jueves, junio 21, 2007

Jose Melendez, Casarse por la banca

viernes 22 de junio de 2007
Casarse por la banca
José Meléndez
L AS parejas que deciden unir sus vidas han tenido siempre dos formas tradicionales de casarse, aunque una sea mas tradicional que la otra: casarse por la Iglesia o casarse por lo civil, opción esta que ahora se ha ampliado a términos que a nuestras abuelas obligarían a recurrir al frasco de sales para no desmayarse. Pero el progreso natural que otorga a esas parejas el derecho de disponer de un cobijo confortable donde formar y sacar adelante a una familia, ha impuesto ahora una nueva forma de matrimonio: el casamiento por la banca. Porque una pareja actual no contrae solamente los derechos y obligaciones que juran o prometen ante el altar o ante el juez, sino que juran o prometen con su firma ante un banco que estarán pagando durante casi toda su vida la hipoteca que les proporciona la felicidad de contar con una casa donde albergar su amor y criar a los hijos. Es éste un matrimonio más sólido y hasta más tiránico que los de las formas tradicionales, porque en él no hay divorcio, sino el escrupuloso cumplimiento de las condiciones pactadas bajo la amenaza de verse en la calle si las incumplen, porque un banco es un lugar impenetrable para los romanticismos o las misericordias, por cuyas venas no corren más que números y métodos de defensa contra el riesgo. Por definición, un banco es una entidad que presta dinero a quien no le hace una perentoria falta, en el sentido de la necesidad extrema, porque para conceder un crédito ha de tener el pleno convencimiento de que va a recuperarlo con sus intereses correspondientes. Por tanto, quien obtiene un préstamo es que ha demostrado que puede pagarlo y está a salvo del humillante sello de “insolvente”. En muchos matrimonios suele colarse un elemento extraño que rompe la armonía conyugal, una tercera persona que termina con las ilusiones y los sentimientos de la pareja. En el matrimonio bancario, ese elemento desestabilizador es el Euribor, que marca de forma inexorable la subida de los intereses hipotecarios. Y con él no cabe la separación, ni el desahogo de una tanda de golpes por parte del marido ofendido o la esposa despechada y mucho menos la repugnante atrocidad del crimen pasional.. Solo cabe rebuscar en la economía familiar para ver como es posible llegar a fin de mes después de cumplir con sus obligaciones hipotecarias y pagar hasta el día de la jubilación. En esa situación están muchos millones de españoles –y españolas- que se encuentran ligados, sin escapatoria posible, a su casamiento por la banca y otra tanda parecida de españoles –y españolas- que están a la espera de un milagro que les permita acceder a la ceremonia ante el director de una sucursal bancaria y el fiduciario correspondiente. Ese milagro no tendría categoría de tal si hubiera una política de vivienda sensata, racional y con verdadera vocación de ayuda, que hasta ahora es inexistente. Estoy seguro que un gran porcentaje de españoles –y españolas- no saben el nombre de la ministra de la Vivienda, aunque hayan oído hablar de sus “soluciones habitables” a base de minipisos que, además, han quedado solo como tema de cachondeo. Este es uno de los grandes fallos del gobierno actual, enfrascado en tratar de salir lo mejor posible de los caóticos embrollos en los que se ha metido y sin prestar atención a las verdaderas necesidades de la ciudadanía. Desde que en tiempos de Felipe González los socialistas españoles descubrieron que era mejor ser amigos del capitalismo que enemigos, -como ocurrió en el laborismo británico de Tony Blair y en la socialdemocracia alemana- se enterró uno de los principales postulados del socialismo añejo y ahora no se atreve a denostar al capitalismo ni Gaspar Llamazares, el último mohicano de los preceptos marxistas. Esto hizo que los bancos disfruten de una abundancia que les permite en cada asamblea de accionistas blasonar que en ese ejercicio las ganancias han supuesto un montón de miles de millones, con un gran crecimiento sobre el ejercicio anterior. En esos tiempos, Solchaga, a la sazón ministro de Economía, sentenció que en España podía hacerse dinero muy rápidamente. Y lo tomaron al pié de la letra personajes como Mario Conde, Javier de la Rosa, Mariano Rubio y tantos otros, mientras que los Vera, Roldán y compañía demostraron que para ganar dinero no era necesario montar un negocio, pues bastaba con llevárselo. Y ahora, en la vuelta al socialismo de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente alardea del buen momento de la economía española –al que acaba de calificar como el mejor de los últimos años-, en un optimista ejercicio de voluntarismo, porque esa buena salud económica ha sido heredada y en los tres años de gestión de su gobierno no ha hecho nada para consolidarla en prevención de un bajón porque en economía las épocas de abundancia y depresión son cíclicas. Existen sistemas de alarma en la economía de un país, las líneas que trazan los expertos hasta llegar al aviso de las luces rojas y por ahora todo parece ir bien. Pero cuando una pareja tiene que dedicar bastante más que la mitad de sus ingresos al pago de la hipoteca y las constantes subidas de los tipos de interés no se corresponden con el aumento de esos ingresos, la luz roja está a punto de encenderse, aunque sea avisando de la vulnerabilidad del sector más débil de la sociedad, esa masa que se ha unido por lo religioso o lo civil en busca de su felicidad y se encuentra también unida a la banca, de la que termina por depender todo su acervo de sueños e ilusiones y eso tan importante de lo que los políticos hablan mucho, pero hacen poco, que se llama bienestar social.

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