viajaba en un compartimiento de un tren junto a un hombre mal vestido. En determinado momento, éste quiso entablar conversación, pero el mercader le dio la espalda y prefirió contemplar el paisaje: aquel pobre infeliz no podía ofrecerle nada que le interesase. Al llegar a la estación, vio una gran multitud en el andén que esperaba a uno de los rabinos más sabios y santos de Europa. Fue entonces cuando comprendió, mientras bajaba del vagón, que esa persona tan esperada era justamente su compañero de compartimiento. Avergonzado por su comportamiento y lamentando no haber aprovechado una oportunidad preciosa para tener trato con alguien tan singular, se le acercó para pedirle perdón por su actitud. El viejo rabino respondió:–No está en mi mano perdonarlo, en verdad. Para ganar el perdón, usted debe antes pedir disculpas a todos los pobres del mundo, a los que agredió con su orgullo y su comportamiento.