viernes 22 de junio de 2007
La primera piedra
POR MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
CUANDO escribo estas líneas aún no está claro si ha conseguido sus objetivos la campaña de Amnistía Internacional y del Observatorio de Derechos Humanos para impedir la muerte por lapidación de una pareja de adúlteros en Irán. La sentencia del tribunal islámico habría debido ejecutarse el jueves en Takestán, provincia de Qazvin. Allí están preparados en este momento los agujeros en que los dos «pecadores» podrían ser parcialmente enterrados (él hasta la cintura, ella hasta el pecho) con el fin de convertirse en blancos inmóviles para una tropa de fieles islámicos convencidos de la justicia de su Sharia, y que, si nada se lo impide, les arrojarán piedras -ni muy grandes, ni muy pequeñas, precisa la norma- hasta provocarles la muerte. Luego es probable que los verdugos regresen a sus casas salmodiando la grandeza del Dios, a quien atribuyen tan ejemplar castigo.
La teocracia iraní es uno de los Estados en que se sigue lapidando bajo cobertura legal. Es verdad que en los últimos años, y a consecuencia del escándalo internacional (Irán es signatario del Acuerdo Internacional de Derechos Civiles y Políticos), se ha producido una especie de moratoria que ha dejado en suspenso la ejecución de las sentencias, pero lo cierto es que todavía sigue en vigor el artículo 83 del Código Penal en el que se prescribe la lapidación para castigar el adulterio.
En el Corán no se cita este suplicio. La popularidad en algunos países islámicos de este método increíblemente cruel de infligir la muerte a los condenados tiene que ver, sobre todo, con su presencia en el hadiz, la tradición profética ejemplar elaborada a partir de las narraciones sobre Mahoma y sus seguidores. El castigo por lapidación era frecuente entre los griegos (para delitos de traición) y también entre los judíos: el Deuteronomio lo prescribe para los adúlteros y para los que se entregan a otros dioses. El Nuevo Testamento, sin embargo, lo rechaza implícitamente, como muestra el episodio de Cristo y la mujer adúltera (Juan, 8, 7): nunca habrá alguien tan libre de pecado como para arrojar la primera piedra contra otro. Algo, si lo pensamos, aplicable a toda pena capital.
Pero sí lo hay, al parecer. Y si ya es una vergüenza la pervivencia de la pena de muerte en países que se llaman civilizados, todavía es peor la impune barbarie con que se sigue aplicando en diversos rincones del mundo. La hipocresía con que muchos occidentales recurren al relativismo cultural (citando incluso el célebre ensayo de Montaigne sobre los caníbales) para justificar prácticas que añaden la extrema crueldad de una muerte sádica a la inutilidad del supremo castigo es, simplemente, repugnante. Un castigo que, no lo olvidemos, penaliza en este caso las relaciones sexuales mantenidas por adultos de mutuo acuerdo.
La religión y las leyes en ella inspiradas fueron durante milenios el cemento que cohesionaba sociedades en las que nuestra tardía noción de individuo era impensable. Los disidentes -desde los apóstatas a quienes se negaban a seguir las normas de la colectividad- eran considerados auténticos enemigos de un orden que estaba por encima de todos y protegía a la tribu. Los castigos eran avisos, y su rebuscada crueldad, en la que todo el grupo se implicaba, reflejaba el pavoroso miedo a la disolución del mundo. La lapidación es una huella particularmente primitiva de ese pasado que creíamos haber dejado muy atrás.
Que en Irán (y en otros lugares) sigan dictándose sentencias de muerte por lapidación para reos de adulterio es una vergüenza. Las campañas de organizaciones cívicas y humanitarias no son suficientes. Por encima de toda razón de Estado, son los gobiernos y los pueblos los que deben mostrar su rechazo con energía y gestos inequívocos. Derogar -más allá de las moratorias- las leyes que las amparan no es sólo una tarea urgente para los iraníes que se atreven a oponerse, sino para todos. Y mejor para hoy que para mañana.
viernes, junio 22, 2007
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