miercoles 13 de junio de 2007
Rajoy confundido y Zapatero dolido Pablo Sebastián
La estrategia de Zapatero tras su derrota en las municipales y la ruptura del alto el fuego de ETA no es otra que rehacer su dañado liderazgo político —Solbes dice que “no está tocado, sino dolido” (por no decir “hundido”)—, hoy al borde del abismo electoral de las generales y, a la vez, acumular todo el poder político posible en autonomías y grandes ayuntamientos con los pactos electorales que sea y a cualquier precio —aquí incluidas Navarra, Baleares y Canarias—, para llegar a unas elecciones generales adelantadas en las mejores de las condiciones posibles y volver a derrotar al PP, dejándolos en la oposición durante otros cuatro años.
La estrategia de Rajoy, tras su victoria municipal y el final de la tregua, es que no tiene estrategia y que le aterroriza tomar decisiones. Es incapaz de lanzar a los cuatro vientos el mensaje, que tuvo que lanzar el 28 de mayo, de que Gallardón será su número dos en la lista por Madrid al Congreso de los Diputados; es incapaz de cambiar sus portavoces (Zaplana y Acebes) para no espantar más al centro, y anda poniendo paños calientes y cataplasmas a Zapatero, al que le debió haber presentado meses atrás una moción de censura, que habría sido culminada con la que era inevitable y esperada ruptura de la tregua de ETA. Pero el presidente del PP no sabe qué hacer, está confundido, le da pavor tomar decisiones y ha caído en la trampa de la Moncloa, por enésima vez.
Y por ello y, después de ceder ante Zapatero, ofreciéndole todo su apoyo en la política antiterrorista sin que el presidente anuncie su obligada rectificación, Mariano Rajoy se fue a la COPE a frenar los ímpetus patrióticos del muecín de la Conferencia Episcopal, al tiempo que le hacía unas confesiones, diferenciando entre el acuerdo de mínimos en la Moncloa y la que será una dura campaña electoral, donde según Rajoy se hablará de todo, incluso de los errores de Zapatero en la fallida negociación con ETA, la memoria histórica y la reforma territorial del Estado.
Con lo cual el líder de la oposición ya empieza a recoger las velas que desplegó en el palacio presidencial, mientras mira de reojo el futuro de Navarra, en donde PSOE-PSN pretende hacerse con el poder metiendo en el Gobierno foral y en todas las instituciones de esta Comunidad —así lo exige Patxi Zabaleta— al nacionalismo vasco-navarro que apoya la independencia conjunta del País Vasco y Navarra. Si esto fuera así, al PP no le quedaría más solución que la de romper el incipiente pacto de la Moncloa y regresar a la crítica de las cuestiones fundamentales de la legislatura, que son el intento de Zapatero de alterar la unidad de España con la excusa de que ETA iba a dejar las armas y traer la paz.
En el PP, algunos inocentes creen que Zapatero no se atreverá al pacto del PSN con Nafarroa-Bai y que, en Navarra, Puras y otros dirigentes socialistas juegan de farol, a ver si UPN se ablanda y les regalan la presidencia de Navarra a pesar de que son una minoría —tercera fuerza política—, que es lo que está pidiendo desde Ferraz Pepiño Blanco, como si los del PP y UPN fueran idiotas. Es como si los de Coalición Canaria le piden a López Aguilar que les regale la presidencia insular. Lo que ocurre es que Zapatero y Blanco, paladines de la Esaña confederal, ya no tienen en las provincias y en las autonomías la autoridad que tuvieron en otro tiempo porque después de tanto jugar con el modelo del Estado español, el discurso confederal acaba instalándose luego en los territorios locales y autonómicos y aparecen los reyezuelos o virreyes con mando en plaza y capaces de cualquier disparate. Como lo fueron la sentada de Patxi López con Otegi en Bilbao, o el pacto de Maragall con Carod en Barcelona, dos encuentros que le han traído a España muy graves consecuencias a lo largo de estos tres largos años.
El regreso de ETA a la violencia, lamentablemente, no es una novedad, llevan en ello más de cuarenta años y sólo han hecho treguas o paréntesis para rearmarse y recuperar protagonismo y poder local, como acaba de ocurrir en el País Vasco. El problema de este país, bajo la presidencia de Zapatero, es la unidad y la dignidad de España que este presidente demencial ha puesto en almoneda para ver si pasaba a la Historia como el segundo Príncipe de la Paz, a base de negociar con ETA paz por territorios, que es lo que ha hecho y hace con los nacionalismos catalán, vasco y gallego, sin que le importen lo mas mínimo la unidad, la historia y los signos de identidad nacionales, porque todo ello Zapatero lo ha considerado siempre “discutido y discutible”.
Y ésa es y debe ser la gran rectificación final que Rajoy debe exigir a Zapatero, o de lo contrario la convocatoria de las elecciones generales anticipadas, porque lo de ETA va inmerso en el debate sobre la unidad de España. Y lo de la unidad de los demócratas no tiene sentido y sólo es pura propaganda que nada impresiona a ETA y que nada aporta a la unidad nacional, si bajo el manto de esa bonita unidad pacifista no se asienta una “implacable” —ésta sí que debe ser implacable— firmeza y autoridad nacional española, y nada más.
miércoles, junio 13, 2007
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