miercoles 13 de junio de 2007
Derecho de inteligencia Patxi Andión
La sociedad civil se pregunta por el bienestar de los ciudadanos que la componen, de los que se las ventilan con desahogo histórico como los empresarios y la de los que se las han visto y deseado para sobrevivir. Cuando le quise explicar a mi padre que, además de estudiar Ingeniería de Caminos, quería estudiar música, le pareció que no me iba a quedar bien el violín bajo el brazo, yendo de un domicilio a otro, de clase en clase, para intentar pagar el papel pautado. Tal era la imagen que mi padre tenía de un compositor, a pesar de ser un hombre de talante liberal y contar en los anales familiares con la figura ilustre del Maestro Jacinto Guerrero. Qué lejos estaba mi padre de ver en las páginas de los periódicos de este siglo XXI como los asuntos de los creadores se dirimen en los tribunales europeos por un: “quítame allá esas pajas” de cientos de millones de euros.
Las televisiones europeas, entre ellas las españolas, discrepan de las tarifas que abonan por incluir música en sus programas emitidos, que consideran abusivas y que estiman por encima del 5% de sus ingresos brutos.
Sucintamente, el asunto no debate el pago de los derechos intelectuales, sino más bien de los métodos estimatorios de las sociedades de gestión de derechos, de las cuales, en España, además de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores), que es la gestora principal de los derechos de autor de cada uno de los que hemos compuesto música en este país, DAMA que gestiona los derechos de autor de los autores audiovisuales, AISGE o AIE, AGEDI o VEGAP, que gestionan los derechos de los intérpretes, ejecutantes, actores, dobladores, bailarines, etc. La acusación se basa en las sospechas sobre el repertorio que representan y los métodos de reparto, y sobre todo en el método de recaudación, que generalmente no es otro que un porcentaje de los ingresos brutos de las citadas cadenas de televisión, lo que les supone, por ejemplo a Tele 5, la cantidad estimada de 30 millones de euros anuales, aproximadamente el 5,8% de sus ingresos brutos.
Los conflictos jurídicos son más de 7.000 y las esperanzas de solución no pasan por los tribunales, sino por la creación de la Comisión de Propiedad Intelectual, prevista en la ley y nunca puesta a funcionar.
La cuestión además se va agravando por la presencia de las nuevas tecnologías que saquean los derechos de propiedad intelectual cada día con mayor ambición y eficacia, lo que deja a las televisiones como principal huerto donde sembrar y recoger. Las leyes que han protegido los derechos de autor tradicionalmente no sirven en la sociedad digital. Las herramientas creativas están en manos de millones de personas que pueden manejarlas a su antojo.
Los derechos de propiedad intelectual son relativamente modernos y apenas superan un par de centenares de años en todo caso. Conocida y publicada es la aversión de Tolstoi a cobrar derechos de sus obras, que le parecía “un sufrimiento, una vergüenza”.
Está claro que el tiempo logra poner todas las cosas en su sitio, y aunque a algunos no nos llegue, habrá un día en que la recaudación sea justa y, sobre todo, justo el reparto. No creo que lo vean mis ojos. Mientras, relleno la declaración de mis últimas canciones compuestas por si acaso, aunque ya sé que dentro de unos meses, en cuanto salga el disco, serán, de nuevo, papeles volando.
Cuatro versos se envanecen del aire que queda tras de sí. Quimeras. Mayo
miércoles, junio 13, 2007
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